jueves, 5 de agosto de 2010

LO QUE PUDO SER Y NO FUE


Buenos y calurosos días a todos.
Como cada quincena, aquí volvemos raudas a publicar los relatos recibidos a tiempo.Debo decir que esta vez me habéis sorprendido: ¡menuda calidad! Con algunos os prometo que me quedé con la boca abierta... sois geniales. Sí, sí, que algunos de los textos son sorprendentes... pero he de confesar que ésta vez me quedan aún algunos por leer... Lo siento, pero me pongo al día pronto.

Por cierto, algo importante: ni Fle, ni Turrón, ni Tanais ni Óscar ni Maltut (cuanta gente, joooo... una lástima) nos han enviado su texto esta vez, así que quedan fuera de concurso. Eso sí, les invitamos a que nos sigan leyendo y dejando sus opiniones en los comentarios :)
Y bueno... como no somos nosotras las encargadas de votar, aquí os dejamos con las obras para que deis el visto bueno a vuestras favoritas. Recordad que tenéis hasta el día 11 de agosto a las doce de la noche para enviarnos vuestras votaciones, siempre al correo del concurso. 


Esperamos que disfrutéis de la lectura.
Un abrazo; id por la sombra.
Besos a todos!! 




 1- El destino es un niño repelente
Repelente y caprichoso, de los que siempre quieren salirse con la suya, de los que encierran moscas en un tarro y luego observan divertidos cómo mueren asfixiadas. Así es el destino. ¿Que no?
Observemos a Fran. Hombre, treinta años, metro noventa, atractivo, deportista, profesor de educación física en un instituto. Duerme profundamente mientras amanece el sábado. Un momento, ¿qué es eso? Ha debido caerse el vaso de agua, que dejó anoche en el borde de la mesita, y se ha roto. ¿Y no se ha despertado? Claro, se acostó pasadas las cinco de la madrugada después de haber estado jugando al billar, bebiendo cerveza y hablando de la chica pelirroja con su amigo Dani. Y ahora duerme profundamente. Es sábado, pero ya ha llegado el momento. Son las siete, suena el despertador, lo apaga de mala manera y entonces, sin más, sucede. Con varios trocitos de cristal clavados en la planta del pie, cojea lanzando improperios al viento (“¡Me cago en su puta madre!”) camino del baño. En el plato de la ducha se dibujan unos hilillos de sangre. Con la toalla alrededor de la cintura, se sienta sobre la tapa del váter, pone el pie herido sobre la rodilla de la otra pierna y procede a la cura. Veinte minutos después, Fran sale por la puerta a las ocho menos cinco, plenamente consciente de que llega tarde. Con las prisas, se ha dejado las llaves de la moto. Decide no perder más tiempo y coge un taxi.
En ese momento, en otro punto de la ciudad, nos encontramos con Laura. Mujer, treinta años, guapa, inteligente, divertida, traumatóloga de urgencias en un hospital. Su última guardia ha finalizado, ya son las ocho, comienzan sus vacaciones. Pero acaba de llegar un atropellado. Mira el reloj y maldice por dentro (¡”Mierda!”) el hecho de no poder salir a su hora. La culpa del atropello la ha tenido un utilitario pequeño conducido, no a mucha velocidad (“Menos mal, oiga”), por un jubilado. El jubilado ha alegado que unos destellos de luz procedentes de otro sitio (“Debió ser el reflejo del sol sobre algo”) le han cegado impidiéndole ver el disco rojo del semáforo y al peatón. Los destellos provenían de un cristal que transportaban dos hombres (“¡Joder, cómo pesa el puto ventanal!”) hasta una tienda nueva cuyos escaparates están terminando de montar. Los trabajadores de la empresa cristalera habían tenido problemas para llegar puntualmente a la tienda (“¿Qué coño hace aquí tanto coche parado?”), por culpa de una pequeña retención. El tapón lo ha provocado un camión mal aparcado en una calle de un solo carril que, en teoría, servía de atajo para los cristaleros (“Te dije que fueras por la ronda”). El camionero había estacionado mal porque la plaza de aparcamiento era demasiado pequeña (“¿Pero qué hace ese trasto ahí?”). Justo delante del camión había una Bonneville mal puesta y ocupando demasiado espacio.
Es la moto de Fran, que la dejó así la noche anterior justificándose interiormente (“Bah, paso”) con que eran más de las cinco de la madrugada y tenía sueño. Fran había estado, como hemos dicho anteriormente, con su amigo Dani en una cervecería de la que son asiduos, jugando al billar. La cervecería está junto a un hospital cuyos médicos residentes acostumbran a tomarse dosis de cafeína varias en su recreo particular. A eso de las dos, Laura entró por la puerta con su colega, la de digestivos. Mientras hablaban del congreso de medicina de urgencias que se celebrará el próximo mes, Laura descubría a Fran mirándole desde la mesa de billar. A los diez minutos, Fran vio cómo la chica que le había gustado le decía algo al camarero y luego salía por la puerta con su amiga. El camarero le hizo un gesto para que se acercase (“Es muy maja, vienen siempre por aquí, trabaja en el hospital, me ha pedido que te diga que sale a las ocho”). Ya en el hospital, Laura se recogía la melena rojiza para continuar con la guardia. A su vez, Fran quiso marcharse a casa para dormir algo antes de la cita. Pero la Bonneville no arrancaba. Dani tardó lo suyo en deducir que el contador del depósito estaba roto y Fran tuvo que ir arrastrando la motocicleta hasta la primera gasolinera que encontró.
Y hete aquí el quid de tal montón de acontecimientos: si el contador del depósito no se hubiese roto, Fran habría puesto carburante antes de que se agotara, la motocicleta habría arrancado a la primera y llegado a su casa a una hora no demasiado tardía; seguro que no habría sido tan descuidado de dejar el vaso de agua extremadamente cerca del borde de la mesita, por lo que es probable que no terminara en el suelo; siendo así, no habría pisado ningún cristal ni tenido que gastar tiempo en curarse ninguna herida y, por tanto, habría salido de casa con tiempo de sobra. Seguramente habría cogido la moto, dado que sin tantas prisas, olvidarse las llaves habría sido más difícil, por lo que el camión habría encontrado sitio de sobra para no dejar su culo en medio de la calzada, evitando la formación de tráfico, lo que habría afectado positivamente a la furgoneta de la empresa cristalera, cuyos empleados habrían llegado antes a la tienda; así que el momento del traslado del cristal hasta la tienda no habría coincidido con el paso del jubilado en su coche por el semáforo, que a su vez no vería afectada su conducción por ningún destello de luz y, por tanto, habría visto perfectamente al peatón cruzando; peatón que no habría llegado a la sala de traumas de Laura con una pierna rota, provocando que ésta saliese tarde.
Pero, volvemos repetir, el destino es un niño repelente y caprichoso, de los que lloriquean lágrimas de cocodrilo, estiran el brazo, te apuntan con el dedo y gritan con todas sus fuerzas: “¡Ha sido él!”.
Fran llega a la puerta del hospital a las ocho y veinte. No ve a la chica pelirroja (“¡Mierda!”) y piensa, con toda seguridad, que ya se ha ido a su casa a descansar. Divisa en la misma acera, unos metros más al norte, una boca de metro y emprende la marcha hacia allí.
Justo cuando Fran baja las escaleras de la estación, Laura sale del hospital. Hace un barrido visual intentando localizar al chico del billar, pero no está (“¡Joder!”). Supone, convencida, que se ha ido a dormir a su casa. Cruza la calle y se dirige hacia la parada de autobús en dirección al sur.





2-Gracias a Dios
Su nombre impreso.
Su nombre en grandes letras de tinta, en la primera edición de la mañana, recién escupido por las rotativas con fauces de dragón.
Su nombre por todas partes, tatuado en los quioscos del país entero.
Incluso los lectores más impacientes llevarían en sus manos la huella fresca de su titular, como una suerte de publicidad viral y anónima.
Y debajo un gran artículo a número infinito de columnas. Cientos de miles de letras dedicadas a él, sólo a él; protagonista de la historia más grande de la humanidad. El gremio periodístico a sus pies.
Su nombre en Google.
Su nombre como primera sugerencia de búsqueda, coronando el Everest del top ten de los más buscados por su cara norte.
Su nombre salpicando todas las webs, enlazado en cada página.
Incluso invadiría Youtube, convirtiéndose en paciente crónico de la sección vídeos que se están viendo ahora.
Y sería la excusa perfecta para actualizar de miles de bloggers sin inspiración. Habría tantos tweets sobre él que los verdaderos pájaros enmudecerían. La telaraña virtual a sus pies.
Su nombre en televisión.
Su nombre abriendo los telediarios nacionales, con música de noticia de vital importancia y cuidada realización.
Su nombre articulado por los labios del presentador de turno.
Incluso llegaría a cada televisor del planeta, disfrazado de idioma, de canal extranjero y aún de subtítulo apresuradamente redactado.
Y las pantallas del mundo civilizado serían el escenario audiovisual de su gloria. Tal vez diera el salto a los 24 fotogramas por segundo y un actor de Hollywood diera a conocer el milagro de su obra. Un taquillazo histórico.
Pero Abundio Verdugo de Dios no era nombre mediático.
Menos aún para el nuevo Papa.
Quién fuera un Benedicto, un Pío o un Urbano. Con esos números romanos tan sofisticados detrás cualquiera lucía la mitra, pensaba Abundio camino del cónclave.
Pidió por favor no salir elegido. Por favor.
Y no salió. Uf. Gracias a Dios.






3- El anillo Ysi
Que si, que ya lo sé. Soy el típico friki. Bajito, feucho, con gafas de pasta y muy fantasioso. Adoro los juegos de rol, las películas de ciencia ficción y los comics de superhéroes. Y, naturalmente, tan tímido que nunca le he hablado a una chica sin tartamudear ni llenarla de saliva con mis escupitajos. Y mucho menos pedirle una cita. Lo habitual al ver a alguien que me gusta es eludir su mirada, marcharme lo antes posible y encerrarme en mi cueva imaginando lo que habría pasado si no fuera tan jodidamente tímido.
Así que cuando vi en el número del mes de Super Trunk el anuncio de un anillo que me mostraría qué habría pasado en caso de haber elegido otros caminos en mi vida, decidí comprarlo, aunque sabía que sería un engañabobos como todo lo que había comprado anteriormente.
Seis semanas después recibí el “Anillo Ysi”. Se supone que sólo tenía que ponérmelo y funcionaría automáticamente. Me lo puse. Nada. No hacía nada. Aunque era de imaginar… estaba un poco decepcionado. Me levanté y me asomé a la ventana. Enfrente estaba Anaira. Era tan hermosa… Ojalá no fuera tan tímido ¿Y si me atreviese a decirle algo?
(…)
Camino cabizbajo hacia el río. En mi mente sólo hay una cosa. Acabar con todo de una puñetera vez. Anaira me ha roto el corazón. Claro, era de esperar, ella es tan guapa y yo tan feucho… Además, me ha demostrado ser superficial, ya que ni se ha dignado en buscar mi belleza interior, quedándose sólo con la ausencia de la exterior. Que le parta un rayo… pero a mí me ha destrozado. Por eso quiero acabar con todo.
Me subo a la barandilla, cierro los ojos, y cuando voy a dar el salto escucho unos gritos. Abro los ojos. Abajo, a lo lejos, en la orilla hay una mujer gritando y llorando. Un par de metros río adentro, una niña grita pidiendo auxilio. Se está ahogando. Si tuviera superpoderes, podría ayudarla. No los tengo, obviamente, pero… ¿y si los tuviera?
(…)
Vuelo muy alto, Vigilando la ciudad. El día es tranquilo… los maleantes saben que no tienen posibilidades conmigo, así que rara vez intentan algo. La gente de la ciudad me considera un héroe, al alcalde le tiemblan las piernas en mi presencia. Todo eso está muy bien, pero me siento solo. No sé… me gustaría ser más normal. ¿Y si no tuviera poderes, pero fuera guapo y atlético?
(…)
Tengo éxito en lo que me propongo. Todos quieren estar cerca. Las mujeres se rinden a mis pies. Es cierto que me valoran sólo por mi aspecto, que no saben quién soy en realidad. Pero eso es difícil de cambiar en este mundo tan superficial y aparente. ¿Y si la gente mirara menos el exterior y más el interior?
(…)
Soy feliz. He encontrado a la mujer de mis sueños, que me ama por lo que soy y no por lo que aparento. Tengo dos hijos maravillosos que saben cómo encontrar lo importante. Tengo gente a la que puedo llamar amigos sin miedo a equivocarme. Es una buena vida la que me ha tocado vivir.
Sólo me arrepiento de una cosa en este mundo. Este anillo de plástico que compré de la publicidad que vi en un comic hace mucho tiempo. Obviamente, es un engañabobos y no sirve de nada. Además es muy feo. La verdad es que no sé por qué lo compré, si no necesitaba lo que me prometían. ¿Y si jamás lo hubiera comprado?
(…)
Que si, que ya lo sé. Soy el típico friki. Bajito, feucho, con gafas de pasta y muy fantasioso. Adoro los juegos de rol, las películas de ciencia ficción y los comics de superhéroes…





4- Menos mal
Necesito espacio, así que decido tirar cosas que no sirven. Y revisando cajas con cosas encuentro uno de tus regalos. Vaya, pensé que me había deshecho de todo, pero se ve que aun me quedó un ápice de melancolía en la última gran limpieza. Ya no la tengo, y ni siquiera me cuesta esfuerzo tirarlo a la basura mientras me sonrío pensando que menos mal que no fue, que fue una suerte que no me escogieras, que tuve la fortuna de no ser la elegida y tan herida y muerta en vida ni siquiera luché por retenerte. Definitivamente me sonrío cuando pienso que la vida a veces te rescata cuando estás a punto de internarte a ciegas en un agujero negro. Sino, ahora seria menos joven, menos libre, menos segura, menos fuerte, menos yo.






5- En los brazos de la ninfa

(Continuación de El extraño caso de la casa de verano)


La noche cayó como una persiana que ocultara las últimas luces del día. El bocadillo de calamares había asentado el estómago maltrecho de Poyatos y el sueño empezaba a hacerle picar los ojos. Había sido un día intenso; contactar con el cliente, la calurosa entrevista, cobrar la provisión de fondos que le permitió comer con dignidad comedida, recibir aquellas primeras pistas para enfrascarse en la investigación del caso, el calor asfixiante del verano que golpeaba sin piedad incluso de noche. Lo mejor era dormir y esperar el nuevo día, la jornada en la que caminaría hasta la casa de veraneo de la pareja y observaría con detenimiento los detalles que le permitieran iniciar las pesquisas sobre las desapariciones misteriosas y diarias de la esposa de Marcel. Decidió echarse en la cama y volver a observar la colección de fotos que le fue entregada como introducción al caso. Conectó el ventilador del techo y se entregó a los plácidos brazos de Morfeo.
El camino hacia la casa era largo, pero la ilusión de la primera investigación hizo que, con paso diligente, lo hiciese en menos tiempo del que pensó en principio. Al acercarse a la casa con sigilo se tropezó con lo que se asemejaba a una máscara de carnaval dieciochesco. La apartó con un leve toque del pie que hizo sonar los cascabeles que la adornaban, y se aproximó a la ventana que parecía de la cocina. Efectivamente lo era, una olla a presión emanaba rítmicamente los vapores de un potaje de lentejas con chorizo que hicieron que a Eutropio se le escapase un suspiro y una lágrima al pensar en el hambre que hasta ahora había pasado. Pero enjugó pronto el llanto al saborear un pequeño trozo de calamar que encontró entre sus muelas, vestigios inolvidables del bocadillo de la noche anterior. A base de pasar hambre, había aprendido a apreciar esos tesoros que, por sorpresa, encontraba su lengua en el viaje infatigable con el que recorría cada uno de los huecos entre sus dientes.
Lo que vio al dejar la ventana de la cocina y aproximarse a la del salón lo hipnotizó de inmediato. Entre los visillos ondulantes por la corriente de aire, una señora bailaba desnuda al son de una música celestial que recordaba un bolero de Machín. El ritmo sudamericano hacía bambolear las redondeces turgentes de la fémina allá y acá, allá y acá, con un efecto turbador que hizo disminuir el riego a su cabeza. La boca ahora estaba seca y la respiración de Eutropio se entrecortaba de vez en cuando. Extasiado como un auténtico gilipollas fue descubierto por la dama en un rápido giro de su coreografía. Sin alarmarse por el intruso y con gesto seductor y ojos inolvidables indicó a Poyatos que entrara en la estancia. Cual gacela en celo se encaramó al alféizar de la ventana y echó, no sin dificultad, la pierna derecha por delante para acabar impulsándose con los brazos. Cayó sobre un mullido sofá de cabeza, para ir a rodar hasta el suelo donde ya lo esperaba en postura sugerente aquella musa de ojos verdes. Intentando recomponerse tras la accidentada puesta en escena, fue literalmente aplastado contra el suelo bajo el peso de la danzarina. Estaba claro que los visillos ejercían un efecto adelgazante, porque el grácil cuerpecillo que pareció ver entre giros y cabriolas era ágil, pero con no menos de ochenta kilos. Viéndose en semejante trance, el detective se olvidó por un momento del motivo de su visita a la casa y se entregó a los brazos de la ninfa. Con movimientos estudiados fruto de la experiencia, la mujer adoptó postura de amazona y se dispuso a palpar debajo de su cuerpo en busca de la carne prieta. Descubierto el instrumento y dispuesto para la faena, lo abrazó con sus entrañas con tal virulencia que Poyatos no tuvo por menos que ahogar un grito de dolor. El voluminoso busto golpeaba su cara acompasadamente, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho… en un ritmo embriagador bruscamente interrumpido por las manos de la amante que, colapsado su cuerpo por el fuego de artificio, tomó el rostro de Eutropio alojándolo con riesgo de asfixia entre su mamaria anatomía.
¡Pipipí, pipipí, pipipí! Sonó el despertador a la hora de siempre para que Eutropio se desperezara entre las sábanas. 
– Maldita sea de nuevo, ¡maldita sea!, – pensó en sus adentros el investigador - otra vez mi gozo hecho sueño. Lo que pudo ser y no fue, lo que no fue nunca y debería ser, lo que nunca será fuera del subconsciente.
Las fotografías esparcidas por la cama, los restos de mayonesa del bocadillo en la mejilla de la rubia moza cuarentona, el calor, la euforia por haber comido, los años pasados sin catar humedades… La necesidad y el deseo hicieron que Poyatos, otra vez, se entregara al placer en sueños.
Aparcada la frustración sexual del detective, y sin perder un minuto, saltó de la cama a la ducha, y tras un baño refrescante y un desayuno modesto, se lanzó a la calle para dirigirse a la casa de verano de su cliente francés y su enigmática esposa.
La casa estaba cercada por una valla de madera también blanca de poca altura, no más de metro y medio. Traspasó una puerta de acceso entreabierta y con paso rápido se acercó al porche exterior que daba acceso a la entrada principal. A la izquierda de la puerta había una cesta de playa con una toalla mal doblada echada encima. A la derecha una fotografía de la Virgen del Rocío descolorida por el sol. Un par de vasos de copas encima de una mesa en 
compañía de una botella de ginebra Larios, dos latas de tónica abiertas y rodajas de limón ya reseco. Giró en la esquina de la fachada principal y vio varias ventanas cerradas. Se acercó a la primera. Miró disimuladamente el interior y no vio más que una biblioteca atestada de libros, un sillón de orejas, una lámpara y una mesita redonda. La siguiente ventana tenía la persiana echada. Y la última permitía ver una sala desnuda de muebles donde entró acompañada una dama rubia de unos cuarenta años de edad. La seguía un hombre alto y moreno, de extraño caminar sobre las punteras de los pies. La mujer iba ataviada con una especie de túnica de algodón blanco y llevaba en la mano izquierda lo que parecía ser una máscara veneciana de carnaval dieciochesco. Él iba vestido con pantalón y camisa negros, zapatos blancos y sombrero de ala ancha en su mano derecha. La estancia, con tarima de madera y espejos, parecía una sala de baile.
Como si estuvieran anticipándose a los pensamientos de Poyatos, la pareja inició un baile muy extraño. Antes, ella había colocado un vinilo en un tocadiscos y puesto con pericia la aguja sobre el mismo. Así que los extraños compañeros de danza bailaban al ritmo de una música que no escuchaba.
Miró su reloj de cuarzo, eran las doce de la mañana. Si hoy también se cumplía lo indicado por su cliente, o sea, que su mujer desaparecía entre las once de la mañana y las dos de la tarde, aquella persona que veía danzar tras la ventana no podía ser la señora Proust.
No podría afirmar con rotundidad que la mujer que ahora bailaba fuese la mujer fotografiada; no obstante, el parecido era importante. Y si no era la mujer de Marcel la mujer que danzaba en su casa, pero sí la de las fotos, ¿qué tienen que ver con la esposa del francés las fotografías que le había suministrado? 
La cosa no empezaba clara, nada iba a ser fácil. Tendría que concentrarse mucho en el caso para llegar a buen puerto. Giró sobre los talones para abandonar la casa y se encontró frente a frente con un perro caniche que gruñía y lo miraba de mal modo. Odiaba los perros y ahora tendría que esquivar el fiero ataque del can si pretendía salir del jardín.

Continuará.






6- Olenska
Nunca había visto su cara pero lo sabía con certeza, era la mujer de su vida. Estaba loco por ella, sí, loco, porque solo un loco podría enamorarse de un ideal hasta el delirio, hasta caer enfermo de amor, desesperación y deseo, solo un loco podía negar la realidad y rebelarse contra el destino, ella no podía ser simplemente una ilusión, tenía que existir en algún lugar de este mundo o del otro. Juró que la encontraría aunque tuviera que desafiar al espacio y al tiempo, juró hacerla suya, poseerla hasta quedar ambos agotados y bañados por ese sudor que, justo ahora, le cubría la frente y las sienes, el mismo sudor que empapaba las sábanas y le provocaba escalofríos que, como pequeñas descargas eléctricas, recorrían su espina dorsal.
La fiebre le hizo volar, la ira blasfemar, lloró lágrimas secas de impotencia y preguntó a la muerte si llevado por su mano llegaría a encontrarla, pero no obtuvo respuesta, solo creyó ver una sonrisa burlona donde no había rostro. Desesperado, gritó hasta desgarrarse el alma, gritó hasta que dejó de escuchar su propia voz, gritó hasta que su carne se hizo tinta, sus dientes puntos y sus huesos letras. Gritó hasta que se fundió en el papel, como la nieve se funde en primavera, gota a gota, lentamente, sin dolor, sintiendo como su mente y sus pensamientos se transformaban en palabras y frases encadenadas que hablaban de él, de su historia, de la de ella.
Perdió la noción de su propia existencia, alzó las manos para asegurarse de que seguían perteneciéndole, pero no las vio, ¿cómo iba a ver nada si en su búsqueda había cruzado la frontera que separa el ser del no ser? Ahora solo era un fluido que poco a poco marcaba trazos sobre el papel, ¿o era algo más?, sí, era potencialmente lo que quisiera ser, por fin era libre. Se dejó llevar disfrutando del hormigueo que le producía ir retorciéndose en cada una de las letras, como si cabalgara en una montaña rusa que a su paso iba dejando una estela de palabras secas.
Y, de repente, el carrusel dejó de girar y todo se volvió claro. Allí estaba Olenska, la reconoció al instante y sin dudarlo, ¿cómo podría confundirla si ahora los dos estaban compuestos por la misma materia? Era tal cual la había imaginado, de apariencia frágil, vulnerable, pero a la vez orgullosa y altiva, estaba seguro de que tras su gélida mirada, tras sus ojos grises que amenazaban tormenta, existía una gran pasión reprimida, una necesidad vital de amar y de ser amada. Se entretuvo jugando mentalmente con sus rizos trigueños, admiro la elegancia de su cuello, anuncio de unos hombros anchos y esbeltos, dibujó en el aire la forma de sus pechos y se recreó ante la imagen de sus labios, traviesos guardianes del manantial que abastecía el pozo de los deseos.
Cuando por fin la miró fijamente no supo que decirle, le asaltaron el miedo y las dudas, no sabía si ella era consciente de su presencia, de si le reconocería o si por el contrario le tomaría por un extraño, ni siquiera sabía si hablaría su mismo idioma. Pero no le dio tiempo a pensar más, una frase rompió el silencio aunque no fue un sonido lo que escuchó, una voz grave y con marcado acento balcánico directamente se proyectaba en su cerebro. “¿Qué haces aquí?, ¿a qué has venido?, ya no te esperaba”. Era una voz firme y decidida que trataba de disimular cierto temblor producto de la sorpresa y del miedo. Él podía entender la sorpresa, pero no llegaba a comprender los motivos del miedo, los escalofríos volvieron y de repente él también tuvo miedo, “ya no te esperaba”, ¿qué significaba eso?
Pero se armó de valor, no había abandonado todo para amedrentarse al primer contratiempo. Contestó despacio, con ternura, le contó su viaje y su renuncia, mientras que ella le miraba víctima de la incredulidad con la cara desencajada, le contó como la había descubierto, sin querer, en la página veintitrés de un libro antiguo y lleno de polvo que un día encontró olvidado en un rincón del desván, un libro que hacía casi un siglo que nadie había abierto. Ella comenzó a llorar y él aprovechó para declararle todo su amor con rabia, con la fuerza del deseo acumulado y reprimido, con la pasión salvaje que había alimentado la desesperanza.
Ella comenzó a correr sin volver la vista atrás como si escapara de su propio destino, como si escapara de su propio pasado, él la persiguió hasta alcanzarla, la sujetó de un brazo y la lanzó contra su regazo, tratando de calmarla, tratando de consolarla. No pudo calcular el tiempo que así pasaron, él aturdido, ella descargando en su pecho, una vez tras otra, todo su dolor y su desconsuelo, hasta que sus puños no tuvieron fuerza para continuar golpeando, hasta que sus ojos se vaciaron de lágrimas y no pudo más que susurrar “¿Por qué has vuelto? Ya es tarde, llevas muerto demasiado tiempo”
Entonces, al ver su vestido enlutado del que nunca fue consciente, al descubrir las arrugas en su rostro, fruto del sufrimiento, en las que reparaba por primera vez, lo recordó todo. Recordó que eran amantes en una época en la que eso solo se pagaba con la muerte, recordó cómo los descubrieron, recordó los golpes por todo el cuerpo y los gritos de ella. Pero sobre todo recordó que mientras descendía a las profundidades, atado de pies y manos, con el agua inundando sus pulmones, juró volver, no para vengarse, solo para volver a verla. Y se volvió loco, maldiciendo el capricho del escritor que los separó, de ese ser despiadado que, después de darle todo, todo se lo había arrebatado. Volvió a gritar, como un animal herido, agonizando, hasta que de repente ya no pensó en nada más.
Por la mañana lo encontraron, frío y sin pulso, con los ojos abiertos y un libro entre las manos abierto por la última página, esa última página que nunca había querido leer para no perder del todo a Olenska, una página que ahora, misteriosamente, estaba en blanco.





7- Silencio
¡Plip!
¡Plip!
¡Plip!
Abro los ojos.
Silencio.
Ahora me doy cuenta. Estoy cabeza abajo. Y de nuevo inconsciente.
¡Plip!
¡plip!
¡plip!
Abro los ojos.
Oigo voces a mi alrededor. Me duelen las piernas indescriptiblemente. El pecho también.
¡Dios! ¡Estoy sangrando! Ahora veo la sangre gotear sobre un charquito en el techo del coche.
De pronto, un ruido ensordecedor y un extraño olor a soldadura, a hierro cortado. Los bomberos están abriendo mi coche como si fuera un abrelatas. ¡Por Dios! ¡Sacadme de aquí cuanto antes, me estoy desangrando!. No quiero morirme. No aquí. No ahora. Hay tantas cosas que quería hacer antes... No por favor. ¡Dios, Susana, en casa esperándome, ajena a todo!. ¿La habrán llamado? ¡El niño! Intento moverme. ¡¡¡Ahhhhhhhhhh!!! grito. Un dolor agudo me atraviesa de pecho a espalda.
Tranquilo, no se mueva, oigo una voz decir fuera. Enseguida lo sacamos de ahí. Esté tranquilo. Dígame. ¿Cómo se llama?
Fernando, respondo. Tranquilo Fernando. No se mueva. Pronto saldrá de ahí. Le espera una ambulancia.
Creo que me están pretendiendo decir que no me voy a morir, pero yo no estoy muy seguro de ello. De repente me siento completamente estúpido. ¡Joder! Me he dormido. Me he dormido conduciendo. ¿Por qué no paré en aquella maldita gasolinera a echar una cabezada? ¡¡Estúpido, estúpido, estúpido!!
Cierro los ojos.
Silencio.
...
¡bip!
¡bip!
¡bip!
Abro los ojos
Silencio, excepto por ese pitido.
Todo es de color blanco. Estoy en un hospital.
Cierro los ojos.
Silencio.
...
¡bip!
¡bip!
¡bip!
Buenos días, Fernando, ¿cómo se encuentra?
No sé si he sido yo el que ha emitido esa especie de graznido al abrir la boca, que pretendía ser un "bien" aunque fuese mentira.
Tiene visita.
Ante mí está la cara más bonita, la sonrisa más preciosa que he visto en mi vida. Con unas ojeras que delatan la falta de descanso. Ahora recuerdo por qué me enamoré tan perdidamente de ti. Trato de articular una palabra. Susana. Ella me abraza y rompe a llorar. Yo, ahogado en mis lágrimas no acierto a repetir más que perdóname, perdóname. Mi voz suena como si fuera otra persona. Llevaba días entubado. Es normal. Susana me acaricia, me consuela, tranquilo, mi amor, ya ha pasado todo.
Tranquilo. Estamos aquí, juntos. Estás aquí. Cuánto me alegro, Fer.
Cierro los ojos.
Silencio.





8- ¿Vino? No, gracias
Había estado muy cerca de Luis en otras ocasiones, pero tanto cómo ésta vez, no lo recordaba.
Mi escote estaba justo como debía de estar, y las braguitas nuevas que compré para él, estaban esperando la ocasión.
Luis era impresionantemente guapo, Alucinantemente atractivo, y lo mejor es que, que… que tenía un polvazo de miedo.
Por allí rondaba Bertha, que no dejaba de revolotear por donde Luis estaba, mirándome con cara de pocos amigos. También estaban Lola y Pedro, que eran la típica pareja de novios de toda la vida y Raúl. El desastroso, listillo, feúcho y aburrido Raúl.
Eran más de los mencionados y mencionadas, pero no los recordaba o no me interesaba recordarlos.
Dos meses antes, cuando decidí mirar en facebook si había gente de mi antiguo instituto, jamás pensé que hubiesen cambiado tanto.
Y allí estaba yo, sentada al lado de Luis, y contando para mí la de ocasiones en las que le dejé escapar y no logré llevarlo a mi cama, pretendiendo por todos los medios que ésta no fuese una más de esas
Mi copa de vino no estuvo vacía ni un solo segundo, y Luis, no dejó de coquetear conmigo como nunca lo lo había hecho.
Estaba feliz en esa comida de antiguos “amigos”, pero todo se lo debía a él.
Se me hacía agua la boca (por no decir otra cosa) con solo pensar en tenerlo solo para mi…
Y una copa de vino mas…
Yo no había bebido tanto vino en mi vida, pero es que la sed que me provocaba la tensión del momento la apagaba muy bien ese vinito que eligió Raúl, que era lo único que había hecho en toda la noche, aparte de mirarnos a Bertha y a mí con la boca abierta y los ojos desencajados… Aghs!
Y mientras llegaba el postre, seguíamos bebiendo vino…
NO recuerdo bien como acabó todo, porque mis risas ya eran más de las que debían…
Pero recuerdo la escalera, larga y complicada…
Recuerdo sus manos, recuerdo sus besos.
Recuerdo como me lo hacía primero lento, después rápido, y después a ritmo perdido.
Ahora desperté, pero él duerme, bien tapadito aún.
Creo que estoy en un hotel, o un hostal... aún no he encontrado nada que me indique nombre del lugar…
Voy a despertarlo para ducharnos juntos…
¡¡¡¡DIOSS!!!! ¡¡ Es…!! ¡¡Raúl!! ¡¡¡Me he acostado con Raúl!!!
NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!
Juro que no bebo mas vino ¡¡ JAMÁS !!





9- El instante
Las yemas de sus dedos se tocaron por última vez al tiempo que Ella fue consciente de que Él no le había sido infiel. Ella le miró a los ojos en aquel momento eterno durante el cual su mano, entrecruzada fuertemente poco antes, perdía todo contacto. Unos ojos que comenzaban a ahogarse en lágrimas que brotaban por un terrible futuro inmediato e inevitable. Las fuerzas de su mano, de su brazo, su cuerpo y su alma, se evaporaban irremisiblemente. Ella se iba para siempre, pero ahora la tenía ahí. No quedaba tiempo, pero ahí estaba, en esa fracción de segundo que precedía al desastre.
Así, sin más, cuando Ella más deseaba aferrarse a la vida, fue imposible agarrar su mano. Ni tan siquiera pudo decir adiós. Ahora sólo mantenían contacto entre ellos a través de sus dedos índice. Él intentaba articular una palabra, sin embargo tampoco fue capaz. Por fin, tras aquella breve eternidad, sus cuerpos perdieron toda conexión. Ella se precipitó al vacío mientras en el universo se hacía el silencio. Cerró los ojos, aceptó su destino y se dejó llevar. Aún así, quiso conservar una última imagen de Él. A escasos metros del suelo, vio algo que le heló la sangre: Él también caía.





10- La sala de espera
Roberto y Manuela nunca se han visto. Hace más de tres años, Roberto –que es muy tímido- contestó a un anuncio de un suplemento dominical que decía “Encuentra a tu media naranja”. Desde el primer momento se fijó en el anuncio de Manuela: “Hola, soy alta, rubia, de pelo corto y me gustaría ser tu amiga”. Roberto mandó un mensaje y Manuela le contestó. Fue un frío y simple intercambio de e-mails.
A pesar de su timidez, Roberto se expresaba muy bien por escrito; y poco a poco la cosa fue tomando forma. Se escribían, a veces cada día, o cada dos días como mucho. Manuela se encontraba muy a gusto, todo muy bien; y Roberto tenía en su mesilla una foto de ella. Bueno, realmente no era ella, era una foto que él recortó de una revista de una chica rubia, alta, de pelo corto… tal y como siempre imaginó que sería Manuela. Hablaba con la foto todas las noches, contándole abiertamente todos sus sentimientos; todo lo que no se atrevía a decir en los correos. Estaba muy confiado cuando escribía, pero jamás le habló de amor, de sentimientos, de sexo... como cuando lo hacía con el recorte; que por cierto lo tenía enmarcado.
Pasaban felices los días y los meses, y seguían con sus escritos sobre animales, plantas, cine, política, gastronomía, otras cosas sin importancia. Sólo una vez, cuando ya llevaban más de dos años, Manuela tomó la iniciativa de plantear una cita. Una cita. A Roberto le dio tanto miedo que tardó cinco días en contestar. Eso sí, la respuesta fue un rutinario comentario sobre el apareamiento de los guepardos.
Manuela se lo tomó con calma… No obstante, al final, los sentimientos estaban ya tan desbordados que todo tenía que desembocar en una cita.
Les separaban más de novecientos kilómetros y decidieron verse en una ciudad intermedia para los dos. Ambos tomarían un tren para encontrarse. Manuela le puso en su último correo como harían para reconocerse; y Roberto le dijo en un breve envío que no se preocupara, que él la reconocería.
Llegaron ambos, pero no estaban acostumbrados a una Estación tan grande, con cuarenta y siete andenes y catorce salas de espera. Roberto se llevó la foto del recorte y se sentó a esperar en la primera sala que vio. Disimuladamente miraba la foto cada vez que entraba una mujer (aunque fuera morena o de pelo largo). No hubiera hecho falta mirar tanto la foto, ya que tenía esa imagen grabada en su cerebro; pero lo hacía por si acaso.
Habían pasado ya más de cinco horas…. Mientras Manuela no hacía más que caminar de andén en andén y entrar en todas las salas de espera. Incluso entró varias veces y pasó por delante de donde estaba Roberto. Y por supuesto, él miró la foto para comprobar que no era ella…
Manuela volvió a su casa, llorando… Y Roberto volvió desesperado y frustrado. Nunca se contaron nada de lo ocurrido. Es más, jamás han vuelto a escribirse. Así que acabó de esta manera algo que pudo ser y no fue.





11- El libro
Arthur Schopenhauer dijo: "la vida y los sueños son paginas de un mismo libro, leerlo en orden es vivir, ojearlo, es soñar" . En el libro de mi vida hay miles de esquinas dobladas que señalan que en esa pagina hubo algo que pudo ser, pero que al final no fue. Que extraño... tantas veces he querido darme de bofetadas... y sin embargo, todavía cometo los mismos errores. Las paginas del libro de mi vida no están numeradas, bueno, si lo están, pero no por el numero de pagina, sino por la fecha, tantas fechas, tantas experiencias, tantas emociones a flor de piel. La primera pagina data del 25 de Mayo de 1977, que es la fecha de mi nacimiento. Dicen que nadie puede recordar nada de su mas tierna infancia, pero a mi me acosan olores e imagenes de aquella época lejana.
Es curioso, pero donde menos esquinas hay dobladas es en esa época. Quizá es porque en la inocencia de mi juventud todas las decisiones estaban bien tomadas y nada ni nadie podía convencerme de lo contrario, pero pasando unas pocas paginas adelante la cosa cambia. Hubo una época de mi vida en la que la mayorías de las esquinas dobladas estaban provocadas por algo que se llama amor... amor, tan cálido y suave, tan seguro pero a la vez tan frágil colgando de una fina tela de araña que se resquebraja con tan solo mirarla...
Siempre he sido una persona normal, con mis virtudes y con mis defectos, una persona sociable al fin y al cabo, que se enamoraba con, dijamoslo así, cierta facilidad. Vivía en el centro de la ciudad, en su parte antigua, y en verano aquellas estrechas callejuelas revivían al paso de turistas y de todos los que trabajaban por allí... aaahh! que bien me sentía cada mañana al despertar y sentir ese murmullo que me daba la vida.
Para ir a trabajar tenia que recorrer la calle San Miguel, que es peatonal y esta llena de comercios, hasta llegar a la plaza Mayor, donde estaba la tienda en la que trabajaba. Todos en esa calle nos conocíamos y la mayoría de veces tardaba demasiado en llegar hasta el curro, ya sabéis, la gente es muy amigable en mi ciudad y además, si te conocen ya no puedes poner excusa para que te cuenten su vida. A mi me gustaba, siempre he sabido escuchar a las personas, y esas personas, al final agradecían tener a alguien que les escuchara. Así fue como un buen día la vi a ella. Era temporada alta, y la habían contratado para trabajar los meses de verano, que era cuando toda la avalancha de turistas en bermudas, sandalias y calcetines, salían desbocados a comprar cualquier recuerdo para llevárselo a casa y ponerlo encima del televisor.
Desde el primer momento que la vi no me la pude quitar de la cabeza. Nunca me había pasado algo así. Aunque me enamorara con facilidad, lo que me hacia sentir me desconcertaba, siendo además como era ella. Era gótica. Su piel era del color de un cadáver, mas blanca que el blanco que puede dejar cualquier mancha de lejía en una blusa negra, pero lo que le daba vida a su rostro eran sus dos ojos grandes y azules maquillados con una gran sombra negra que le daban mas color, si es que eso era posible. Siempre vestía de negro, a veces con faldas larga de tubo y camiseta o a veces con vestidos de tirantes y unas mallas que había reciclado y ahora las usaba como guantes. Su nombre era Sandra.
Yo por aquella época "fumaba"... bueno, para que mentir, ahora mismo mientras os cuento esto me estoy fumando un porrazo de una hierba buenisima que me ha pasado mi vecino, pero no quiero desviarme del tema, y además, esa es otra historia. Como decía, en esa época fumaba, y un día después de cerrar me dirigía a mi casa cuando girando una esquina detrás de la tienda donde ella trabajaba, la vi de cuclillas, acurrucada en el portal de un callejón estrecho. Yo conocía a sus compañeras, y a ella la había saludado con algún "hola" o "adiós" furtivos, pero me di cuenta de que esa era la oportunidad perfecta. Se estaba liando una ele, y no se inmuto en absoluto ni se cohibió cuando me vio, y eso... me encanto...
Después de eso, el temor dejo de existir e incluso un día, la invite a mi casa. Ella acepto, teníamos una bonita amistad, así que ¿por que no? cada día junto a ella creaba en mi una confusión que... me desconcertaba. Lo único que quería es que se quedara. Que se quedara hasta que ya no fuera divertido, hasta que conociera cada centímetro de su piel. Quería besar sus labios, mordisquear sus pezones y mover sus caderas al ritmo frenético que marcase mi lengua en su clítoris y al final... se quedo.
Los meses pasaban, y mi vida era simple y llanamente feliz. Mis días felices estaban llenos de noches felices y el cielo bajaba al nivel del suelo en cada viaje sideral regado con el humo de un buen "cigarro", pero como todo tiene principio, también hay un final. Quizás dejo de ser divertido o que se yo. Ella volvió con su ex, y así me quede yo, como al principio.
No sintáis pena por mi. Ahora mi vida es totalmente diferente. Sigo siendo feliz, inmensamente feliz. Tengo dos hijos, Ariadna y Oscar que me han inundado de vida y una pareja que... me ama. No se como hubiera sido mi vida con ella, o que habría ocurrido después, y nunca lo sabré. Una vez leí que "de nada sirve llorar sobre leche derramada" y creedme, es totalmente cierto, aunque a veces me pregunto ¿que podría haber sido? Ya apenas hay esquinas dobladas en mi libro, aunque todavia hay muchas paginas en blanco por rellenar, y eso es muy emocionante. Por cierto, no me he presentado, mi nombre es Carmen. Encantada de conoceros!





12- Click
Se arrepintió justo después de haber colgado.
Cuando sonó el ‘click’ del auricular, de repente la duda cayó sobre él como una ducha de plomo, corroyéndole desde lo más profundo de su estómago.
Ahora era irreversible; la decisión que había tomado va a ser su presente y su futuro, y el miedo a no haber hecho lo correcto empezó a hacer mella en su ánimo.
No pudo mantenerse sereno. No conseguía despejar su cabeza de las dudas que se le agolpaban. Intentaba centrarse: es cierto, tenía un compromiso; es cierto, los compromisos pueden romperse si no se cumplen todas las responsabilidades por ambas partes… pero ¿había tomado la decisión correcta?
Una relación que empezó hace ya tanto tiempo… Una nueva oportunidad de tener una aventura a lo desconocido… Ninguna balanza del mundo en el que pusiera estas opciones se inclinaría hacia algún lado, ni le ayudaría a decidir. ¿Por qué no haber pedido tiempo para meditar? Las promesas de un futuro mejor pesaban lo mismo que los hechos de un pasado sin nada más que los típicos roces habituales en estos casos. ¡Oh, cielos! ¿Qué había hecho? ¿Por qué no…?
No conseguía olvidar la voz femenina con la que acababa de hablar. La llamada imprevista (ese tipo de llamadas siempre son imprevistas), y esa conversación que había trastocado sus creencias mas firmes.
Nunca olvidará cuando levantó el auricular y una dulce voz le dijo:
- “¡Buenos días!, le ofrecemos una mejor oferta para su ADSL…”





13- Ilusiones pasadas
Decir “lo que pudo ser y no fue”. Es para mí como decir: lo que no puede ser no pude ser y además es imposible.
No tiene sentido estar lamentándose de las cosas que no hicimos en su día, ya que pueden influir en el presente.
Es una manera de mantener una llama encendida, con riesgo a provocar un incendio o un color de luz que no se parece en nada al real.
Alguna vez he intentado rehacer cosas del pasado que no hice en su día y ha sido un completo desastre, así que mas vale aprender de los errores que intentar corregirlos, sobre todo cuando en las circunstancias son distintas puede desembocar en un auténtico desastre y convertirse el tema en un desastre al cuadrado.
Siendo soñador como soy, soy piscis y creo que no lo puedo remediar, tengo muy claro que hay que vivir el presente y pensar el futuro, pero aprendiendo del pasado.
Un día hablábamos sobre los sueños, hay gente que es feliz teniendo ilusiones y pensando en ellas, me reconocieron que solo pensando en ellas ya eran felices.
Yo en cambio necesito ir cumpliéndolas para no sentirme frustrado. Se que hay algunas que no dependen de mi en la actualidad y que van ligadas a un proyecto económico pero aun así no me obsesiono y sigo pensando en ellas.
La verdad es que este tema lo tendría que plantear en pasado, pero si te para a pensar, es lo mismo, pensar en pasado que en futuro, no dejan de ser ilusiones.
Si recuerdas algo del pasado que no pasó es porque aun tienes la esperanza de que pase en el futuro, aunque sepas que debes o que no pasará siempre queda esa fantasía, si no, no entiendo el recordad cosas que no pasaron, además seguro que, tal i como se explican, dan a entender que si hubiese pasado hubiese ido bien, nadie cuenta su batallita para no salir triunfante.
Ya para acabar decir que creo en el destino y si no fue seguro que tiene su explicación.





14- Bienville

- Mamá, ¿Cómo que no puedes venir?
- Lo siento cariño, hoy no puede ser. He quedado con tu padre.
- Mamá, papá lleva sesenta y cinco años...
- Muerto, lo sé.

Era veinte de enero de 2009. Tal día como hoy se cumplían sesenta y cinco años desde la última vez. Se puso sus mejores galas y salió a la calle desde su pequeña casita de la calle Monroe.
Sintió algo de frío; el mercurio apenas superaba los diez grados aquella mañana, pero no le importó. Se arropó un poco y cerró la verja blanca que bordeaba la casa. El frío lo podía soportar pero el paseo era largo y sus ochenta y seis años pesaban, pesaban...

Anduvo a pasito lento por las desangeladas calles de Mobile. Habían cambiado mucho en el transcurso de los años pero en general, todo lo había hecho. Pasó por la Spanish Plaza, donde unos arcos pretendían sellar lazos de amistad con la vieja España.

Recordó haber pasado hacía cinco años por delante de aquellos arcos malagueños y haber tenido la misma sensación. Algunos sentimientos no cambian y otros con el tiempo se hacen mucho más fuertes; algunos lazos perduran para siempre.
Emma no se detuvo. Continuó andando a su ritmo, pasando por calles amplias y vacías hasta llegar al centro, a Bienville Square. El lugar era precioso. Un pequeño caminito adornado con bancos victorianos culminaba en una fuente de hierro que dejaba caer el agua de manera escalonada.

A su alrededor se alzaban los viejos robles que la habían acompañado a través de los años. Emma se sentó en un banquito y suspiró, tratando de recuperar el aliento. Observó distraida el discurrir del agua en la fuente. Igual que el tiempo, el agua no se detiene; se precipita al vacío desde su principio hasta su fin.

Emma rebuscó en su abrigo y sacó del bolsillo una vieja carta, muy estropeada por los años.

" -
Monte Cassino, 20 de Enero 1944 -

Querida Emma, llevo sólo tres meses aquí y ya no sé ni quien soy.
He visto cosas que nadie debería ver, he hecho cosas que nadie debería hacer. He matado a personas que ya no podían defenderse. He visto cuerpos mutilados, quemados, destrozados...

No pienso en ello salvo cuando te escribo. Sólo entonces recuerdo que en el fondo sigo siendo una persona. Quizás algún día pueda olvidarme de todo lo que he visto aquí. Hay quienes piensan que esto es el final, que acabaremos tirados en alguna zanja, despedazados por algún mortero. Han perdido la esperanza, pero yo no, no puedo permitírmelo.

El día que regrese no quiero fiestas. No quiero celebrar nada, sólo quiero estar contigo y pasear por Bienville Square, como antes. En ese parque te besé por primera vez. Después buscaré un trabajo, quizás en los astilleros, y podremos vivir una vida de verdad. No necesito grandes cosas, tan sólo que estés a mi lado. Si supieses lo que te echo de menos...

Creo que la felicidad siempre está al alcance de quien se la merece. Cuida mucho de la niña, y cuídate tú también. Lo sois todo para mí.

Tuyo, William
."

Le dijeron que fue un héroe; pero fue uno más.

Aquella misma noche, la 36ª tuvo que cruzar un río. Aún no había llegado al bote cuando una ráfaga de ametralladora le alcanzó en el pecho, por tres veces. Durante los minutos que duró su agonía vio el destello de las armas enemigas, escuchó los gritos de compañeros y amigos. Pensó en Emma y en Emily, en que jamás las volvería a ver. Supo que se moría. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. La sangre manó de su boca y giró como pudo la cabeza para no ahogarse en ella. Poco después murió.

Emma rompió a llorar. Había trozos de aquella carta muy difíciles de asumir. Cada cinco años hacía el largo camino hasta Bienville confiada en que sería el último. Se
quedó dormida en aquel banco, con la carta suspendida de su mano con un hilillo de fuerza.

Alguien le tomó la mano y apretó suavemente. Ella asió el papel, como si alguien le quisiese arrebatar la memoria... y después levantó la cabeza.

- Señora, ¿Se encuentra bien? - le preguntó una mujer que paseaba con un chiquillo -.
- Sí, querida - contestó Emma -. Me había quedado dormida.

Poco después guardó la carta en el bolsillo de su abrigo. Por un momento pensó que podía haber sido él quien venía a buscarla, pero no fue así.

- La vida es demasiado larga, William - murmuró -; demasiado larga sin ti.




15- Sugestión unilateral para la autodestrucción.
El enorme mastín blanco de los pirineos trota por el jardín. No sé su nombre. Tras él, dos cachorros humanos, niño y niña de unos 8 y 10 años respectivamente, corretean alegremente con sus dorados cabellos agitados por la brisa. Creo que son mi prole, pero no sé sus nombres. Entre begonias, lavanda y rosales observo la escena. Un brazo femenino enrosca al mío. Reconozco su rostro. Me reconozco reflejado en sus ojos. El tiempo no me trata mal… y tomo conciencia de que todo es apenas una posibilidad, una ensoñación.
Creo que estornudé y así, volví a la realidad.
Tragué un poco más de cerveza y constaté que nuestra conversación tornaba por extraños derroteros. No sé muy bien cómo, habíamos llegado hasta el guatemalteco Augusto Monterroso y su maldito dinosaurio.
–…y un cojón! –expresó Ramón, un tanto exaltado–. Siete palabras, ¿eh?. Pues yo tengo uno mejor, atiende: El conde gritó y rompieronle el culo.
El último cacahuete del cuenco estalló entre mis dedos. Si nos detenemos un segundo en la propuesta de Ramón, nos damos cuenta de la acción contenida en sus palabras, de todo lo que esconden, de la presencia de sórdido sexo, misterio, acción y de toda una trama de asuntos pendientes.
¡Qué le jodan al dinosaurio!, pensé. Ramón habría sido un gran literato de no ser, entre otras muchas cosas, porque su misantropía, en ocasiones exacerbada hasta el paroxismo, provocaría que la bilis le hirviese en el estómago, destruyendo todo su organismo a su paso, tan sólo con pensar en dejar un legado escrito para sus contemporáneos.
Ramón toma los vasos vacíos de encima de la mesa y se larga a la barra a por más bebida. Esta noche el bar está tranquilo. Repantigándome en la silla echo una ojeada a mí alrededor. En mi cabeza las ideas danzan como revoltosas odaliscas.
Observo a un tipo de unos veintipocos años, que con disimulo se dirige al baño. Sus dos colegas, que han ido entrando también, aún están dentro. Pienso en Schrödinger y en su gato.
Veamos. Si nadie abre la puerta de ese baño, esos jóvenes sólo serán –si logran mantener sus mandíbulas a raya– unos chavales con ganas de mear y mucha verborrea. Por el contrario, si abrimos esa puerta de sopetón, tendremos a tres cocainómanos poniéndose hasta el culo sobre una billetera. Curiosa la quántica, pues mientras nadie toque esa puerta, el gato estará vivo y estará muerto, es decir, lo uno y lo otro cohabitando en el mismo espacio-tiempo.
Paradojas aparte, mis dedos tamborilean sobre el cenicero. Reconozco la melodía que está sonando y repito entre dientes: People are strange when you´re a stranger. Yo, mismamente, podría haber sido una estrella del rock´n´roll si no fuera porque canto como el culo.
De pronto, el gato, los tipos del baño y la puerta, pasan a importarme un corno a la vela. Al otro lado del local, en una mesa arrinconada, una pareja de tórtolos charlan acaramelados. Algo en dicha escena me incomoda. La música parece subir de volumen. Sin percatarme, me he puesto tenso.
Ramón pone una pinta de cerveza ante mis narices justo en el instante, en que como poseído, me levanto tirando hacia atrás la silla. Algo que había olvidado, sale de repente a flote, arañándome la consciencia.
–¿Qué hora es? –pregunto.
–Aún no son las diez y media… creo –me responde Ramón mirándose la muñeca desnuda.
–Mierda, mierda, mierda y más mierda –me repito mientras me catapulto hacia el teléfono que hay al final de la barra.
Rebusco las monedas por todos mis bolsillos y voy introduciéndolas nerviosamente por la ranura.
–Eusebio, puedes bajar la música –le medio chillo al camarero, que se lleva una mano a la oreja, fingiendo con sorna, que no me ha oído.
–¡Cagon la puta, cabrón, que bajes el volumen! –le espeto, ya totalmente fuera de mis casillas, y con ganas de hacerme un maldito monedero con su escroto. Reconozco que no fue muy educado de mi parte, pero funcionó, giró la rosca y pude oír los tonos. Piiii, dos. Piiii, tres. Piiii cuatro.
Al otro lado, con ruido analógico de fondo me contesta una voz femenina…
–¿Diga?
–… –por un momento me quedo mudo, y los segundos apuñalan el espacio que separa mi sien del maldito reloj de Heineken™ que pende de la pared.
–Oiga, voy a colgar –dice la voz con patente impaciencia.
–Espere, ejem, lo siento, ¿está…? –y soy incapaz de pronunciar su nombre.
–Olga ya ha salido para el aeropuerto, su vuelo a Buenos Aires sale en un rato. ¿Quiere dejarle algún mensaje?
Piiiiiiiiiiiii. Y cuelgo a la que una vez pudo haber sido mi suegra. De un plumazo se habían esfumado el jardín, los niños, el perro… o al menos ese jardín, esos niños, ese perro.
Arrastrando los pies, abro la puerta del bar que parece pesar mil toneladas y salgo a la calle. Más que nunca ahora, necesito aire.
¿Cuándo me convertí en acróbata? Pues en el preciso instante en que después de una concatenación de cagadas, doy una triple pirueta mortal en eso de joderla a base de bien.
En el suelo, veo una arrugada cajetilla de Lucky Strike® y le propino un ligero puntapié. Para mi sorpresa descubro que no está vacía. Con lentitud la recojo y hurgo en su interior. Dos cigarros bien torcidos y un encendedor rotulado con propaganda. A la mierda se van seis meses sin fumar.
Me siento en el bordillo de la acera, en el hueco entre dos coche que me hace las veces de cómoda madriguera, y enciendo un cigarro. La primera calada me hace sentir raro –es como eyacular hacia adentro–, pero la segunda es gloria bendita del cielo.
Me pregunto cómo se puede uno de olvidar decir “te quiero“. ¿Cómo te olvidas de decir “quédate a mi lado”?.
Me digo a mi mismo, que al menos por esta noche, aún puedo beber hasta perder el sentido.
Me digo que tal vez, por ahora no vaya a tener un perro, pero que quizá pueda comprarme un gato.





16- Y si no hubiera tirado la toalla.
Yo soy de la generación de cuando se hacia el C.O.U. antes de hacer selectividad. Y ese año cuando ya me faltaba tan poco para ir a la universidad, vivir fuera de casa en un piso de estudiantes, osea, los primeros años de libertad, y después de un expediente académico bastante bueno, voy y la cago. No se lo que me paso, pero se me fueron las ganas de hincar los codos y a mitad de curso lo dejé, con la idea de tener un año sabático y retomar los estudios después. Han pasado más de 20 años y aun no he vuelto.
Pude ver como mis amigas me contaban historias de su vida en la universidad, de fiestas sin horarios, de romances, una vida de adulto que yo no tenia, con tantas experiencias, mientras yo seguía en el pueblo con mis padres. Hasta que me eche novio y después fue todo seguido, casamiento, hijos, en fin….
Muchas veces me pregunté como sería ahora mi vida si no hubiera tirado la toalla, si hubiera ido a la universidad, como sería mi vida ahora. Quizás tendría un trabajo más interesante y mejor pagado del que tengo ahora, bueno del que tendría si no estuviera en paro, con una vida llena de experiencias excitantes y satisfactorias. A lo mejor no me habría casado y habría tenido muchos romances y amantes diferentes. Quizás mi pareja sería alguien muy interesante y habría viajado y conocido otras culturas. Cuantas cosas podrían haber sido y no fueron.
Pero entonces no tendría los hijos tan adorables que tengo, no habría conocido mi capacidad de llevar una casa y retomar mis estudios aunque no universitarios, no tendría un trabajo tan vocacional como el que tengo y no estaría en este mundo del Blogger, al que llegue al entrar en Internet para salir de mi rutinaria vida. Y quizás no habría descubierto mi faceta de escritora, que no es tan excitante como conocer otras culturas pero que me satisface muchísimo.
Así que como moraleja a esta historia nacida del “que pudo ser y no fue”, lo cambio a “lo maravillosos que si es”.





17- Espíritu Olímpico
“Loemos a los hombres famosos y los padres que los engendraron, todos ellos fueron colmados de honores durante su vida y constituyeron la gloria de su generación, hoy nos hemos reunido para conmemorar a un grupo de antiguos alumnos que consiguieron algo importante para la institución a la que representaron en su tiempo. Cerrando los ojos podemos recordar a aquellos hombres jóvenes con esperanza en sus corazones y botas en sus pies”.
Estas son las palabras que cite el día que se conmemoraron los diez años de esa gran gesta nunca antes realizada por ningún equipo hasta la fecha. Pero antes de contaros lo sucedido voy a hacer las presentaciones.
Me llamo Pedro, tengo 16 años y voy al instituto. Uno de los deportes que más me gusta es el baloncesto. Durante el tiempo que estuve en el instituto hice grandes amistades y se forjó un gran grupo humano tanto es así que formamos un equipo (Cinco de los mejor hombres del ejercito americano que formaron un comando fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en donde se encontraban recluidos. Hoy buscados todavía por el gobierno sobreviven como soldados de fortuna).No ese equipo no, el que digo es de baloncesto para participar en una liga interescolar formado por Carlos, Manolo, Luis, Alex y yo mismo. El director nos decía en que consistía la competición y las normas por las cuales se regia. El proceso era realizar varios enfrentamientos entre las distintas clases y cursos que había ese año. Nuestro equipo llego a la final y la ganó.
A los pocos días al director le llego una carta felicitando al equipo por su victoria en la liga interescolar y una propuesta que nos invitaba a participar en una liga nacional con los mejores equipos de baloncesto de ese año. El director se lo comunico en seguida al entrenador y al equipo y a partir de ahí empezamos los entrenamientos y todos venían a animarnos.
Llego el día de la competición y durante los primeros partidos todo fue bien hasta llegar a los cruces. Nos plantamos en la final.
Si os dijera que ganamos seria mentiros pero si estuvo disputado hasta el final con tiempo extra incluido. Al final nos conformamos con el subcampeonato que tampoco esta mal ya que es el único que tenemos en la sección masculina de baloncesto. También recibí a titulo personal el premio al mejor pivot del equipo. Aquí acabo mi carrera como deportista.
Después de esto como he dicho anteriormente el instituto quito la sección masculina y se decanto por la femenina ya que su palmares era mejor que el nuestro. Así que mi ilusión hubiese sido el conseguir el Oro en baloncesto cosa que no pudo ser.





18- Extraños en un tren
Entró justo cuando sonaba el último aviso. La puerta del vagón se cerró a su espalda y vi cómo la miraba, aliviado, como si fuera una guillotina que ha equivocado su camino o que le ha perdonado la vida. Me alegré por él. Iba tan cargado que quedarse en el andén con todo aquello hubiera sido tan humillante… todo el mundo se habría dado cuenta de que había perdido el tren que le llevaba a sus vacaciones y eso, señores, es muy humillante.

Retomé la lectura y cuando había vuelto a enamorarme de Homer Wells se detuvo en el pasillo, miró su billete, el número del asiento, su billete y el número de asiento otra vez y se sentó a mi lado. Y resopló, aliviado. Lo había conseguido.

En cuanto se repuso se levantó otra vez y colocó su maleta y su portátil en el estante, pero los volvió a bajar para rebuscar algo. Un libro. Sonrió, con su tesoro en la mano y se sentó otra vez. Y volvió a resoplar.

No pude evitar mirarle de vez en cuando, hacía mucho ruido, se movía mucho y no dejaba que me concentrara en la lectura. Así que cerré el libro, lo puse sobre mi regazo y esperé a que se acomodara.

-       Perdona, te estoy molestando. Pensaba que perdía el tren y estoy un poco nervioso.
-       Oh, no, no te preocupes. Tengo bastante rato para leer.
-       ¿Dónde vas?
-       A Madrid. ¿Y tú?
-       Yo también.
-       Tendremos buen viaje.
-       Seguro.

Sonreímos corteses y abrimos nuestros libros. Bueno, en realidad lo abrí yo, porque él se giró hacia mí y volvió a hablar.
-       Qué casualidades tiene la vida. Yo también estoy leyendo un libro suyo.
-       ¡Anda! ¿Sí? ¿Cuál?
-       La última noche en Twisted River, su última novela.
-       Y ¿te gusta?
-       Acabo de empezar, pero promete. Es el primer libro que leo de él y me gusta. Y tú, ¿qué lees?
-       Otra de sus novelas. Es mi escritor favorito pero la última aún no la he comprado.

Empezamos a hablar de libros, de viajes, de música, de cine y de cómics. Hablamos de todo y de nada, enfrascados en una de esas conversaciones intrascendentes que se tienen con desconocidos sobre las cosas que nos gustan y nos disgustan. Teníamos tanto en común…

Casi sin pensar, pasamos a hablar de nosotros. Le pregunté que dónde iba de vacaciones, con tanto trasto, y se puso triste. Me contó que no se iba de vacaciones sino que volvía a su ciudad porque había dejado a su pareja, después de vivir varios años juntos y que también había dejado el trabajo. No sabía qué iba a hacer después del verano, pero tenía planes para empezar de nuevo y me cautivó su historia. Teníamos tanto en común…

Bajamos la voz y poco a poco nos hicimos invisibles para el resto del mundo. Nuestras cabezas fueron acercándose hasta llegar a esa distancia en la que sólo hace falta un suspiro para degustar al otro. Yo deseaba tanto degustarle…

El anuncio de una estación nos devolvió a la realidad. Pasajeros que se van, pasajeros que vienen y, de repente:

-       Joven, oiga, está usted en mi asiento.
-       ¿Está usted segura, señora?
-       Sí, sí, mire, ya verá ¡señorita!, ¿puede venir un momento?

La azafata confirmó que se había equivocado de vagón y que debía cambiar de asiento. Él, solícito, no opuso resistencia. Nos vemos luego, me dijo con una sonrisa, pasa a verme y si hay sitio te quedas conmigo. Vale, respondí.

Me quedé deshecha, como si hubiera perdido algo que era mío por derecho, porque me lo había ganado. El azar me lo había servido en bandeja y ahora me lo quitaba. ¿Cómo podía el destino ser tan cruel?

Decidí esperar unos minutos hasta hacer la visita, para no parecer demasiado desesperada. Conté los segundos, los minutos… y me quedé dormida.

Desperté con la llegada del tren a la estación.

La señora que le había suplantado me sonrió:
-       Vaya sueñecito se ha pegado. Su amigo me ha dado esto para usted.

La última noche en Twisted River. Tenía un post it pegado en la portada:

“Estabas durmiendo tan a gusto que no he querido despertarte. Espero que te guste. Me acordaré de ti mientras la lea. Te deseo lo mejor. Un beso. David”

Recogí mis cosas tan rápido como pude pero los pasillos ya estaban llenos de pasajeros que querían salir del tren. No podía moverme, no podía avanzar.

A través de la ventana le vi caminar por el andén. Desesperada, vi cómo se alejaba, cómo hacía equilibrios con sus pertenencias camino de su nueva vida. Me sentí atrapada como nunca antes me había sentido, condenada a perderle entre la gente.

Al bajar le busqué por la estación pero se había ido. Y me sentí sola.

Podía haber sido el hombre de mi vida y sólo fue un compañero de viaje. Le perdí en una estación de tren, no creo que vuelva a encontrarle.





19- Salto a la fama


Es de noche, deben ser más de las doce. La calefacción seguramente estará rota, ya que tengo puesta la ropa y aún así estoy tiritando. O igual son los nervios, a saber. No se oye un alma en la calle. Normal, nadie en su sano juicio se pasearía por esta zona de mierda a estas horas. De hecho, yo mismo no sé qué hago aquí. Yo me merezco algo mejor. Yo debía haber tenido algo mejor. Y lo tendré. Tan sólo necesito un segundo.
No he comido nada en todo el día. No recuerdo cuándo fue la última vez que probé bocado. No lo necesito, no mientras no solucione este asunto que tengo pendiente. Mientras él siga ahí, ocupando mi puesto, llevándose las mieles de una gloria que debí haberme llevado yo. Me provoca la más absoluta repugnancia y siento ganas de apagar el televisor de este cuchitril a 10 euros la noche pero, al mismo tiempo, necesito verlo: porque su triunfo, sus risas, reflejan su gran mentira, su ansia de fama a cualquier costa en esta hipócrita sociedad que es lo que me da fuerzas para seguir viviendo. Le aplauden. Le ríen los chistes. Es una puta estrella y como tal le tratan. A nadie le importa lo que hizo, a nadie le importa qué ha tenido que hacer para llegar hasta ahí. Pero a mí sí, no pienso dejarles olvidar. Un segundo, no creo que haga falta más tiempo si soy rápido. Pum. Listo.
Porque ahí debía haber estado yo. Las entrevistas. Los anuncios. Los grupos de fans en internet. Todo eso me lo arrebató él. Porque si hay una palabra que defina mi situación es esa: injusticia. Si hubiese justicia en este mundo yo no estaría ahora mismo en un motel de mala muerte con una pistola en una mano, un whisky a medio terminar en la otra y hasta el culo de pastillas. Es más fácil de lo que pensaba conseguir un arma en el mercado negro, lo difícil es encontrar los contactos adecuados para ello. Esa gente es escoria pero ahora mismo no me considero mucho mejor que ellos. Y yo no era así. Tenía ilusión, joder. Todo el mundo me decía lo bueno que era, lo mucho que me querían. Y volverá a ser así, tan sólo necesito un puto segundo.
Repaso una y otra vez en mi cabeza aquella tarde. Todo estaba de cara: un país entregado, una canción pegadiza y diferente, una coreografía perfectamente ensayada, un chorro de voz final deslumbrante… pero allí apareció él. Burlándose de todo el mundo: de la seguridad, de mí y de un país entero en definitiva. Un país que ahora le adora. Todos se ríen con él. Todos le quieren. Y le quieren precisamente por haberme jodido a mí, qué ironía. Mira ese puto marica en la tele, cómo le abraza. No parece que sea demasiado difícil colarse en ese plató.
Pero ni siquiera es amor, es un simple pasatiempo. Es el juguete de moda, la marca del momento que hay que explotar si quieres ser considerado alguien en ese mundillo. El espectáculo es una zorra traicionera, es algo que acabé viendo con el tiempo. Pero no por ello me siento mejor, ni mucho menos. Ahí, donde está él ahora, debería estar yo. Tú diste tu gran salto a la fama arrebatándome mi momento de gloria, Jaime, o como coño te llames. Ahora alcanzaré yo la mía a costa de la tuya. Seré yo el que se cuele en tu momento de gloria y tan sólo necesitaré un segundo. No podrás volver a llevar gorro si te vuelo la cabeza. No podrás volver a joder las vidas de otros si te jodo yo a ti la tuya. Y entonces las entrevistas me las harán a mí. Así funciona esto.






20- Utopía de amor


Te quiero porque haces que mi corazón viva.
Te quiero porque sólo tú entiendes mis silencios.
Te quiero porque ante todo eres amiga.
Te quiero porque sólo tú sabes como soy.

Escucharte, mirarte a los ojos, calmar tu llanto, sacar tus sonrisas, hacerte regalos, sorprenderte, que me regales, cocinar.

Te quiero porque das sentido a mi vida.
Te quiero porque coleccionas recuerdos a mi lado.
Te quiero porque haces que las horas sean segundos.
Te quiero porque eres verdad.

Ver películas bajo una manta, ir al cine, salir de cena, nadar, correr, salir de marchar, pasear en bici, ir de la mano.

Te quiero porque sólo tus abrazos calman mi miedo.
Te quiero porque tus ojos no mienten.
Te quiero porque te preocupas por como me encuentro.
Te quiero porque tú me sabes escuchar.

Esperarte al salir del trabajo, ir a ver a la familia, veranear, viajar, que acaricies mi mano mientras conduzco, navidades junto a los nuestros, cenas con amigos en casa.

Te quiero porque con sólo una mirada nos entendemos.
Te quiero porque eres capaz de hacer especial cada día.
Te quiero porque eres esperanza.
Te quiero porque sólo tú eres capaz de hacerme mejor persona.

Llamarte, mandarte mil sms, ver las estrellas reflejadas en tus ojos, mojarnos bajo la lluvia, masajes, fotografías, postales.

Te quiero porque hablas en futuro.
Te quiero porque me haces sonreír.
Te quiero porque a tu lado me siento especial.
Te quiero porque tú también me lo demuestras cada día.

Caminar al mismo paso, excursiones, pensamientos, presente, futuro, recuerdos, cumpleaños, aniversarios.

Te quiero porque das sin esperar recibir.
Te quiero porque piensas en mí antes que en ti.
Te quiero porque tu sonrisa te delata.
Te quiero porque la mejor sensación es verme reflejada en tus ojos.

Música, un partido, colecciones, ahorrar, tu olor, tu ropa, compartir, leer mientras de duermes en mi regazo.

Te quiero porque despertarse a tu lado es mágico.
Te quiero porque haces que caminar cada día tenga sentido.
Te quiero porque me animas a luchar.
Te quiero porque tienes infinita paciencia conmigo.

Pensar el nombre de nuestros hijos, formar una familia, tus manías, las mías, una casa, un destino.

Te quiero porque jamás de dejas sola aunque estés lejos.
Te quiero porque eres mi familia.
Te quiero porque me cuidas.
Te quiero porque haces de lo insignificante algo especial.

Besarte, acariciarte, susurrarte, tocarte, abrazarte, hacer el amor...

Te amo porque sólo eres .

Cuantas noches soñando poder susurrarte los te quieros al oído, cuantas mañanas imaginando que todo eso ocurría en nuestra vida, una juntas. Porque perdí la partida antes de jugarla, cuando había señales y una esperanza de victoria; no moví ficha cuando pude, debí tocar esos labios que tanto ansiaba, besarlos, debí decirte cuanto te amaba aunque mis ojos lo gritaran. Porque sí, vivo anclada pensando en lo que pudo ser y no ocurrió. En ese momento que pudo cambiar mi vida para siempre. Ese en que te tuve delante y el miedo me paralizó. Y el tiempo te quitó de mi lado pero te lo confesé y prometí poder, futuro, olvido, pero no se olvida, no al amor verdadero. 






21- Un amante de perlas


Quisiera olvidar lo mucho que amé a aquel tipo francés del Armani granate siempre impoluto y los ojos de marinero en tierra, llevando los hilos de una sonrisa muy poco práctica. Amaba lo que más, su porte reservado, su ingenioso talante a la hora de hacerse el tierno y su infinita devoción por los detalles. El suyo era el París de las pequeñas cosas: el París donde toda luz era poca, donde era casi triste una noche sin ópera, allí donde mejor se tocaba el acordeón, se rezaba a Baudelaire, se bebía champán y se comían ostras. Porque a él le encantaban las ostras. Le gustaban casi tanto como retarme a adivinar su perfume en cada cita, enseñarme cómo se fumaba un Gauloise o enviarme paquetes de lujo a domicilio, aun viviendo en el mismo distrito.   
Llevábamos juntos tan sólo aquel mayo cuando recibí aquel fardo atentamente embalado. Rápidamente clavé una de mis llaves a la pared de cartón de la caja hasta que pude romperla del todo. Me vi entonces ante otra caja, la cual supuse la definitiva: cuadrada, ni pequeña ni grande, vistiendo la más absoluta seriedad en su blanco uniforme y sin tan siquiera un nombre revelador como el de John Galiano o Vera Wang.
Había levantado la anónima tapa antes incluso de darme cuenta. Lo primero que vi fueron las perlas. Poco después supe que se trataba de perlas auténticas, cultivadas seguramente en la orilla de algún que otro lago allá por el lejano oriente. Me resultó extraño que hubieran utilizado una caja tan grande para envolver algo tan pequeño como una joya, pero enseguida comprendí que no se trataba de un collar, ni de un brazalete de ocho vueltas.
El abrazo ficticio de las hebras de plástico brillante protegía y ocultaba al mismo tiempo el contenido, dejando ver apenas una parte del tacón de cada extraordinario zapato. Los saqué rápidamente de la caja y los sostuve durante un rato a la altura de los ojos, aprisionando la sarta de perlas del tacón. Era el tipo de calzado irresistiblemente incómodo sobre el que una crecía diez centímetros de golpe. Su piel, del color de la grana, desfilaba en un barranco infranqueable del empeine a la punta. Esta última vestía su silencio de un distinguido encaje negro y señalaba hacia un poco más arriba, donde otras dos enormes perlas de un violeta plateado adornaban el paso firme de la portadora. Fue casi un milagro que reparara en que en el reverso de la tapa de la caja, él había dejado una nota:
“No me llames todavía para darme la gracias. Sólo llévalos esta noche y búscame a eso de las nueve en la orilla del Sena, a la altura de la Quai d’Orléans, en la isla de San Luis. No tardes. Feliz último día de mayo.”
Durante todo aquel mayo, nos habíamos dejado atrapar en mitad de las plazas, en las esquinas de las calles o a la entrada de los bulevares. Elegíamos por turnos el punto encuentro de nuestra próxima cita y a mí, personalmente, jamás se me habría ocurrido ninguna de las orillas del Sena, tal vez por falta de imaginación por mi parte, o bien de paisaje, policromía y multitud, por parte del lugar. Fue algo que, sin embargo, no tuve en cuenta a la hora de escoger vestido con abundante falda en tul negro e interminable collar de perlas falsas procedente de la abuela de un anticuario en stock. Pasé el resto de la tarde caminando con los salones ya puestos de una esquina a otra de mi piso, entrenándome para no quedar enganchada al ojo de ninguna alcantarilla.
Al salir por la puerta decidí que podía hacerle esperar, así que di un par de vueltas a cada plaza por la que pasaba antes de llegar a la isla. Habían transcurrido, no obstante, apenas cinco minutos desde las nueve y fui yo, de repente, la que me encontraba esperándole a él en la orilla. Miraba cada veinte segundos a un lado y a otro porque no tenía ni idea de por cuál de los dos lados iba a verlo aparecer.
El río me miraba, esa era la sensación que tenía conforme avanzaba el tiempo. Jamás había visto tan inmenso abanico de azules como en el agua que llenaba de silencio aquella noche. Traté de evitar pensar en el hecho de que no pasaba ni un alma por la orilla. Me fui acercando al río para encontrar la luna reflejada, tal como la había visto desde mi llegada a París por debajo de cualquiera de los puentes. Allí estaba: tan llena de vaivenes y contrastes como yo de ansias de subir a su lado las escaleras de hierro que conducían a la superficie húmeda, pero mucho más iluminada de la Isla de San Luis.
Su sombra no llegó ni por la izquierda, ni por la derecha, sino por detrás y lo hizo con su mismo Armani granate y envuelto en agua.
De lo que ocurrió a continuación, recuerdo exactamente como recuerda el turista que viaja a través de la lente de su cámara, tomando la foto de turno antes de alejarse corriendo hacia la siguiente fuente emblemática de la ciudad que visita. Como una vieja película fácilmente inflamable de la que un cigarrillo mal apagado del proyeccionista deja apenas media docena de fotogramas sueltos, no consigo recordar ni tan siquiera un instante en movimiento, ni otra música que no fuera la del agua contra el cauce. Él no podía dejar de sonreír, eso sí que lo recuerdo. En cada una de las fotos que se pudieron haber tomado aquella noche, habría aparecido su sonrisa elástica y sus dientes en perfecta disposición y sin embargo delatando su fiebre. Debía de estar tramando algo como cogerme de la mano o algo así. El olor a ostras dejó de confundirse con el del río mismo cuando aparecieron flotando en la orilla una cantidad inconcebible de zapatos dolorosamente hermosos, de colores y formas que habían vuelto una y otra vez a pasarse de moda, pero en todos atravesaba el finísimo tacón una hilera de perlas cultivadas.    
Él no podía dejar de sonreír, como presa de algún fármaco que lo mantuviera de un pérfido buen humor, eso sí que lo recuerdo, como también recuerdo que no arrojé los salones al río antes de salir corriendo descalza, sino que los agarré por el tacón. No me fijé en si me seguía o no mientras subía las escaleras de hierro de dos en dos, o de tres en tres. La luz y la sombra se fundió con las bocinas de los coches al deshacer el camino, de vuelta a casa. Regresé inmediatamente del París de las pequeñas cosas y, en cosa de dos semanas, también del París de mi día a día a mi piso de siempre.
Hoy, aún estando casi segura de que aquella noche, el agua del Sena, en contacto con mi piel, me habría convertido en cuestión de segundos en una ostra y las manos artesanas de aquel francés del Armani granate en una perla, más pequeña o más grande, guardo mis salones en la misma caja en la que aquel bicho centenario me los hizo llegar. De vez en cuando me los calzo, me doy un paseo hasta la orilla del Ebro y pienso en París, en todo aquello que allí, pudo ser y no fue. 


30 comentarios:

Eingel dijo...

Paso para dejar constancia que me doy por enterado de la publicacion de los textos.

Una lastima que hayan fallado cinco... aunque sinceramente, a los concursantes nos facilita algo la tarea (no por la eliminacion de rivales, sino por el duro trabajo de votar)

A partir de mañana me pongo con las lecturas


Besooooos

Whitehorse dijo...

Hace como una hora que terminé de leer todos los textos y acabo de enviar mis votos.
He de decir que se me ha hecho realmente doloroso. Casi tanto como sentarse encima de un huevo.
Siento no tener puntos para todos.

Saludos.

El Perfecto Idiota dijo...

Ya tengo mis ocho preseleccionados, ahora toca decidir qué cinco se llevan los puntos. No será fácil.

glaukilla dijo...

Leidos y puntuados. Cuanta creatividad! qué difícil y qué pocos puntos. Suerte a todo el mundo y felices vacaciones pa quien las tenga ;)

Mae dijo...

Holaaa. Así me gusta, que poco a poco nos vayan llegando los votos..
La verdad es que ésta semana me alegra no tener que votar, porque coo decís muchos/as, faltan puntos para la variedad y calidad de textos que estoy leyendo...
Buen fin de semana!

El Perfecto Idiota dijo...

Hola Bea y Mae, ahora que estamos en etapa de votaciones digo yo una cosa: recuerdo en las votaciones anteriores que hubo gente que no votó, se entiende que por olvido o falta de tiempo. El hecho es que, partiendo de la premisa de que uno mismo no puede votarse, el hecho de no votar resta posibilidades al resto de los participantes, que son votados potenciales. O sea, si no voto no doy puntos al resto pero los demás si pueden dármelos.
Como base del concurso se estableció que el que no cumpliera con el envío del retalo quedaba descalificado automáticamente. Pero, ¿se decía algo del que no votara? Porque el que no vota, no sólo perjudica a los demás, sino que obtiene un beneficio no votando.
Si los que no votaron en la primera entrega siguen en el concurso, propongo que sean expulsados del mismo.
Siento sembrar la polémica si no han sido expulsados ya, pero es que lo veo de cajón.

Buenas noches y felices sueños.

Vatna dijo...

Pueden no votar por muchos hechos concretos... no creo que haya sido por dejadez y aunque reste posibilidades al resto no lo veo suficiente para una expulsión.

Vamos, si yo no voto porque así no doy votos a mis rivales sería retorcido y de hacérselo mirar. Al fin y al cabo es un concurso para pasarlo bien, y su premio no tiene un millón de euros de recompensa. Eh, pero si me equivoco decidmelo, que un millón de euros ahora me viene mas o menos bien :PPP

El Perfecto Idiota dijo...

Vatna, sí, para hacérselo mirar y para lo que quieras. El hecho objetivo es que dejan de dar puntos a los rivales y los rivales pueden votarlos si les gustan sus relatos. Ese es el hecho más allá de las motivaciones para no hacerlo.
Y lo grande del premio es lo de menos, aquí se trata de participar si se quiere y de votar necesariamente. Lo primero es opcional, lo segundo no.
Saludos.

Sil dijo...

Con la venia, señorías...

Yo sólo quiero decir que confío ciegamente en la justicia de este concurso sólo por el hecho de estar organizado por Bea y por Mae.

Que si no confiase, no participaría, directamente.

Que en las normas no consta que votar sea obligatorio.

Que si hubo quien no puntuó y las organizadoras lo mantienen en concurso, será por razones que sólo a los interesados competen.

Y que ni Bea ni Mae se merecen más polémicas.

Gracias y suerte ;)

Anónimo dijo...

Yo veo bien la posibilidad de no votar porque puede que no te guste ninguno.Lo de Sil yo se lo acepto como defensa estoy contigo.Si se dijo en las normas vuelvetelas a leer Perfecto Idiota.Yo por ejemplo no digo que me voteis me vota quien quiere.Que salgan ya las listas por favor.Suerte a todos.Jackochi

Juanjo ML dijo...

Es verdad todo esto es una vergüenza, yo propongo:

Que los rubios no puedan votar a los morenos, la descalificación automática de todos los castaños y pelirrojos.

La descalificación de todos los textos que contengan la letra "a".

La prohibición de escribir los domingos y los días de luna llena.

Fusilar al amanecer del día de la publicación de las votaciones a los que no justificaron los textos.

La deportación a Siberia de los autores con textos que contienen más de tres faltas de ortografía.

La eliminación de los puntos y las comas, el que no sea capaz de leer mis palabras sin respira merece la muerte.

Y todo aquello que se me vaya ocurriendo...

Vatna dijo...

Oye Juanjo, si no justifico mi texto y además cometo tres faltas de ortografía me fusilan y luego deportan mi cadáver a Siberia o viajo a Siberia y ahí me fusilan? es que los viajes largos me cansan! xDDDD

El Perfecto Idiota dijo...

En vista del tono de vuestros comentarios contestaré como última intervención en este asunto, y no sé si en los que estén por venir.

Sil:
Yo no desconfío de la organización. Hice el apunte porque me parecía lógico y porque hay detalles que pueden escaparse en la organización del concurso.
Es evidente que el que participa tiene la obligación de votar, puesto que de no hacerlo incurre en lo que ya he explicado anteriormente. Puede que no te guste ninguno, pero hay que votar. ¿Te imaginas en concurso de Eurovisión conectando con la delegación de Francia y diciendo: no, este año no votamos porque no nos gustan las canciones... Es absurdo, como defender que no es obligatorio votar.

Anónimo Jackochi:
Reitero que no votar porque no te gusta ninguno es un razonamiento que no tiene lugar en la mecánica de este concurso. Yo no he dicho que me vote nadie, vota mi relato quien quiere porque le guste. Es buena práctica hacer uso de las tildes y de las comas para que quien lee pueda entender lo que se escribe.

Que sepáis que en aras de eliminar la polémica he comentado con Bea la posibilidad de que quite mi comentario sobre no votar, puesto que debía habérselo dicho por mail. No sé si lo hará y la cadena de respuestas.

En cualquier caso, sigo diciendo que la mecánica de este concurso obliga a votar cinco relatos, te gusten o no.

Y si a partir de ahora, porque no gusten los relatos o por espíritu subversibo hay quien no vota, espero que el día de la publicación de las votaciones se indique quién no lo ha hecho.

Saludos.

Juanjo ML dijo...

Vatna, primero viaje a Siberia y luego fusilamiento, se siente. Eso sí, asegurate de haber votado primero :)

La niña del sur dijo...

Perfecto Idiota, me temo que te tomas esto demasiado en serio. Creo que olvidas que es para divertirse. A mí personalmente me das dolor de cabeza. Yo voto en conciencia a los 5 relatos que considero mejores, quizá sea el tuyo al que le di los 5 puntos la otra vez. Quizá si no lo hubiera hecho ahora estaría en primera posición. Horrible, ¿verdad? Cuando te apuntaste conocías las reglas. Yo me las leí atentamente. Si estabas conforme, ¿por qué has de rayarnos a cada vuelta con una nueva polémica? El hecho de que haya gente que vote o deje de votar me trae sin cuidado. Te repito que si todos hubieran votado, a lo mejor las posiciones no serían las que son. Es lo que pudo haber sido y no fue. ¿Qué más da? Entre los participantes en este concurso hay alguien muy cercano a mí: ni esta persona sabe nunca cuál es mi relato, ni yo cuál es el suyo. De hecho me consta que en la primera vuelta no me votó. ¿Y si lo hubiésemos amañado? ¿Cómo controlar eso? ¿No te das cuenta de que es una tontería? Si Mae y La Rizos tuvieran que establecer todo ese tipo de controles, el concurso perdería su gracia. ¿Por qué no te relajas? Estás histérico por ganar. En cambio, el resto sólo estamos encantados de concursar, que es muy diferente.

Vayamos a las cosas serias: Leer todos los relatos desde japón en una Blackberry ha sido un trabajo duro, pero mereció la pena. Felicidades a todos. De verdad que no sé cómo me las voy a apañar para decidirme por 5 relatos nada más. Lo único bueno es que no puedo votarme a mí misma, con lo que ya he eliminado uno ja,ja,ja

glaukilla dijo...

Perfecto : Que yo sepa las reglas NO OBLIGAN a votar. Ya que tanto te gusta la legalidad vigente y lo justo, empieza por respetar aquello a lo que nos comprometimos, te guste o no. A mi personalmente me aburres mortalmente con tus ganas de polemizar (que mira, como vivimos en un pais libre tienes todo el derecho de hacerlo, igual que yo a aburrirme). Ah, a mi me pasa como a "la niña del sur": yo conozco alguna persona que participa, pero no sabemos cuales son nuestros relatos, es más, eso forma parte de nuestro divertimento personal (aunque no sé si entiendes el concepto "divertirse"). Igual eso (aunque que yo sepa, tampoco estaba prohibido en las reglas, conocer a otro participante) te hace proponer nuestra expulsion inmediata -con fusilamiento, aplicación de picanas, escuchar "mi carro me lo robaron" al estilo Mortadelo y Filemon y deportamiento incluido- pero me la suda, chico. Por dios, con la calor que hace por aqui qué gana de calentarse la cabeza!!!! Yo, me voy a tomar cervecita bien fresquita, que el stress me sienta mu mal :) Ea, suerte pa tol mundo!!

Anónimo dijo...

Oye, y digo yo... si el problema es que si tú votas y luego los demás no lo hacen, ¿Por qué no dejas de votar?
Los relatos que están bien escritos se llevarán puntos, vote quién vote. Los que estén mal escritos o sean una caspa, no recibirán ninguno, aunque sólo votara una persona. Hay demasiados relatos para que la falta de votos en alguno de los concursantes, importe.
Ahora sí, los que no votan muy mal, está muy feo, eso.

Y estoy totalmente a favor de que echen a los que tengan faltas de ortografía.
Les recuerdo que existen los correctores de las mismas.
Gracias.

Anónimo dijo...

Por cierto, qué bonito Siberia, no? Antes del fusilamiento podríamos ir a dar un paseo por la zona, a tomarnos unos vodkas con los fusilantes y a ver si después, se le pasan las ganas.
Make love not war!

Piñaung!

Vatna dijo...

Sehhh fiesta siberiana! aunque ahora tienen problemas ahi con una central nuclear. Como nos salga un sexto dedo no sabremos si atribuirlo a la central o al vodka de garrafon.

La Rizos dijo...

Siberianos, os recordamos que quedan dos días para votar. No os digo ná y os lo digo tó.

pegui dijo...

Perfecto...
No me he metido antes porque respeto plenamente a las dos creadoras del concurso, pero ésto es ya el colmo...
De verdad, lee de nuevo las normas antes de volver a protestar..

Mae, Rizos, a mi me da igual que voten todos o que no lo hagan.. Me gusta la cosa tal y como está.

Saludos ;)

La niña del sur dijo...

Votos enviados. Buf. De verdad, qué difícil ha sido. Os pido perdon a algunos por no haberos dado ningún punto, pero es que sólo había para 5

Anónimo dijo...

Jackochi:Aqui estamos para divertirnos y estamos en votaciones y si en el caso que no te guste ninguno o menos pues votas a los que te gusten menos y no en criticar los relatos si estan bien o mal escritos perfecto idiota.Y tambien creo que te lo estas tomando demasiado en serio.Recuerda es para que nos divirtamos.Besos blogeras.

Sil dijo...

Pues mucha pinta de siberiana no tengo yo, ya tu sabeh, miamol :P

Sil dijo...

Perdón, ese "tú" lleva tilde...

Sam Tyler dijo...

Yo estoy de acuerdo con Perfecto idiota...

Juanjo ML dijo...

Llegaron mis votos? no quiero terminar en el destierro...

La Rizos dijo...

¡Llegaron!
Todo correcto :)

picomike dijo...

Votados! Ha costado cosa mala asignar los puntos, pero al final estoy satisfecho :)

La Rizos dijo...

Justo a tiempo, Piko.

Por cierto, alguien me ha comentado por mail que deberíamos poner orden por aquí, y tiene razón.

Lejos de estar de acuerdo con lo que nos propone Perfecto Idiota, tengo que pediros que respetemos su opinión, que es tan válida como la nuestra, y que no hagamos burla de sus palabras.
Todos somos adultos y, aunque otras personas nos aburran/molesten/desesperen o lo que sea, aquí estamos para pasarlo bien y no para buscar broncas ni fomentar el mal rollo, ¿no creéis?

Os agradezco vuestro sempiterno apoyo, de corazón, pero tratemos de ser respetuosos con todo el mundo y dejemos las lanzas para el campo de batalla ;)

Un besazo para todos.

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