jueves, 22 de julio de 2010

Capítulo 2: de espinitas que se clavan

-¡Hola, primor!
-Hola guapa, ¿cómo estás?
-Bien, bien, nerviosa porque hoy tenemos que hablar de muchas cosas...
-¿Muchas cosas? A ver, cuenta.
-Por ejemplo, de lo bien que ha ido la primera tanda de relatos, ¿verdad?
-¡Ha ido genial! Me encanta ésto... algunos textos me han hecho hasta llorar.... jijij
-¿En serio? Así que Mae tiene su corazoncito...
-jajaj si, pero no lo digas muy alto, ¿vale? ;)
-Bueno, va, pongámonos serias. Antes de nada creo necesario, visto lo visto, que añadamos algunas normas nuevas en el concurso que serán aplicadas a partir de ahora. Tomad nota:


* Los textos deberán enviarse con letra arial, tamaño 12, y alineación justificada. No pondremos un máximo de palabras, (manteniendo la norma de dos folios) pero no olvidemos que esto es un concurso de relatos cortos, no novelas...

* No se admiten fotos, links, vídeos ni demás material multimedia. Sólo palabras, señores. No queremos ser nosotras las que coartemos vuestra libertad creativa, pero estamos seguras de que sabéis impresionarnos usando tan sólo las letras.

* Y la norma más importante de todas: HAY QUE AJUSTARSE AL TEMA, que para eso está. La próxima vez que alguien se saque del sobaquillo un texto, que lo haga con más estilo y que por lo menos no se note :P Como recomendación personal os diré que es más fácil coger un tema y escribir algo sobre él, que escribir una historia y luego amoldarla a un tema concreto...

  -Sí, que la verdad es que algunas personas se han ido por los cerros...jajajaj
- ¿Te imaginas a un posible ganador quedándose fuera de concurso por no ceñirse al tema?
-¡Sería una lástima! Y además injusto... los mejores deben ganar siempre.
-Bueno, he de decir que este concurso es una espinita que me estoy sacando. Que estoy harta de participar en concursos injustos en los que nunca gana el mejor, sino el más tramposo...
-Es que a mi las trampas, aunque sean sin darse cuenta, no me gustan nada.
-Ni a mí. Por eso creo que Miss & Mister Blogger es el concurso en el que siempre quise participar ;) Y porcier... ¡se me está ocurriendo el siguiente posible tema!
-¿Sí? Creo que ya sé por donde vas...
-Pues sí, porque todos tenemos espinitas clavadas. Todos hemos pensando alguna vez eso de...
-Lo que pudo ser y no fue, ¿verdad?
-¡Exactamente!
-Ufff...yo tengo espinitas clavadas, clavos y de todo... y algunas no veas si se clavan bien, ¿eh? jeje
-Todos las tenemos... apostaría incluso que nuestros participantes también, así que desde ahora mismo ya tenéis el siguiente tema: LO QUE PUDO SER Y NO FUE.
-Me parece un tema interesante, veremos qué nos cuentan. ¡Por cierto! Que no se nos olvide... tal y como prometimos, os dejamos con el ranking de cómo van los 5 primeros autores de la última tanda:


1 -El Perfecto Idiota, con 29 puntos
2 - Sil, con 28 puntos
3 -Whitehorse, con 27 puntos
4 -La Niña del Sur, con 26 puntos
5 -Doble empate entre Juanjo_ML y Soundtrack, los dos con 24 puntos
¡Ha estado muy, muy reñido! Como veis hay muy poca diferencia, y eso que solo ponemos los 5 primeros, pero después la cosa sigue igual...


-A los que no aparecéis en esa lista, mucho ánimo y al toro, que acabamos de empezar y todo el mundo puede remontar... Tenéis hasta el día 4 de agosto por la noche para enviarnos vuestros relatos, como podréis ver en el calendario del concurso.
-¡Ah! Y a los que no nos mandaron el mail con sus votos, les pedimos por favor que no se olviden de hacerlo la próxima vez, que es muy importante.
-Puesss nada más, creo. Dejemos a nuestros chicos haciendo trabajar a sus neuronas y vámonos de tapeo, ¿no?
-Jajaja ¡vale! ¿Quedamos donde la otra vez?
-Cuando quieras, prenda.


P.D.I: No queremos decir a quién corresponde cada texto porque pensamos que así habrá más objetividad a la hora de votar, puesto que a nadie le sonará el estilo de nadie.


P.D.II:A la atención de tod@s aquell@s que han tratado de sobornarnos, chantajearnos, suplicarnos, enternecernos y camelarnos para que les hablásemos de quién escribió cada texto, quién lleva más votos o qué textos nos gustan más a nosotras dos: los jamones los podéis mandar al domicilio de cualquiera de nosotras y los billetes de quinientos, si los ponéis en fajos de cien, mejor.


SEGUNDO TEMA: LO QUE PUDO SER Y NO FUE.

jueves, 15 de julio de 2010

LA CASA DE VERANO

Buenos días, escritor@s.
Ya estamos aquí con la mochila repleta de textos y mucha ilusión
.

Antes de nada dejadnos agradeceros vuestra comprensión ante nuestras peticiones y normas, así como vuestra paciencia ante todos esos e-mails recordatorios que os hacemos llegar cuando os despistáis, jajajaj...

Más cosas... los concursantes Eu, El Sasun y Roboto no nos han enviado sus relatos, así que tal y como anunciamos -y aunque nos de mucha pena- a partir de este momento quedan descalificados del concurso. (Beaaaa, me da pena que se quede gente fuera, pero continuamos con ilusión verdad?, no nos abandonéis mas, snif snif)

Y bueno, llegó el gran momento. Aquí tenéis vuestras primeras obras: los relatos veraniegos.
A partir de ahora y hasta las doce la noche del día 22, jueves, podréis votar a vuestros textos favoritos en plan Eurovisión repartiendo 15 puntos en total: 5 al que más os gustase, 4 al segundo y 3, 2 y 1 punto a los siguientes que creáis que lo merecezcan. No olvidéis hacer vuestras votaciones por correo, a esa dirección que ya conoceréis bien (por pesadas que somos xD): missmisterblogger2010@hotmail.com

Y no, ésto no es Gran Hermano y no hace falta que nos deis motivos... pero por favor indicadnos de forma clara el número y el título del texto al que votáis, ¿de acuerdo?
El jueves que viene publicaremos el ranking de concursantes con sus primeros puntos, y daremos tema nuevo.


NOTA: Porcier, que os veo... no vale votarse a uno mismo, jajajaj ;)

Pues nada más, espero que disfrutéis con la lectura y os deseamos un feliz verano repleto de mojitos, tardes playeras y juergas nocturnas.

Suerte y a disfrutar de la lectura! XD





1-Mis últimas vacaciones

Recuerdo perfectamente cómo fueron mis últimas vacaciones de verano. Era el mes de julio y… ¿o era agosto? No, julio, seguro. Era una tarde de agosto y recuerdo que hacía un calor sofocante, algo inusual para esa época del año. Tras conducir durante varias horas en mi caballo, llegué a mi antiguo chalet a pie de playa situado en un precioso paraje del monte de Cuenca. Tantos recuerdos de ese sitio de cuando era niño, jugando a los vaqueros con mis hermanos en el jardín mientras mi madre nos preparaba Tang de naranja en la cocina. Sus piscina verdosa, su inacabable escalera de caracol, su sótano que tanto miedo me daba… todo seguía en su sitio y, sin embargo, era diferente. Todos cambiamos con el tiempo. Que me lo digan a mí, que ya no era el benjamín de la casa sino el cabeza de familia que se había tenido que quedar en la ciudad trabajando mientras el resto de los suyos se había adelantado para disfrutar de la casa de verano, su casa de verano de toda la vida.

Pero algo no cuadraba. Tras un viaje extrañamente plácido en el que no me crucé con ningún otro conductor, aparqué mi helicóptero en el garaje y me preparé para que mi familia me recibiese con los brazos abiertos, dispuesto a escuchar las mil y una anécdotas que tuviesen que contarme tras estos días de ausencia… pero no había nadie. Usé el teléfono móvil… ¿o fue el fijo? Sí, el fijo. Cogí el móvil y nada, no había cobertura. La televisión estaba encendida pero no había imágenes en ella. Todo estaba extrañamente silencioso y más raro aún fue cuando vi que la puerta de la cocina, aquella en la que mi madre nos preparaba Cola-Cao a mí y a mis amigos (es lo que tiene ser hijo único) mientras jugábamos a los astronautas cuando era pequeño, estaba abierta de par en par. ¿Había entrado alguien en la casa? ¿O se habían ido y se habían dejado la puerta abierta? No tenía sentido pero me estaba empezando a preocupar.

Me acerqué a la puerta con cuidado, me asomé… y nada. Nadie. La calma más absoluta. Anduve un poco por el jardín, aquel en el que jugaba a los futbolistas yo solo mientras mi padre nos preparaba zumo de naranja a mí y a mis amigos, temeroso de encontrarme a algún indeseable y a quien vi fue a mi vecino de toda la vida, Manuel, dentro de mi propiedad. Aún recuerdo cuando Tomás, de niño, me invitaba a su casa para que jugara con sus hijas a casar a He-Man con Barbie mientras mi madre nos preparaba Cola-Cao de naranja en el sótano (es lo que tiene ser un teléfono fijo). Llamé a Manuel para que me dijera si sabía qué estaba pasando y, sobre todo, para que me dijera qué hacía en mi jardín y jamás olvidaré lo que ví cuando se giró hacia mi… bueno, ahora mismo no lo recuerdo exactamente, pero sí recuerdo que tuve que salir corriendo de nuevo hacia la cocina y cerrar la puerta de golpe, una puerta que estaba manchada de rojo como rojo era el Tang de fresa que me preparaba mi vecino cuando yo era He-Man.

Tomás estaba fuera de sí, golpeando la puerta para querer entrar, y tenía los ojos inyectados en sangre. Yo recuerdo que estaba muy asustado no ya por mí sino por los míos, y corrí hacia la escalera de caracol para ver si en el piso de arriba estuvieran tal vez escondidos. Bajé las escaleras y me recorrí la primera planta de cabo a rabo, y nada. Nadie. Maletas a medio hacer, ropa tirada en el suelo, todas las puertas abiertas. Al menos no había manchas rojas por ninguna parte, pero seguía sin saber qué había sido de mis seres queridos. En mi desesperación fui al balcón a asomarme y lo que vi fue horrible: decenas de turistas pálidos moviéndose erráticamente, manchados de rojo, con miembros cercenados y algunos incluso se arremolinaban sobre algo que parecían estarse comiendo, pero no llegué a verlo bien. Era algo parecido al fin del mundo, algo tan espantoso que me quedé petrificado y no pude oir a Tomás subiendo por la escalera de caracol y abalanzándose sobre mí. Fue todo demasiado rápido: forcejeamos, sentí un fuerte pinchazo en la cabeza y pese a que noté cómo la sangre caía a borbotones saqué fuerzas de flaqueza y conseguí tirarlo por el balcón. Estaba agotado, desconcertado y, sobre todo, muy asustado. Anduve mareado por el pasillo, tropezándome con las paredes, hasta que no pude más: caí sobre mi cama, cerré los ojos y… ésas fueron mis últimas vacaciones. Nunca supe qué fue de mi familia, quiero creer que consiguieron escapar cuando empezara todo esto. Yo, por mi parte, preferiría no volverlos a ver: no sabría si podría contenerme, tengo demasiada hambre. Mis disculpas si no me he expresado con demasiada claridad, es difícil hacerlo cuando te falta un trozo de cerebro.



2-El Señor Quijada

El viejo señor Quijada era uno más de esos señores que, con diferente apellido y procedencia, veraneaban año tras año en el mismo pueblecito costero del Norte.

Su casa, que más bien encajaría en el término cabaña, coronaba la cima de una colina veteada de grises acantilados esculpidos a golpe de ola. Desde ella dominaba el Cantábrico con su barba de Neptuno reencarnado ondeando al viento.

Por su aspecto un tanto enjuto y sus ojos de chaval había quien le apodaba el Quijote, y no faltaban voces maliciosas que aseguraban que lo que guardaba en aquel viejo Kelvinator del porche no eran helados sino libros. Nadie conocía la edad del señor Quijada —aunque en la infancia de todos los vecinos aparecía ofreciéndoles su sonrisa junto con uno de aquellos helados—, y se decía que en las arrugas de su rostro podía leerse la historia de amor entre las gaviotas y el mar.

El señor Quijada tenía un perro llamado Rudi —un pequeño ser peludo y juguetón que incluso se había hecho amigo del cartero, cinofóbico de manual—, ejemplo viviente de esa creencia popular de que el perro termina pareciéndose a su amo —o viceversa—. No había señora Quijada, y cuando se le preguntaba, el viejo sonreía y se señalaba el corazón.

El señor Quijada y Rudi no veraneaban solos. Cada año, su nieta —una criatura de ojos aguamarina, lágrimas dulces y risa de ondina— llegaba de su mano dispuesta a iluminar el viejo pueblecito con sus travesuras.

Abuelo y nieta se sentaban a la sombra de los eucaliptos con Rudi a sus pies y un helado entre las manos —aunque él, que detestaba el dulce, lo dejaba derretirse para alegría del chucho—. El señor Quijada era un narrador formidable, y le contaba a su nieta mil y una historias que hablaban de la memoria de los peces y el reloj invisible de las mareas. Después se bañaban en una pequeña cala a los pies del acantilado. La pequeña se adentraba en el océano sin miedo, imaginando que las olas eran caballos de carreras con crines blancas de espuma.

Y fue así como se ahogó.

El señor Quijada no lloró cuando sostuvo en sus brazos aquel cuerpecillo azulado y cubierto de salitre que le entregaron los guardacostas. Se limitó a sonreír y señalarse el corazón.

Pensaron que no volverían a verle por el pueblo. Pero el señor Quijada volvió con el verano, y a su regreso cambió el Kelvinator por un moderno y gigantesco congelador que Rudi no paraba de olfatear.

“Me gustan los helados”, solía decir palmeando aquel arcón con trazas de ataúd y pomo en forma de corazón.


3-Dark Pueblo

La casa de verano no es, como muchos creen, un lugar; sino más bien un estado. No un estado como país, sino estado de la persona que la visita: un estado de trance en el que el tiempo se detiene. Se detiene, pero sólo durante el verano.

Son algo así como una máquina del tiempo o un congelador. Si encierras a una persona en una casa de verano y no la dejas salir en un millón de años, todo a su alrededor habrá cambiado, pero la persona será igual de joven. Este concepto, el de la 'Casa de Verano', fue el que inspiró Futurama.

En mi caso, sin embargo, la casa de verano era 'el pueblo'. Sí, sí, el pueblo entero: un extenso terreno en el que nunca pasa el tiempo y en el que nunca pasa nada. Nada. Es más: se garantiza que si algo ocurre en mi pueblo de verano, no ocurrirá en cualquier otro punto del resto de la península.
Si es pleno agosto, temperatura ambiente de 85 grados y ni una nube en todo el hemisferio, es incluso posible que llueva en ese pueblo de verano. Sólo ahí. En ningún otro sitio, porque en cierto sentido es como si el pueblo de verano estuviera en un universo paralelo.

La teoría del universo paralelo se apoya por hechos como la ausencia total de internet, la débil señal de la televisión analógica, o la falta de cobertura.

¿Pero para qué quiere alguien cobertura cuando puedes comunicarte con cualquiera simplemente gritando su nombre?

Aún así, es un universo paralelo que parece infinito. Puedes ponerte a andar por la carretera, que sólo encontrarás pinares y pizarra: nada más. Cuenta la leyenda que más allá hay otro pueblo, un pueblo vecino, pero nadie ha llegado nunca hasta ahí. Cuando eres canijo todos los días los abuelos te daban permiso para irte, solo o acompañado, por esa carretera en busca del pueblo vecino. Ellos ya lo habían intentado, y sabían que no había manera de escapar. La hipotética frontera entre el pueblo y el resto del universo está, con toda seguridad, lejos del alcance humano.

Llegué a iniciar, en esos largos veranos, expediciones diarias con todos mis amigos en busca del pueblo vecino, pero unos infortunios u otros nos obligaban a dar la vuelta antes de llegar a nuestro destino. Siempre.

Sí corre el rumor, no obstante, de otra expedición, de una generación anterior, que partió un quince de agosto y nunca volvió. Es un tema tabú, ya que las familias de los cuatro críos quedaron afectadas; pero se rumorea que pudieron haber llegado al otro lado. Los malos agoreros predican que no: que eso es imposible. Que una vez llegas a los confines de esa carretera, el suelo se acaba, te absorbe y caes sin más. Otros dicen que murieron, pero yo siempre me incliné a pensar que habían llegado al pueblo vecino, que descubrieron las bondades de esa tierra prometida y que tarde o temprano volverán a predicar la buena nueva.

O tal vez el camino de vuelta sea aún más complicado que el de ida y nunca volvamos a verlos.

Lo que está claro es que sí se puede salir y entrar. Por eso salía y entraba cada verano, en el coche de mis padres. Pero salir y entrar era una actividad que no se podía realizar a pata. Como digo, exigía un automóvil, y un adulto al volante. De otra manera simplemente te condenabas a andar dando vueltas sobre ti mismo buscando una salida, como el prota de Dark City.

El pueblo de verano, como podéis ver, no es un sitio para mentes inquietas como la mía. Era un lugar mucho más agradecido si tus aspiraciones eran dormir, hacer los deberes, comer bien, jugar a las cartas o simplemente despellejarte ocasionalmente las rodillas con algunas de sus calles.



4-El extraño caso de la casa de verano

Eutropio Poyatos era supervisor de una cadena de empaquetado. Controlaba la correcta colocación en su recipiente de las escobillas de retrete. Quince años en la empresa dieron para mucho, y fue tanta la escalada en la organización, que consiguió llegar a ese puesto envidiado por la mayoría de la plantilla de la fábrica. Pero Poyatos necesitaba más proyección y las cuatro paredes de la factoría de aquél pequeño pueblo limitaban, y mucho, su desarrollo personal y su evolución profesional. Lo decidió un miércoles por la noche, en el turno en que consiguieron empaquetar 2.509 escobillas: aquellos retos ya eran suficientes. Contrataría, sin dudarlo, el curso por correspondencia de detective privado.

Eutropio pasó quince meses enfrascado entre pesados tomos de teoría detectivesca y tres meses de desarrollo de casos prácticos. Poyatos estaba preparado para comerse el mundo, para desentrañar sin envidiar en nada a Holmes los casos más enrevesados que pudieran imaginarse. Obtuvo el diploma CCC que enmarcó con orgullo en la cristalería del pueblo vecino, donde trabajaba un primo suyo que le hacía precio de amigo. Eutropio se lanzó al mundillo freelance y se hizo llamar Hércules Poyatos. Tuvo una visión privilegiada con el eslogan que colgaría encima de la puerta de su oficina: Detective Hércules Poyatos. Tu caso me dura un rato. Alquiló una pequeña habitación sin ventanas que estaba de saldo en un lúgubre callejón próximo al club “Yessikas, tordas monumentales”. El entorno no era el más agradable, pero haber pasado dieciocho meses entre papeles y asesinatos sin resolver, sin más ingresos que lo que robaba de la fuente a la que los turistas echaban monedas de céntimos, hizo que las posibilidades iniciales de establecimiento fuesen muy modestas. La cosa mejoraría y conseguiría delegación en la capital de la provincia. De eso estaba seguro. El futuro era prometedor, le tendría reservados momentos de gloria.

En uno de esos paseos en los que Poyatos mataba el tiempo esperando el primer caso, observando con disimulado detenimiento los movimientos de la gente que se cruzaba o que divisaba desde los bancos del parque, escondiendo un interés profesional mezclado con ese ramalazo vouyerista que siempre arrastró desde joven, recibió una llamada al teléfono móvil. Se puso nervioso con la vibración del aparato, pues al ser la primera vez que notaba el juguetón vaivén tecnológico, no tuvo por menos que dejarlo sonar, al menos, hasta el octavo tono. Pero lo cogió porque la profesión y el comer le iban en ello.

- Dígame. Sí…, Hércules Poyatos – contestó de inicio a quien le hablaba – sí, detective privado formado en la Detective’s International School de Londres con matrícula de honor cum laude, sí… Experiencia profesional dilatada en varios países de la Europa del este y de Centroamérica. Máster MBA en investigación de casos relacionados con la ingeniería financiera impartido en la Universidad de Nueva Gales del Sur. Inglés y francés hablado y escrito.

Poyatos pensó que tanta exageración quizá era un naipe arriesgado, pero era el primer caso y había que atar en corto al fulano que lo había llamado para requerir sus servicios. Quedaron para entrevistarse en una cafetería cercana a la plaza del pueblo. Eutropio creyó conveniente para pasar desapercibido ataviarse con una gabardina gris marengo y tocarse con gorro de lluvia de tonos amarronados. En un octubre gris y lluvioso con seguridad nadie habría reparado en él, pero en pleno mes de julio, más que pasar inadvertido, lo que hizo fue atraer todas las miradas de los turistas que tomaban cervezas heladas para combatir el calor. - Aquello no empezaba bien – pensó – pero decidió mantener su pose profesional y sentarse con disimulo en la mesa que quedaba libre en la esquina de la terraza.
- ¿Hégcules Poyatos? – gritó desde la esquina opuesta un señor vestido con camisa de manga corta floreada y bermudas, al tiempo que le hacía ostensibles gestos de que lo acompañara en la mesa que ocupaba.
Con pose seria propia de anuncio de televisión atravesó la terraza oculto tras la solapa derecha de la gabardina para ir a sentarse junto a quien parecía, por el ligero acento afrancesado del que hacía gala, la persona con la que habló la tarde anterior, es decir, su futuro cliente.
- Encantado – dijo amablemente Poyatos tendiendo la mano a su interlocutor.
- El plaseg es mió, señog Poyatós. Vayamós al ganó del asuntó. Nesesitó sus segvicios pgofesionalés pogque tengo un pgoblema que me atogmentá cada día desde que llegamós al pueblo de veganeó. Mi mujeg, Lulú, desapaguese a diarió. Desde las once de la mañaná hasta las dos de la tardé no sé qué es de ella, no deja ni gastgó y el telefonó móvil lo deja siempge en casá.
- No me ha dicho su nombre todavía, señor.
- Me llamó Marcel, Marcel Proust.
- Señor Proust, lo que me cuenta parece, sin duda, el típico caso de esfumación reiterada por causas desconocidas – dijo para parecer interesante y sin añadir nada a lo que el intrigado marido ya había planteado. – Mi dilatada experiencia profesional puede ayudarle a desenmarañar el hecho y a descubrir los motivos que lo justifican. Ahora sí, señor Proust, necesito un adelanto de efectivo para extender mis redes por los bajos fondos y obtener información. Dos mil eurones serán suficientes, en principio, para echar a andar la maquinaria.
Sin pensarlo, el francés sacó un taco de billetes de doscientos euros del bolsillo del pantalón y contó hasta diez para extendérselos al detective en ciernes. Los ojos de Poyatos se iban a salir de las órbitas al ver tanta pasta junta. Y la saliva, irremediable acompañante de degustaciones gastronómicas, sobresalió por la comisura de los labios al pensar en el bocadillo de calamares que iba a comerse al largar al franchute. Marcel dejó sobre la mesa un sobre cerrado y le dijo a Eutropio que era toda la información que podía suministrarle. Sin más dilación y con aire cabizbajo, el francés se levantó de la mesa y desapareció entre la gente que se fotografiaba en la plaza bajo ese sol abrasador.

Después de pasar por la oficina para dejar la gabardina y el sombrero y poner a buen recaudo 1.800 euros, se lanzó a la fonda de la esquina con el sobre que acababa de darle el cliente. Entró decidido hacia la mesa de siempre. Allí estaban cogiendo fuerzas las putas habituales antes de entrar al trabajo en el club.
- Johnny – gritó – ponme un bocadillo de calamares bien cargado de mayonesa.
Abrió el sobre y encontró una serie de fotografías al parecer recientes. Eran fotos de una casa de verano cercana a la playa. Recordaba haberla visto en sus paseos interminables de observador. Sí, era la casa de madera blanca que coronaba la calle de los chalés cercanos al faro del puerto. Siguió pasando fotos y tragó saliva al ver a su cliente en postura sobrehumana, es decir, en postura sobre humana, o lo que es lo mismo, encaramado a una rubia moza cuarentona a la que estaba encalomando en diversas poses propias de las películas porno que tanto veía y veía. Aquello fue suficiente por aquel día. Un leve hormigueo subió por la entrepierna e hizo endurecer sus pantalones de forma muy poco profesional. Guardó las fotos, cerró el sobre y se dispuso a pegar un bocado al bocadillo de calamares que acababan de servirle. Aquello prometía, si alguna vez recopilaba sus casos, a ese le llamaría el extraño caso de la casa de verano. Entre tanta hambre un goterón de mayonesa cayó en el sobre con el riesgo consiguiente de estropear alguna de aquellas instantáneas.

Aquél día ya había dado su fruto. Al día siguiente se daría una vuelta por la casa de veraneo del matrimonio para intentar obtener alguna pista que encaminase sus pesquisas. El mundo empezaba a sonreírle después de tantos años y de tantas escobillas de váter.
Continurá.



5-Orígen

Vas a formar parte de algo grande, me dijeron.Fue cierto.
Al principio no entendía nada, pero realmente, algo grande fui. Bueno, no solo yo, pero sí la conjunción, el todo, la unidad haciendo la fuerza. Éramos una piña, lo fuimos hasta el final y desde luego se que sin mi no lo habrían conseguido.
Sí, cierto, todo es reemplazable pero no por ello, yo dejaba de ser importante, esencial incluso, por mi situación estratégica, maestra.
Todo se fraguó en un despacho, como siempre sucede con las cosas grandes, pero los planos, las mentes y las palabras dieron paso a las manos expertas y a las instrucciones claras que acabaron de hacer el resto.
Recuerdo el primer día. Estábamos todos apelotonados, el frío lo inundaba todo y no había orden pero tampoco importaba, éramos iguales y estábamos allí con un fin, uno solo, claro, conciso y donde nos dispusieran daba lo mismo, el estar era lo importante. Se oía al capataz dar gritos, órdenes y cagarse en la madre que lo parió y señalaba con ahínco las zonas más importantes, las que serían vitales y pedía acción, reacción, movimiento y un bocadillo de clamares para la hora de comer.
Con el tiempo llegó a relajarse, pero no lo suficiente para perder su profesionalidad. Incluso a bromear e invitar a los peones a alguna cerveza fría mientras descansaban o después de la dura jornada.
Nosotros, quietos, esperábamos. Ellos, ágiles, se movían y trabajaban con una fuerza bruta total. Había pasión en sus gestos. O quizá fuera ganas de acabar.
Y cuando creíamos que no sería nunca nuestro turno, empezamos a ser útiles.
El tiempo pasaba, los días se sucedían y yo fui de los primeros en abandonar a mis compañeros.
Por fin, mi cometido, mi razón de ser. Noté como las manos expertas de quién había visto trabajar durante días me palpaban primero para golpearme después hasta que cuando le pareció que estaba listo, me dejaron caer con cierta ternura en mi lugar. Y reposé para siempre. Por mucho tiempo estuve allí, observando, atrapado, viendo como el final llegaba y con él, el Principio.
Qué felicidad.
¡Incluso me habían pintado de azul marino!
A finales de primavera ya éramos lo que debíamos ser, para lo que nacimos. Teníamos ventanales por donde el sol entraba a raudales y por las que podía verse el mar desde la comodidad del habitaciones dobles y de invitados, una enorme cocina con isla en medio y además, una balaustrada en el jardín que llevaba a una fantástica piscina con delfines dibujados en el fondo y luces tenues para los baños estivales a la luz de la luna.
Éramos la perfecta casa de verano.
Y yo, como ladrillo de una de las columnas principales de la entrada, estaba ahí.
Y lo estuve durante mucho tiempo. Y vi muchas generaciones viviendo en nosotros. Disfrutándonos. Incluso una vez, a los seis años de ser, me repintaron de un blanco nuclear estupendo, aunque duré poco en ser manchado porque la pequeña de la casa hizo muestra de su fantástico arte dibujando barquitos verdes navegando por un mar rosa en nosotros.
El tiempo fue sucediéndose, llegaban los veranos y nos invadían, nos daban vida.
Hasta que los pequeños se hicieron grandes y aquella preciosa cría que nos había redecorado, decidió ponernos en venta.
Fuimos abandonados a nuestra suerte y después de varios meses, nos aniquilaron para construir un hotel de cinco estrellas en el que, por supuesto, no tuvimos cabida.
Fue triste convertirse en cascote y ser arrojado sin más pero aún así, la historia de lo que fuimos es suficiente recompensa, fuimos el hogar de veraneo de una familia feliz, el lienzo para una pintora inquieta, el lugar de recogimiento de personas que, al llegar y vernos, se sentían bien. Y eso, eso fue memorable, nunca necesitamos más.



6-Frente al manicomio

Han pasado por lo menos veinticinco años. Dos tercios de mi vida. Pensar en tiempos tan lejanos me hace sentir un poco viejo.
La verdad es que tuvimos suerte. Aunque para llegar al parque más cercano había que caminar un buen rato, justo en la puerta de casa había un solar donde podíamos jugar sin miedo y sin peligro. Sólo había que cruzar una calle con poco tráfico, y nuestros padres no ponían pegas.
Aunque el barrio era populoso, era tranquilo, sin problemas. Quizás tenía algo que ver que justo enfrente del solar donde jugábamos estaba el muro del manicomio municipal…
El caso es que no teníamos problemas en bajar a la calle a jugar solos. En invierno, viernes y sábado hasta las ocho. En vacaciones, hasta que se ponía el sol… casi las diez de la noche.
Ese año te acababas de mudar a nuestra calle. Una tarde que nos viste jugar al fútbol le pediste permiso a tu madre para quedarte, y cuando pediste permiso para formar parte del juego, entraste automáticamente en el grupo.
Como nadie quería nunca ser portero, el puesto nos lo turnábamos, y justo en ese momento me tocaba a mí, así que mientras no había jugada de peligro, tenía tiempo para observarte. Eras bajita, de pelo moreno y largo. Delgada, te movías con soltura. Tus atributos femeninos empezaban a asomar, aunque aún tardarían en alcanzar su máxima expresión.
Me enamoré perdidamente. Lo cual se convirtió en un problema por dos motivos: el primero… si ahora soy muy tímido, entonces lo era mucho más, y jamás me atrevería a decir nada. El segundo… se te iban los ojos hacia José Luis, que tenía un año más que yo y era el guaperas del grupo.
Ese verano nos vimos casi a diario. Te tenía tan cerca y tan lejos que me desesperaba, pero sabía que era inútil plantearme nada porque aunque me hubiera atrevido a decirte algo, no habría servido de nada.
Ese fue el último año que nos juntamos en verano para jugar, nos hacíamos mayores y nuestros intereses cambiaban. Cuando José Luis dejó de bajar, tú perdiste también el interés. Y poco después llegó mi mudanza.
La verdad es que no sé por qué me ha dado por pensar en ti hoy. Puede que sea por el calor, porque los acontecimientos de los últimos días me han hecho pensar en el pasado, o porque ya estoy desvariando.
Pero lo cierto es que fuiste mi primer amor de verano, aunque fuera platónico, y aunque surgiera frente al manicomio.




7-La casa de los primeros besos

Aprovechando que la tarde empieza a caer y el sol ya no es un compañero mortal, decido salir a dar un paseo. Hace poco que vivo aquí, así que casi todo es desconocido para mi y cualquier hecho rutinario para cualquiera se convierte en una especie de aventura, una posibilidad de descubrir cosas y sensaciones nuevas. Dudo un poco sobre qué dirección tomar… Y me sorprendo recordando a Alicia en el país de las maravillas preguntándole al gato qué camino tomar y a éste contestándole “Eso depende en gran medida de adónde quieres ir” . Me veo como Alicia : “¡No me importa mucho adónde...!” y me río al imaginarme al gato respondiéndome desde detrás de su inmensa sonrisa : “Entonces, da igual la dirección ¡Cualquiera que tomes está bien...!”. Así pues, me digo a mi misma que sí, que es igual por donde vaya.. Vale, por aquí mismo está bien. Me coloco los auriculares de mi mp4, pulso la música y echo a caminar. No tengo que andar demasiado para empezar a sentir la sensación de que algo ha cambiado. Es como si hubiera atravesado una imaginaria puerta del tiempo y hubiera vuelto de repente muchos años atrás… Ante mis ojos aparecen unas abuelitas sentadas a la puerta de su casa (una de esas en que la puerta –que siempre permanece abierta- aparece tapada por una cortina alpujarreña), sentadas sobre sus sillas de esparto, tomando el airecito. Me sonrió pensando que ¡hacía tanto que no veía esa escena! Sigo caminando y tras pasar a su altura y ser saludada por un “buenas tardes” cantarín en coro, empiezo a verme rodeada de campo. De cultivos, del sonido del agua corriendo por pequeñas acequias alimentándolos. ¡Cultivos de verdad! No los veía tan cerca desde que era pequeña y con los amigos y las bicis nos íbamos hasta la central eléctrica, y aquella casa abandonada, al lado de la cual salía un chorro de agua impresionantemente fresquita, que era el objeto de nuestro deseo y nos hacia pelearnos por soltar las bicis y ser los primeros en beber de sus aguas. O meter la cabeza debajo y refrescarnos tras el esfuerzo. Respiro hondo para sentir el olor de las flores, las plantas de especies (romero, tomillo… “¿y esto que huele, qué es?”), la naturaleza… Observo varios abandonados secaderos de tabaco, silenciosos, olvidados del bullicio que en su día tuvieron. Pasa un abuelito en su bici, antigua, pesada, medio oxidada, sin marchas, sin ruedas estratosféricas y aerodinámicas… sin prisa, pedaleando como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Me palpo el mp4 para ver que sigo en el presente, que no he retrocedido años atrás, aunque mi mente ya vaga por algunos recuerdos de ese pasado, estimulada por tantos guiños del tiempo. Recuerdo esas meriendas de pan y chocolate, esas rodillas sucias y teñidas de mercromina insultantemente indisimulable, recuerdo el olor del flan de huevo que mi abuela nos hacia… ah! que maravilla… de ahí salto al recuerdo de las montañas de unas pequeñas tortitas de harina, las “filloas” que devoramos tras untarlas en nocilla o caramelo liquido, o simplemente espolvoreadas con azúcar.. Hummm, qué placer recordar ese sabor. De repente, probablemente el pensar en placeres me lleva a ello, me instalo en el recuerdo de la que sin duda es para mí la casa del verano: aquella en la que nos besamos por primera vez, inocentes aún, nerviosos, sabiendo que en el fondo traspasábamos todos los límites. Fue una casualidad que nos enviaran juntos a hacer ese recado, que me pusieran en tus manos para que me acompañaras y protegieras “no le fuera a pasar nada a la niña”. Ja, ja. Fue como poner al lobo a cuidar a una inocente ovejita. Yo formalita como aún era, tú perverso como ya eras, siguiendo mis pasos. Tras dejarme coger aquello por lo que nos habían mandado, sin hablar me tiendes tu mano y nos perdemos en una habitación de esa casa de altísimos techos, nos descubrimos solos, casi en la oscuridad, a escondidas, rodeados de cuadros y fotos de antepasados vestidos de negro negrísimo observándonos, y nos miramos con una de esas miradas que ya antes habíamos intercambiado y que habían pasado desapercibidas para el resto pero no para nosotros. Sorprendiéndonos de la increíble oportunidad que la vida nos daba, temblando de inexperiencia, nos besamos. En un primer beso que fue el preludio de otros muchos nada inocentes. Recuerdo mi sorpresa al descubrir lo rica que sabe una boca que se desea. Me sonrío repasando unas caricias tan torpes y temblorosas como excitantes. Descubrir por primera vez nuestros cuerpos a medio hacer convirtió esa casa en nuestro rincón. No sé cómo nadie se dio cuenta luego de nuestro rubor, de que estaba mucho más despeinada que cuando salimos, de que tu sonrisa estaba mucho más satisfecha, de que nuestras ropas no estaban exactamente igual que cuando nos fuimos… (supongo que llevar en la mano aquello que nos habían encargado que fuéramos a buscar y el aspecto de increíblemente buenecitos de ambos, eclipsó todo lo demás). Todavía, cuando aun la vida nos junta en un instante, nos carcajeamos de risa recordando la frase de nuestra tía diciéndonos “¿veis que bien que hayáis ido juntos? Así me quedo mas tranquila…"



8-La casa de trapo

Como cada año la primavera iba tocando a su fin, eran días maravillosos con tardes infinitas de sol y juegos infantiles, juegos vividos siempre en la calle y en compañía, porque entonces nada se entendía si no era compartiéndolo con los tuyos, con tu pandilla, la misma con la que ibas a clase el resto del año, aprendiendo a resolver las reglas de tres y el uso del pretérito imperfecto; la misma cuadrilla de gamberros con la que intentabas robar la llave del despacho de los profesores para fotocopiar furtivamente los exámenes de inglés… ¿qué si lo conseguimos?, ¿tú qué crees?

Recuerdo con cariño, y cierta añoranza, los coletazos de esos meses de junio, en los que la jornada escolar era ya continua e intrascendente, regalo anticipado de un verano eterno en el que cada día era una aventura en sí misma, porque entonces la vida era un reloj daliniano de agujas estáticas que se burlaban de los problemas y de las prisas. Aún no nos tocaba a nosotros preocuparnos por lo mundano, y, aunque no nos sobraba de nada, todo lo que no se podía comprar con dinero se desparramaba por nuestras calles y plazas, lo mismo nos daba dar patadas a una pelota vieja que a una lata, lo importante era salir, estar juntos, para reír o para escalabrarnos, para jugar al chopo, a las canicas o a la taba.

En esas andábamos cuando de repente llegaba julio, como una puñalada rasgando hasta el mismísimo cielo, para arrancarnos de todo aquello; julio, tiempo de que la troupe agarrase sus bártulos y se marchase de vacaciones. Caray, no ha pasado tanto desde que sucedió, pero sin embargo me parece tan, pero que tan lejano… Era como un milagro, porque cuando llegar a fin de mes se convertía en un acto de heroísmo cotidiano, marcharse de vacaciones estivales era un acto suicida, de rebeldía o tal vez de supervivencia. Sea como fuere, allí nos plantábamos, mis padres, los tres hermanos y nuestro pastor alemán, a bordo de un SEAT 850 amarillo, que tenía la mala costumbre de averiarse, cargado hasta los topes y coronado por una baca tan voluminosa como él mismo. Parecía el coche de unos magrebíes retornando a su oasis africano, pero no, solo éramos una familia de clase baja y periférica buscando refugio a la sombra de los pinos.

Los pinos, parece que desde aquí puedo olerlos, casi noto que mis dedos se pegan a las teclas, impregnadas de la resina de mis recuerdos, y siento a las chicharras cantar, con su letanía interminable que no paraba ni de día ni de noche. Por supuesto, nuestro destino no podía ser un chalet con piscina, ni siquiera una urbanización de aprendices de pijos con vespino o la casa del pueblo, qué va, lo nuestro era el aire libre, las estrellas como techo y el baño comunitario, el baño más grande del mundo, un baño que ni la cabeza de la Preysler podría concebir, vadeando el arroyo, detrás de los zarzales, cien metros cuadrados, metro arriba, metro abajo.

Nadie era tan afortunado como nosotros, sobre todo el día en el que llegábamos a la zona de acampada, el pinar nos pertenecía, sin escrituras y sin contrato, solo había que buscar un sitio de sombra generosa y un poco llano porque el resto corría de nuestra parte, una tienda de campaña de tamaño familiar con dos habitaciones, y una cocina, lujo asiático de los campistas más avezados. Porque así era nuestra casa de verano, de tela impermeable, naranja y amarilla, coqueta, con ventanas y porche, sustentada por una estructura robusta de acero templado. Una vez elegido el sitio, y debidamente limpio, de las profundidades de la baca del ocho y medio salían dos sacos, el primero marrón, donde esperaba su turno la lona de la tienda escrupulosamente doblada el verano anterior; el otro era blanco, y en él se encontraban los hierros de la tienda, un amasijo de chatarra que iba cobrando forma a duras penas, a pesar de que repetíamos el mismo ritual cada verano.

Porque entonces las cosas eran más funcionales que prácticas y montar la tienda era un ejercicio de maña y paciencia. Cada hierro venía suelto y parecían multiplicarse cada año. La única ayuda era un código de tres colores en los extremos de cada palo que permitían ir completando las esquinas de un poliedro imaginario. Cien veces había que desmontar y montar lo que ya parecía acabado, hasta que al final todo encajaba y la tienda se mostraba majestuosa como el esqueleto de un dinosaurio fosilizado. Comparado con aquello montar un cubo Rubik era tan simple como encajar un puzle de dos piezas, chupado. El resto era mucho más sencillo, fijar la lona al armazón, tensar los vientos y clavar los clavos, para terminar todos juntos cavábamos un reguero para desviar el paso del agua y enterrábamos los faldones de la tienda con piedras que acarreábamos felices al ver el resultado de nuestro trabajo.

Así que allí estábamos, cómodamente instalados en la naturaleza, a la orilla de un arroyo de un agua tan cristalina que se podía beber mientras nos bañábamos. Cuantas veces me acordé de ese agua fría, años más tarde, cuando trasladamos nuestros meses de julio a la cálida orilla del Cantábrico. Aquel agua, fruto del deshielo, embalsada en piscinas naturales, que nos ponía azules con su mero contacto, pero de la que no nos hubiera sacado ni un grupo de buzos de operaciones especiales específicamente adiestrados. Solo nos sacaban nuestras madres que, desde la orilla, nos reclamaban para ir a comer bajo la amenaza de recibir algún pescozón o un cocotazo. Morenos como tizones nos presentábamos en una mesa llena de ensaladas, gazpachos, carnes y pescados, servidos en platos y tazas de aluminio, cocinados en nuestro camping gas o en las parrillas destinadas a tal menester, sin que a los forestales les preocupasen incendios no intencionados.

Y la verdad es que nunca pasaba nada porque los que así veraneábamos amábamos la naturaleza y disfrutábamos de nuestro privilegiado escenario. Recuerdo las truchas cruzando las charcas, rozándonos los pies, a las ardillas trapecistas que nos lanzaban piñas en cuanto nos descuidábamos, a las majestuosas libélulas azul turquesa que, como aviones de reconocimiento, se pasaban los días río arriba y río abajo, y a los tímidos erizos de hábitos nocturnos que eran sorprendidos cuando íbamos a hacer pis de noche linterna en mano. De todo eso éramos privilegiados testigos, mientras que muchos idiotas al pasar nos miraban con desdén creyéndonos desafortunados. Y de mucho más me acuerdo, porque viví cosas que poco a poco se han ido olvidando, como beber en un botijo agua fresca con unas gotas de anís, como ir a comprar media barra de hielo artesanal para después trocearla a martillazos, como escavar en el suelo hasta dar con un manantial y besar el agua con los labios, como comprar leche a un vaquero para hervirla y hacer requesón, y tantas y tantas cosas más que ahora se llaman turismo rural y entonces solo eran turismo barato.

Pero de lo que más me acuerdo es de esas noches sentados en el porche de nuestra mansión portátil, sin más luz que la de la luna y la de un farol de gas, alrededor del cual se arremolinaban millones de insectos volando, inmolándose los más atrevidos como sacrificio invertebrado a vulcano. Noches de largas conversaciones de los mayores, que los niños escuchábamos callados, noches de partidas de julepe a peseta, en las que si ganabas cinco duros habías rentabilizado el verano, noches en las que lo único que se oía era el croar de las ranas que vivían felices en la charca de al lado. Noches frescas que a veces desembocaban en tormentas eléctricas, tan violentas que te encogían el corazón cuando un trueno anunciaba con décimas de segundo la aparición de un rayo que, por un instante, volvía la noche día, nuncios de gotas de agua golosas que repiqueteaban en la lona acompasadamente, rítmicas y continuas, como un coro de campanillas que nos acompañaban en procesión en el duermevela que precedía al sueño, al lugar atemporal en el que los sacos de dormir eran de algodón de azúcar dulce y rizado.

De todo eso me acuerdo como si hubiera sucedido hoy mismo, lo mismo que me acuerdo del día en el que todo terminó, el día que el cielo se volvió loco o nos consideró indignos de seguir disfrutando de nuestro vergel, el día que se travistió de noche, que apagó el sol, que conjuró a todos los vientos para castigarnos, que nos mandó diablos que a cada carcajada despertaban truenos, tan fuertes que al retumbar en la montaña parecía que la iban a partir, el día que el río harto de seguir el mismo camino se desbordó por la tierra y por el aire. Ese maldito día en el que tuvimos que huir a la carrera en el coche para no ver como la tormenta se lo llevaba todo. Y cuando al final escampó allí estaba nuestra casa, con la lona hecha jirones, con los vientos arrancados, con los hierros hechos un amasijo deforme, irrecuperable. Ese día terminó todo, volvimos a casa con los restos del naufragio y nunca jamás volvimos a ser campistas ningún verano.

Sí, volvimos al pinar, por supuesto, pero siempre rodeados de ladrillos y bajo un tejado, fue entonces cuando comencé a echarlo de menos, porque las ardillas ya no me alegraban la comida, ni me dormía la siesta por el arroyo arrullado.



9-La casita de veraneo de Alba


Pues claro que me acuerdo, Carlos. ¿Cómo no me iba a acordar? Siempre me acuerdo de aquel fin de semana. Y lo recuerdo como algo muy bonito. Tú y yo, los dos acurrucados en ese metro cuadrado. Te confié cosas en aquel rinconcito que nunca le he dado a nadie: mis miedos, mis gustos, mis fobias; era muy pequeña.

Sí, y nunca han salido de mis labios, ¿eh? Puedes estar segura... ehh, diculpa un segundo Alba.

Una mujer mayor, de unos setenta y muchos años con los labios pintados de naranja se acerca a Carlos y le besa sonoramente en la mejilla, mientras, poniéndose de puntillas, rodea su cuello con un brazo, y le susurra: Lo siento mucho Carlitos, de verdad. Yo quería muchísimo a tu madre, que Dios la tenga en su Gloria

Gracias Dolores, lo sé. Ella hablaba mucho de usted. Gracias por venir. Perdona, Alba

Nanana hombre, disculpado. Fíjate, los dos aquí charlando de tonterías en el velatorio de tu madre, Que Dios la tenga en su santa gloria (Alba pone voz de viejecita)

Ja,ja,ja cómo son las viejas, y cómo eres tú también. Anda, vámonos  fuera, te invito a un café, que no nos vean reír. No es serio. A ver, entiéndeme, Alba, estoy apenado, pero también pienso que llevársela es el mejor regalo que ese Dios en el que mi madre creía le puede haber hecho.

Qué me vas a contar a mí, Carlos. La mía está interna con Alzheimer. Venga, te acepto ese café.

¡Es la segunda vez que te veo tan sociable, Alba! La primera fue aquel fin de semana.

Ya sabes, una se tiene que ir abriendo al público para no acabar convertida en una vieja amargada. Y aquella vez era pura necesidad. No lo tomes a mal, Carlitos, pero eras la única compañía, aparte de mi madre, que tenía en meses. Necesitaba confiar en alguien, si no, me iba a volver loca. Estábamos aquí escondidas del cabrón de mi padre. Aun recuerdo cuando le pregunté: Mamá, ¿dónde vamos a ir de vacaciones este año? Se echó a llorar y me dijo, "ay, mi niña" Por aquel entonces se pasaba el día triste e irritada, y yo no paraba de preguntarle cosas. Me cabreaba que no fuéramos de vacaciones, que no pudiera salir a jugar con las lagartijas... Un día decidí hacerme una cabañita en el cuarto de invitados, debajo de una mesa grande que había, de esas para 8 personas, y fui a pedirle una sábanas para cubrir los laterales.

¡Ohhh, la casita! Interrumpe Carlos

Sí, la casita del verano. Entré a la cocina, mi madre estaba troceando unas judías verdes, y le dije: Mamá, puedo...? y ella me interrumpió: NOOOOO, ¡maldita sea!, NOOOOOO. Yo me di la vuelta, salí corriendo, y me encerré en mi habitación.

A las 11 de la noche entró y se sentó en el suelo a mi lado. Había llorado toda la tarde. Me miró, me acarició la barbilla, y me dijo: Mi niña, ¿que era lo que querías antes?. Lo siento mi niña. Perdóname. Por favor, dime lo que querías.

Yo me eché a llorar y le dije: sólo quería unas sábanas, mami. Quiero construirme una casita de verano en el cuarto de invitados. ¿Puedo?

Claro que puedes, mi niña, claro que puedes. Señor, perdóname, Qué difícil es todo.

Fué precioso. Estuvimos hasta las 3 de la mañana haciendo la casita. Me trajo las sábanas de franela, y les recortó unas ventanas, con esas tijeras que tenía de la marca palmera y que nunca me dejaba usar. ¿Sabes? Aún guardo su caja de costura como un tesoro. Una vieja lata de Cola-Cao con flores naranjas estampadas.

Se dejó hacer de todo. La peiné, la maquillé, le di un masaje en la espalda. La operé de apendicitis y luego jugamos a las muñecas. Tomamos té con pastitas y luego preparamos una camita, con el colchón hecho a base de mantas dobladas en cuatro.

¿Puedo dormir aquí esta noche, mamá? Le pregunté

Claro, mi niña: es tu casita de veraneo

¡La misma a la que me invitaste! Contesta Carlos

La misma, responde Alba. Me acuerdo de que te trajeron porque tu abuela se había muerto

Mi abuelo, corrige Carlos

Eso, tu abuelo. Y te quedaste a dormir todo el fin de semana. Claro, mamá decía que tenías que dormir en el cuarto de invitados, y yo le decía. ¿En mi casita de verano? Ni hablar mamá.

Cuando entré estabas allí, debajo de aquella mesa, dice Carlos. Recuerdo perfectamente el cartelito con una calavera con las dos tibias. “Prohibido el paso a intrusos”. Y yo te dije: ¡Vengo en son de paz! Abriste la sábana y me miraste con los ojos como platos y me dijiste: anda, tira padentro, ¡forastero! Tenías unas macetas puestas afuera de la casita

¡Y una piscinita hinchable! ¿No te acuerdas?

¡¡Ostras es verdad!! ¡Si nos bañamos desnudos en ella!

¡El primer mandao que vi fue el tuyo, chaval!

Abríamos la ventana de par en par para que entrara el sol, que por la tarde pegaba duro en la fachada, y tomábamos el sol

Creo que es el verano en que más morena me he puesto, Carlitos. Alba se queda pensativa un rato y  después añade: Luego te fuiste, y me quedé allí sola. Antes nunca lo hubiera confesado, pero el resto del verano fue bastante más triste. Aunque lo recuerdo como el verano más feliz de mi vida. Ya sabes, soy una tía rara.

Qué va Alba, no seas tonta. He estado en cientos de hoteles de 5 estrellas, y ninguno como aquel. El té con pastitas estaba delicioso.

Ja,ja,ja, tienes razón. Ahora me pego unas vacaciones de escándalo, pero cuando estoy tirada en la tumbona de un resort me da por pensar que ese sol no pica como el que se colaba a través de la ventana del cuarto de invitados. Alba permanece un buen rato en silencio, silencio que Carlos  no tiene intención de romper. Parece que toda una película está pasando a cámara rápida por sus ojos, clavados en el infinito. Finalmente exclama:

¡Ahhh! Mi casita de veraneo


Tu casita de veraneo, responde Carlos.



10-Un viaje melenudo

Prologo
La historia que aquí se cuenta se desarrolla en una era en la que los cronistas de la época la conocen como la Era precataclísmica. La historia comienza con el ocaso de la civilización precataclísmica, dominada por los reinos de Kamelia, Valusia, Verulia, Grondar, Thule, y Commoria. Esta es una era mítica, miles de años antes de la historia escrita, cuando incluso los continentes tenían una forma diferente de sus contornos modernos.
Contexto Histórico-Cultural
Aquilonia.- es el país más poderoso y civilizado de todo el mundo occidental. Su clima es apacible y agradable y su tierra rica y fecunda, aunque gran parte de la tierra todavía esta cubierta con bosques prístinos usados como reserva de caza por su nobleza. El enemigo hereditario es Nemedia y Aquilonia hace incursiones regulares profundamente en este país, aunque Nemedia pocas veces intenta contraataques contra su vecino más fuerte. La frontera entre los dos rivales, una cordillera que corre norte a sur en el borde oriental del país.
Attalus.- Esta es una de las provincias más importantes de Aquilonia, y se localiza en la parte sur-oriental de ese país. Se considera la región mas avanzada cultural y comercialmente de Aquilonia.
Argos.- Reino de hiboria. El centro de Argos es una rica tierra agrícola de campos y huertos, hospitalaria para los viajeros, con muchas grandes posadas. El sur es menos llano, con bajas colinas azules hasta la costa y luego precipicios que se zambullen en el mar.

UN VIAJE MELENUDO

Después de un invierno y una primavera pasada por agua llega el esperado verano época de cuidarse un poco, relajarse y realizar cosas que durante el año no las puedes llevar a cabo. Uno de esos veranos podría ser ir a dar la vuelta al mundo en el barco más lujoso que existe por cierto esta por aquí cerca en la Costa del Sol. Que envidia sana, eso si que sería un buen verano pero para verano el que pase no hace muchos años. Fue inolvidable. Dejad que os relate lo que me ocurrió en tiempos cercanos a los actuales.
Todo comenzó una mañana de verano en donde se veía a gente chapotear en las piscinas, tumbarse al sol, jugar con la pelota, etc…Ese mismo día había quedado con unos amigos para planificar el verano a ver lo que hacíamos. Todos mis compañeros incluido yo vivían en Argos .Al final nos fuimos de viaje a Aquilonia. Me disponía a preparar la maleta y a arreglarme el pelo que por motivos obvios exámenes no me lo pude cortar antes y ya tenia algo de melena. Para mi sorpresa las tijeras no cortaban lo intente una y otra vez y no se podía. Así que llego el día y me fui con el pelo largo a descubrir nuevos mundos aun sin explorar. Nos montamos en un animal milenario parecido al Fénix pero ya extinto. El viaje fue muy agradable tumbado en las plumas de ese animal que se me paso volando. Nunca mejor dicho.
Cuando llegamos allí mi único objetivo era buscar la manera de cortarme el pelo lo intente incluso con productos naturales y otros métodos del lugar como una hoz o pillármelo contra la puerta de alguna taberna o establecimiento cercano, prenderle fuego...Durante mi estancia allí estuve preguntando a los aldeanos de la zona durante varios días y no me dieron ninguna solución a mi problema hasta que me tope con un grupo de hechiceros, magos los cuales me aconsejaron que fuera a la I Reunión de Magos y Aprendices que se iba a celebrar en Aquilonia que quizás me podrían ayudar. Durante la reunión vi como un gigante bailaba con una enana, aprendí algunos trucos de magia vamos lo normal. Uno de los sabios me comento que si mojaba mi pelo en el Mar de Vilallet, entre las ciudades Hyrkania y Turan, haría que el pelo encogiera. Vamos que esa agua mágica me cortaría el pelo. Cuando llegue allí no lo dude un momento y me bañe en las aguas y mis amigos se tumbaron al sol y a charlar de lo bien que se lo estaban pasando en el viaje. Al cabo de un tiempo no notaba los típicos efectos secundarios que te producen al tomarte algún medicamento. Yo pensé que algo iba mal así mi asombro fue que mi pelo se volvió más fuerte y largo que antes. De vuelta a la reunión de Magos me recogí el pelo en una cola porque ya me llegaba por los hombros y de repente cambie mi fisonomía para asombro de mis compañeros de viaje. Al llegar coincidí de nuevo con el mago que me dio la solución. Me preguntó que tal había salido yo le mire con una mala cara y les dije a mis compañeros que me dieran un hacha que iba haber un baño de sangre. El mago suplicándome que no lo hiciera hasta que oí una voz que me decía -¡alto no lo hagas!- y no se porque extraña razón el hacha se paró. Yo le pregunte que porque no había funcionado el me respondió que no lo sabia según cuenta la leyenda ese río fue formado por todas las estrellas que cayeron en la Tierra hace miles de años y que los objetos que se sumerjan en él se vuelven tan duros como el mejor diamante pero creo que no te lo había comentado antes de partir hacia Vilallet. Hay un objeto no obstante que te puede quitar la melena que llevas y lo tengo aquí mismo se trata del hacha de Sansón. Años a tras estuvo buscando su hacha por miedo a que le cortaran la melena y se convirtiera en mortal. Nosotros los magos lo encontramos en el campo de batalla Al principio pensábamos que era un hacha normal y corriente pero con el paso del tiempo nos dimos cuenta de que era un hacha diferente al resto así que decidimos guardarlo en un arcón hasta que vinieran a reclamarlo. Tampoco nos atrevimos a devolvérselo vaya a que pensara que queríamos volverle mortal. En la actualidad vive retirado de cualquier batalla que se precie en su castillo cerca de Attalus. Así que lo que tendríamos que hacer es dárselo pero todavía no he encontrado a una persona valiente capaz de ir al castillo y devolvérselo en persona y a cambio te podría cortar el pelo aunque no estoy seguro. Parte hacia el castillo antes de que anochezca con tus compañeros y tened cuidado por el camino. Eso hicimos aunque ya oscureció y ahí estaba un gran castillo parecido al del rey Arturo. Por suerte encontramos el puente bajado síntoma de que había alguien en casa. Nos presentamos ante Sansón y durante la cena Sansón nos contaba sus andanzas en el campo de batalla y que había perdido su querido hacha y le dijimos que habíamos hecho un largo viaje para que me quitara la melena que tenia en ese momento y a continuación le contamos que un mago nos había dado un hacha que decía que le pertenecía. Se lo enseñamos y el afirmo con la cabeza Yo solo le pedí que me cortara el pelo con su hacha a modo de recompensa. Cuando empezó a cortar entre en shock de la impresión al ver el hacha rozar mi cabeza con precisión y me desperté sobresaltado. ¿Había sido una pesadilla o un sueño?, parecía tan real. En la cama encontré restos de pelos, en seguida me levante y me fui al cuarto de baño para comprobar mi pelo. El pelo estaba corto pero eso no es todo a la hora de hacer la cama encontré además al lado de la cama había un hacha.¿Sería el hacha de Sansón?. Pasados unos días mis amigos me llamaron para comenzar mis vacaciones.



11-Una vida en libretas

Aquellas no eran las vacaciones que había deseado durante todo el año, y con el paso de los días, mas me daba cuenta de que no me estaba equivocando.
Mamá y Papá apenas se hablaban.
El capullo de mi hermano, como recién cumplió la mayoría de edad, no dejaba de dar el coñazo para irse al centro con los muchachos que en esa semana que llevábamos había conocido en el lugar.
Y yo, no hacía más que anotar en mi libreta todo lo que sucedía.
Mamá decía de mi, que había tenido un niño tonto pegado a una libreta, pero a mi me daba un poco igual, porque sabía que en el fondo me quería, o al menos, eso es lo que suelen sentir las madres por sus hijos por muy especiales, o raritos que sean.

Es verdad que lo que yo mas adoraba en el mundo, incluso estando de vacaciones, era ir de un lado para otro con mi libreta y dibujar, describir, o comentar en ella mi forma de ver las cosas. Llevaba 11 años haciendo lo mismo, Prácticamente desde que aprendí a escribir.

Papá parecía haber dejado de existir en aquellas vacaciones, porque si bien, nunca estaba en aquella casa de alquiler, cuando aparecía, era peligroso arrimarse a el con algún tipo de fuego porque su aliento a alcohol podía prenderse en cuestión de segundos.

Pero, la vida da muchas vueltas, y resulta, que esa era la mañana que el destino había decidido para mí.
Me levanté temprano, curiosamente mucho antes de lo que lo había hecho en los días anteriores.
Salí al pequeño porche que tenía aquella casa en medio de la nada.
Se veía el mar y sentí unas ganas enormes de darme un baño, así que pasé de avisar a nadie, de permisos y de chorradas de esas y, tras ponerme el bañador sin hacer ruido para no despertar a los demás, me dispuse a darme ese baño que se me había antojado.

Cuando las cosas tienen que suceder, suceden. Es lo que siempre decía mi abuelo, y creo que fue la persona con más sentido común que he conocido en mi corta vida.

Ahora mismo no recuerdo como fue, pero si que no puedo borrar de mi cabeza la angustia cuando quería tocar con mis pies el fondo a la vez que respirar y no podía.
La impotencia que sentí cuando notaba que por mucho que mis brazos intentaban llevarme hacia fuera, el mar me hacía más y más suyo.
La sensación de que cada vez, aquella casa de verano se veía mas y mas pequeña al ir adentrándome, sin querer, en las profundidades de aquella aparentemente tranquila orilla.

Eran las 20:00 de la tarde cuando mi madre encontró mi libreta junto a las sandalias que había heredado de mi hermano que me quedaban fatal.
Dos horas más tarde, mi cuerpo era hallado por el guarda costa.

Desde aquí, he podido observar que mi Padre es mejor persona de lo que creía, y que tras mi marcha, se dedicó más a cuidar a mi madre y menos a superar su propio record de ingerir cervezas y chupitos.
También desde aquí, he comprendido que mi hermano, aunque parecía pasar de mi como de comer flores, estaba muy pendiente de todo lo que me sucedía e incluso, sin tener por qué, tenía en su habitación una foto mía escondida a la que de vez en cuando hablaba y le decía echarme de menos
Pero de lo que si que me he dado cuenta desde aquí es que es verdad que las madres quieren mucho a sus hijos, porque si no, no tiene explicación el desconsuelo que a mi madre le quedó tras mi baño matutino. Si no, no tienen explicación las lágrimas que todavía, 2 años después, sigue derramando en mi nombre.
Y lo que más me ha sorprendido de todo es que mi mamá, mi mami, ha guardado todas y cada una de las libretas que durante 11 años llené con mis ideas, y con mi forma de ver las cosas, y no hay noche que no se duerma ojeando una de ellas…



12-La casa de John

Ejem, bueno, me han pedido que cuente mi experiencia con el tema de “la casa del verano”, aunque tampoco es que sea nada especial. En fin, pues nada, yo soy muy de playa, de toda la vida además. Hasta el punto de haber vivido casi toda mi vida en la playa, pero no en una casa, sino a la intemperie, ya fuera un verano cálido y soleado o un crudo invierno plagado de lluvia, granizo, rayos y centellas. ¿Que si no enfermaba? Pues hasta ahora no, tengo suerte y una salud muy fuerte, aunque he de reconocer que en ocasiones era una vida dura y a veces el clima era demasiado despiadado incluso para alguien como yo; los veranos no eran mejores. Con tanto turista y tanto dominguero, no tenía ninguna intimidad y a veces uno necesita un momento para él, claro, como todo hijo de vecino.

Hablo en pasado porque mi vida ha cambiado desde hace un tiempo. Y es que hace un par de meses encontré la casa de mis sueños. Iba paseando por la orilla de la playa cuando a lo lejos vi, como un espejismo, la mejor caravana, casa-remolque, roulotte o como la queráis llamar. ¡La ilusión de mi vida! ¿Quién sería el afortunado poseedor de aquella maravilla? Me acerqué, la miré con cautela y decidí llamar, sólo para felicitar a su dueño. Así que llamo, no contesta nadie, espero un rato, decido entrar porque me parecía rarísimo. Aquello era un palacio portátil y lo mejor de todo: estaba abandonado. ¿Soy un tipo con suerte o no? Y bueno, así estoy, llevo dos meses de playa en playa, no me lo creo. Con mi intimidad, aunque no me pongo muy cerca del turisteo porque son un auténtico coñazo (sobre todo los niños, hablando claro) y en una ocasión intentaron arrebatarme mi casa... ¡conmigo dentro! Menos mal que me asomé, me impuse y me dejaron en paz. Por lo demás, disfruto del aire libre, cuando quiero me pongo a resguardo, me adentro en el mar a pescar (me vuelve loco el pescadito fresco), me aburro y me voy a otra cala virgen e inexplorada... No os riáis, pero yo sentía en mi interior que algún día iba a encontrar mi hogar y que iba a ser algo así. Estaba seguro de ello, y así ha sido. ¿Pareja? Ni de broma, soy un solitario, además mi casa es sólo para mí. Me va la vida sencilla y sin complicaciones. Este verano está resultando el mejor de mi vida, en mi hogar, sin rollos raros ni nada. Voy, vengo, entro, salgo, para arriba, para abajo, no pago impuestos... es lo que tiene ser un cangrejo ermitaño.

Y nada, voy a mover mi roulotte, mi caracola, o como la queráis llamar, un poquito a la derecha para pillar bien el wifi y le envío esto a mi coleguita para que lo reenvíe a un concurso que hay de relatos, me ha dicho algo de dos páginas de word o no sé qué historia, pero esto es lo que hay. ¡Feliz verano a todos!

Firmado: El Cangrejo John.



13-La casa del lago

Cuando compré esta casa me enteré que el anterior propietario la llamaba “la casa de verano”. Yo soy un ser contradictorio y prefiero llamarla “la casa de invierno”. Básicamente es porque me costó un verano entero ponerla a punto y pude empezar a disfrutarla en invierno.

Ese primer año la habité con la compañía equivocada. Ahora, después de varios veranos, he vuelto; esta vez con la compañía adecuada. Y esto es así ya que he venido conmigo mismo, y de esta manera ya no podré equivocarme en ese sentido.

He vuelto para olvidar una triste vida, cansado de relacionarme con gente en un mundo anodino; asistiendo en silencio a un desfile de cuerpos y a la rutina de una miserable realidad cotidiana.

Casi he necesitado un machete para abrirme paso por la alocada y frondosa vegetación, pero por fin, me encuentro dentro de la casa.

Parece que se escucha el silencio afuera… Y adentro también. Estoy en este sofá disfrutando del silencio de mi casa de invierno en verano.

Tengo planes para mañana. Me acercaré al lago y me sentaré bajo la sombra del gran árbol. Miraré al horizonte, sentiré el suave oleaje del agua y cerraré los ojos hasta que algún curioso sonido de la naturaleza me haga abrirlos. Buen plan.

Pasado mañana, creo que me acercaré al lago y me sentaré bajo la sombra del gran árbol. Y así seguiré hasta que piense que la vida en la casa del lago es también una rutina de una miserable realidad cotidiana.



14-El verano en que todo cambió

Aquel verano lo empezó siendo una niña y lo acabó……pero no adelantemos acontecimientos.

A sus 15 años Lolita tenia que sumarle a la confusión propia de la adolescencia, la confusión de su cuerpo que no se decidía a tener forma concreta, sus compañeras del instituto ya despuntaban curvas de mujer pero en su cuerpo, las curvas estaban donde no debían y donde debían no estaban. Así que, cuando sus padres le dijeron que pasarían el verano en el campo, se alegro. Sus amigas hacían planes para ir a la piscina casi todos los días. A ella la idea de mostrarse en bañador ante todos no le agradaba nada, y menos aun compararse con el cuerpo de sus congéneres.

Era una nueva urbanización de chalets con piscina un poco alejada de la carretera principal. Sus padres se desplazarían todos los días al trabajo menos las dos semanas que les correspondía de vacaciones por eso la abuela se vino con ellos para que ella y su hermano pequeño no se quedaran solos.

Hasta el primer fin de semana de julio no empezaron a llegar más habitantes a los chalets vecinos. Lolita no mostró ningún interés en saber si había chicas de su edad, estaba muy a gusto en la piscina sin sentirse observada. Pero su hermano más extrovertido y descarado le faltó tiempo para asomarse a casa de los vecinos para averiguar si había niños con los que jugar, y para su alegría los encontró. Para Lolita supuso un alivio ya que no tenia que entretener a su hermano y éste además prácticamente se mudo al chalet de al lado. Lolita se dedicó a disfrutar de la piscina para ella sola hasta que una semana después, sus padres fueron invitados por los vecinos a una noche de barbacoa. Cuando llegaron empezaron las presentaciones y de esta manera se enteró que, los dos chalet contiguos al suyo eran de dos hermanas que estaban con sus respectivos maridos e hijos, así conoció a los gemelos con los que su hermano pasaba todo el día y sus hermanas mayores, una de sus edad y otra mayor y a sus primos, entre uno y cinco años mayor que ella. Las chicas eran muy guapas y dicharacheras y los chicos muy simpáticos.

Empezó a acudir con frecuencia a los chalets vecinos en especial donde estaba el mayor de los primos que estaba ya en la universidad cosa que le pareció muy interesante a aparte de encontrarlo muy guapo. Procuraba ponerse camisetas anchas encima del bañador y siempre encontraba excusas para no meterse en la piscina con los demás, buscaba al primo mayor Fran que andaba estudiando ya que le habían quedado asignaturas para septiembre. Como a ella le gustaba mucho la lectura y a él también le prestaba sus libros y Lolita aprovechaba para estar en su habitación y mientras el estudiaba, ella leía. Fueron días muy felices para Lolita, él la trataba con amabilidad y solían tener conversaciones muy interesantes una vez incluso alabó su inteligencia y madurez para su edad. Aquél día casi le pareció que estallaría de felicidad. Pero la crueldad tiene a veces una cara bonita y las primas algo celosas de la especial atención aquella vecina feucha, una tarde que Lolita estaba con Fran entraron y empezaron a gastar bromas sobre que estuvieran tanto tiempo a solas y que tuvieran cuidaito con lo que hacían, Fran en su inocencia cayó en la trampa y por defender a Lolita dijo que eso era imposible porque para él era como una hermana. Lolita se moría de vergüenza y de dolor al ver que no la veía como posible pareja. Salió corriendo y no volvió más al chalet de sus vecinos. Estuvo varios días sin salir y cuando iban buscarla usaba a su abuela de escudo que a petición de Lolita dijo que estaba con un virus y mejor que no se acercaran por allí.

Como su piscina estaba al otro lado no podían verla cuando ella estaba allí y se dedicó a nadar constantemente para no pensar demasiado, y así llegó finales de agosto. En una urbanización cercana tenían la costumbre de hacer una fiesta el último sábado de agosto como despedida del verano. Su madre insistió para que fuera que parecía una ermitaña. Decidió ir con la condición que su madre la llevara y la recogiera en media hora. Se encontró con la sorpresa que su ropa no le quedaba bien y no tenia que ponerse, los pantalones le estaban anchos de cintura y las faldas se le caían. Su madre rebuscó en su armario y le prestó una calzonas blancas y una camiseta de tirantes de color turquesa. Su madre consiguió domar aquel cabello aleonado de tanto cloro y le hizo un recogido con horquillas de colores. No se reconoció en el espejo y menos aun cuando su madre le maquillo con colores muy naturales pero que hacían resaltar más sus ojos y sus labios. Las calzonas le quedaban por encima de la rodilla, por lo que mostraban unos muslos muy bien torneados de tanto nadar, la camiseta turquesa resaltaba aun mas el moreno de su piel, marcando sus incipientes pechos, el pelo recogido le hacia parecer mayor y el maquillaje hacia que sus ojos verdes de gata, fueran aun mas penetrantes.

Cuando llegó la fiesta estaba en su apogeo, un grupo amenizaba el lugar y prácticamente no cabía un alfiler. Eso a Lolita le gustó, así se podría esconder entre el barullo y no encontrarse con Fran, pero le fue difícil porque los chicos que estaban allí empezaron a rodearla preguntándole por su nombre e invitándola a bailar. Las primas al ver aquél grupo de chicos se acercaron a ver que pasaba y al ver a Lolita se quedaron pasmadas, no podía ser que aquella belleza fuera Lolita, Fran también se acercó y Lolita se quería desintegrar, éste después de soltar un silbido dijo: -lo siento chicos pero Lola ya está comprometida-.



15-Truth by Mistake

La camilla era cómoda, pero no era una camilla común y corriente. Estaba forrada en piel negra, y tenia un apoyo para que el paciente se tumbara y pusiera los brazos en cruz. Cuando John se tumbo, sintió la gélida piel negra en contacto con su piel, lo que hizo que se le erizaran todos los pelos del cuerpo. Quizás era el frió, o quizás el miedo, al fin y al cabo, a nadie le gusta el dolor, pero lo que si era seguro, es que sabia que ese era el lugar donde perdería 21 gramos.

Estaba satisfecho con su vida. No cambiaría nada de lo que había hecho hasta ese momento, y siempre decía que, si pudiera volver a vivirla otra vez, la viviría exactamente igual, no cambiaría nada, viviría los mismos errores y las mismas amargas decepciones, pero también todos los momentos felices que tenia grabados a fuego en su memoria.

El doctor le coloco un catéter en el brazo izquierdo. Todo estaba preparado y a John siempre le había llamado poderosamente la atención eso que todo el mundo decía, que toda tu vida pasa por delante de tus ojos antes de morir. El creía que si eso era cierto y la persona era consciente de ese preciso momento, podía controlar los recuerdos de su vida a su antojo y voluntad.

Durante las ultimas semanas, no dejaba de repasar su vida. Desde que tenia uso de razón hasta que se graduó, cuando conoció Caroline o cuando su hermano se rompió el brazo mientras jugaban. Recordó ver a sus padres bailando bajo la luz de la luna, cuando todavía era feliz. Repasando todos esos recuerdos se dio cuenta de que el común denominador de todos ellos era el lugar donde ocurrieron... Orange Beach, Alabama. El doctor le puso la primera inyección.

Era la primavera del año 1967 y tenia 11 años. Los padres de John tenían una pequeña casa en la playa de Orange, en uno de los salientes del lado este, lo que la dejaba situada en un punto apartado y tranquilo del resto de la playa. La playa se llamaba así debido al color anaranjado de la arena. Cuando solo era un crío y vio la playa por primera vez, recuerda como se quedo estupefacto por ese extraño color para una arena fina como esa. Su padre, rodeándolo con sus brazos mientras le daba un puñado, le contó que era naranja porque el Sol brillaba sobre ella todo el año, con tanta fuerza, que le había impregnado su color.

A pesar del tiempo recordaba cada detalle de esa casa. Recordaba el color blanco de la cal sobre la madera que reflejaba los rayos de Sol, y el tejado de color azul salvaje que hacia que los que veían la casa de lejos creyeran que un trozo de cielo se había descolgado y descansaba flotando sobre la arena naranja. El porche de la casa tenia una barandilla de madera que lo rodeaba, y para llegar a la playa, había que bajar tres largos escalones. Mientras permanecía tumbado en la camilla, parecía que todavía podía oír el crujir de los escalones y oler la sal de la brisa que invadía la casa, mientras sus padres desayunaban en el porche frente al mar y sus hermanos mayores ya estaban jugando en el agua. El doctor le puso la segunda inyección, y así llego a Agosto del 72.

Eran las fiestas del condado de Orange y allí volvió a ver a Caroline. Su piel morena por el Sol e impregnada por la sal del agua hacían que su sabor se convirtiera desde entonces en algo inconfundible. Esa noche, John le prometió que ella seria la primera persona y la ultima a la que amaría, que aunque no estuvieran juntos el susurraria su nombre para que ella encontrara de nuevo el camino a casa. No sabia si ese era un recuerdo de una vida imaginada o de su propia vida, lo que provoco que su memoria diera otro vertiginoso salto en el tiempo.

Era la madrugada de 4 de Julio del 75. La gente del pueblo lo había festejado en la playa y el olor a pólvora de los fuegos artificiales se mezclaba con el calor húmedo y la sal que flotaba en el aire. John y Caroline estaban tumbados en la orilla, con los pies bañados en el agua, mirando hacia el techo del mundo e intentando divisar a alguna errante estrella fugaz cuando una violenta explosión a sus espaldas hizo que el tejado color azul salvaje de la casa saliera volando por los aires. A la mañana siguiente la investigación policial dictamino que fue intencionado y una semana mas tarde detuvieron a los culpables. Después de un largo y doloroso juicio, los periódicos de la mañana publicaban en primera pagina que los culpables de los asesinatos del 4 de Julio habían sido puestos en libertad.

Ya no habría mas amaneceres junto al mar con el aroma salino de las mareas. La arena naranja ahora era gris, y el pedazo de cielo azul que descansaba flotando sobre la playa era ahora una gran nube negra de odio. Todos los castillos de arena fueron destruidos y ya no habría mas bailes a la luz de la luna ni mas cenas en el porche... Su padre, sus hermanos, ya no estaban. Ahora estaba solo. Caroline no regreso jamas, por mucho que el susurrara su nombre, y poco a poco, dejo de sentir el sabor de su piel caliente y dorada por los rayos del Sol. Ahora ya recordaba por que estaba allí, tumbado, esperando, sintiendo en su espalada el frió de esa camilla forrada de piel negra y con unos apoyos para poner los brazos en cruz.

Después del juicio, no tenia mas que esperar a que los asesinos salieran libres, y con el odio mas puro disfrazado de justicia los llevo hasta la playa y en el mismo lugar en el que estaba la casa... les mato. 16 años después de aquello sigue pensando que haría exactamente lo mismo, que de alguna forma u otra, el miedo ya había desaparecido, y lo único que quería era encontrarse de nuevo con su familia, volver a verlos, abrir lo ojos y ver como el Sol entraba de nuevo brillando por la ventana, bajar las escaleras y oler que su madre ya esta preparando el desayuno, como a el le gusta. Salir al porche, y ver a su padre leyendo el periódico mientras escucha los gritos de sus hermanos mientras juegan y chapotean en el agua y ver de nuevo aquella arena fina y naranja para tomarla entre sus manos, y dejar que se le escurra por los dedos. Ya estaban todos juntos de nuevo, y fue entonces cuando el doctor le puso la tercera inyección.


16-Llevando chanclas

… pues yo, lo que más recuerdo de la casa de verano de mi infancia es el sonido de las chanclas de plástico resonando por todas partes. Chlac, chlac, chlac, chlac… todo el día… Chlac, chlac, chlac, chlac… y tooooda la noche… Chlac, chlac, chlac, chlac… chorrocientas mil chanclas… Chlac, chlac, chlac, chlac…mamá, papá, tetes, tías, tío, primos, Chlac, chlac, chlac, chlac…

¿Que alguien tenía sed por la noche? Chlac, chlac, chlac, chlac…”¿Quién hay por ahí?” Puerta de la nevera… “Yo, que he venido a beber agua” Puerta de la nevera… Chlac, chlac, chlac, chlac…

¿Que alguien necesitaba ir al baño a media noche? Chlac, chlac, chlac, chlac… ¿Quién hay por ahí?” Puerta del corral… “Yoooo, que me hago pis” Chlac, chlac, chlac, chlac…Puerta del baño Chlac, chlac, chlac, chlac… Cadena del váter… Chlac, chlac, chlac, chlac… Puerta del baño… Chlac, chlac, chlac, chlac…Puerta del corral… Chlac, chlac, chlac, chlac…

Un día me levanté de noche y fui a beber agua descalza, para que nadie me oyera chancletear. De repente, apareció mi madre en la puerta de la cocina. Me dio un susto de muerte.

- ¿Qué haces aquí, descalza?
- Beber agua. No he hecho ruido ¿por qué te has levantado?
- Por eso, porque no has hecho ruido. No sabía quién eras ni qué pasaba.

Y me explicó que cuando nos oía por el pasillo por las noches reconocía nuestros pasos, sabía quienes éramos y que estábamos bien y que por eso no le importaba despertarse por el ruido.

Yo tenía casi nueve años. Aquella noche entendí a medias por qué mi madre no se quejaba nunca de nuestros paseos nocturnos. Pero, a partir de entonces, siempre me calzaba si me levantaba de noche.

Ahora sí le entiendo. Entiendo lo importante que es para ella saber que estamos bien así que sigo calzándome si me levanto al baño o a beber agua cuando duermo en su casa. Pero no llevo chanclas. No soporto el chlac, chlac, chlac, chlac… me recuerda a tantas y tantas noches despierta, escuchando ese ruido por toda la casa…

No me extraña que durante las vacaciones se rompan tantas familias. Seguro que todos ellos llevan chanclas cuando van al baño por las noches.



17-Memorias de la Alquería

Año 1932
“Aun no me creo que pueda seguir viviendo aquí. Después de tantos años dejándome la piel y el espinazo con estas tierras, puedo decir que esto me pertenece. Comenzaré la ampliación al inicio del verano. Será una casa perfecta para criar a los niños”, le dijo mirándole a los ojos. Ella sonrió pasándose una mano por la enorme barriga. Su hijo le había dado una patadita.

Año 1984
Contemplaron el interior, sintiendo en la piel el frescor que garantizaban los recios muros blancos de la casa. El hombre levantó una de las sábanas que cubrían los muebles y comenzó a hablar, sin mirar a su hijo, que le había acompañado hasta allí. “Mi padre me contó la historia de esta casa hace muchos años. Tendría yo tu edad. Aquí pasé la mayor parte de los veranos de mi vida. Muchas tardes de mi infancia jugando a girar la rueda por el canal de la acequia o en el patio, con las chapas. Siendo ya jovencito, cogíamos las bicicletas e íbamos al pueblo a ver a las chicas. Luego conocí a tu madre, al regresar del servicio militar. Fue aquí donde la presenté a mi familia y les comuniqué que íbamos a casarnos. Era verano.”

Año 1961
“Esto era una alquería mucho antes de que mi abuelo se instalase en ella. Los años y las guerras la convirtieron en una casucha. Mi abuelo la reformó y la hizo más grande, devolviéndole la condición de alquería que siempre debió tener. Había pertenecido a una familia pudiente. Todos los campos que la rodean, desde aquella acequia hasta el canal del río, les pertenecían. Y mi abuelo los trabajaba para ellos. Entonces llegó la República y la familia emigró. Los campos dejaron de tener dueño, aunque mi abuelo pudo continuar cultivando en ellos mientras pagara un impuesto. Aquí, donde está la puerta principal, se erige la casucha original. Todo lo demás, lo levantó tu bisabuelo con sus propias manos, a partir de las ruinas que había. La cochera, el almacén y aquella parte donde tú pasas ahora las noches de verano. También el patio interior… La primera alquería que levantaron aquí debió ser espléndida.” El niño contemplaba los ojos brillantes de su padre. Había algo en esa casa que le conmovía. No lo entendió, pero pensó que a lo mejor tenía que ver con hacerse mayor. Para él, al fin y al cabo, sólo era la casa donde pasaba el verano.

Año 2003
- ¿Estoy obligado?
- Es una expropiación forzosa.
- ¡Pero esta propiedad es de mi familia desde hace décadas!
- Ya, pero ha quedado absorbida por la urbe y…
- … y el ayuntamiento está deseando derruirla para construir cualquier cosa con muchísimo menos valor histórico.
- ¡No está demostrado su valor histórico! Si no, la indemnización sería mucho más generosa, teniendo en cuenta que ni siquiera está protegida. Porque si al menos lo estuviera, te podrías aferrar a eso, ¡pero no lo está!
- ¡A la mierda la indemnización! Demostrado o no, te digo yo que esta casa tiene al menos… tres…cuatro siglos… ¡quizá más! Y para mí personalmente, un valor sentimental incalculable.
- Lo siento, pero si es cierto lo que me dices, las remodelaciones realizadas por tus antecesores se han llevado por delante cualquier rastro de los siglos de historia que pudiese tener. Amén de las guerras o cualquier otro motivo de ruina.
- He pasado aquí veranos increíbles, ¿sabes? – respondió tras una pausa.
El abogado no dijo nada más. Y el cliente miró la casa con tristeza y con la sensación de estar fallándole a muchas de las personas que formaron parte de ella.

Año 1235
El joven árabe se había convertido al cristianismo. Dos razones le habían impulsado a ello: Elvira, la hija mayor del ceramista, y la tierra de Balansiya. Los reyes de la cristiandad se acercaban reconquistando tierras árabes y no quería verse expulsado por profesar una fe y no otra. Al final, la religión era lo de menos en su vida. Dar un buen servicio como albéitar en las caballerizas del Amir Muhammad le había reportado la única petición hecha a su alteza: las tierras de Manzil’Ata hasta el río. Vivir en ellas con Elvira era todo cuanto quería.
Allí, plantado en medio de sus hierbajos todavía vírgenes de producción, Abdulah vio venir a su amada con un canastillo bajo el brazo. La brisa procedente del mar le levantó los rizos castaños que cubrían su frente, porque no había forma de que quedaran enganchados al moño. Sonrió al joven en respuesta a su guiño de ojo:
- ¿Es aquí? – preguntó la chica.
- Aquí mismo.
- ¿Y qué vas a hacer con ellas?
- Trabajarlas.
- ¿Y tu oficio verdadero?
- Estas tierras son muy fértiles, hay agua cerca para regarlas convenientemente y el clima aquí es inigualable. Y te recuerdo que mi padre y mis hermanos son expertos agricultores. Me ayudarán. Hay que empezar por alguna parte, esto ya es mío, nuestro, qué más da si trabajo de agricultor o de albéitar.
- ¿Y la casa?
- La construiré justo donde estamos. En el medio de todo. ¿Qué te parece?
- Me encanta la idea. ¿Y cómo será?
- Lo más parecido a un palacio para mi Amirah. Y la heredarán nuestros hijos. Y los hijos de sus hijos. Será una casa tan bonita que nunca nadie la querrá destruir. Blanca, como tu piel, que invite al verano a quedarse.
- Yo no quiero un palacio, mi Amir. Quiero un hogar.
Se sentaron al sol de la mañana de San Juan. Elvira sacó del canastillo dos tomates, un poco de pan y un trozo de queso que partió para ambos. Y almorzaron soñando despiertos con un futuro hermoso… que terminó mil años después. En verano.



18-Judith

Hacía tiempo que el camino dejó de estar asfaltado, y el vehículo rodaba por una pista forestal. Los ojos del conductor se movían a ambos lados, fijándose en todo y recordando aquel paisaje una vez más. Dejó atrás una bifurcación y continuó por el camino que rodeaba el lago, hasta la casita de verano. Como otras veces, recordó la última vez que todos estuvieron allí, hace tanto tiempo.

Todos los años iban las familias a pasar unos días juntos en esa casa. No era la mejor de las que rodean el lago, pero estaba casi en la orilla y prácticamente al lado de un riachuelo cercano, lo que la hacía casi única. Siempre iban y se lo pasaban en grande, todos los años, todas las familias… Hasta que Judith desapareció.

El conductor sacudió la cabeza para quitarse esa imagen de la mente, y concentrarse en el camino que le llevaba a la casa. Ese camino apenas parecía transitado, y se dijo que tal vez, nadie ha recorrido esa vía desde que él mismo lo hiciera, el año anterior.

Judith… Recordó a esa alegre chica de su edad (en aquel entonces todos tenían la misma edad); sus coletas que insistía en seguir llevando cuando todas sus amigas pretendían peinarse de forma algo mas adulta; su jovialidad… y el caos que se desencadenó esa noche cuando faltó al recuento. Todo el lago participó en su búsqueda, la policía dedicó recursos y más recursos... incluso dragaron el fondo del lago por si acaso, a pesar de que ella era una excelente nadadora. Nada. Como tragada por la tierra. Sus padres nunca se recuperaron.

Tras pasar una última curva, la casa apareció ante sus ojos. Desvencijada, absolutamente destartalada. Ya no volvieron a reunirse ningún verano más, ni en esa casa ni en ninguna otra. E incluso la propia casa apenas volvió a alquilarse en cuanto se corrió la voz de lo sucedido. Tan solo algún cazador pedía algunos días en otoño, para la temporada, pero nadie más. Salvo él, por supuesto.

Todos los años, en la misma fecha, alquila la casa por 24 horas y vuelve a revivir ese día. Los dueños lo saben y ni siquiera le cobran la estancia; de hecho, últimamente ni hacía falta avisar. Ese día era suyo, solo suyo.

Bajó del coche y protegiéndose los ojos del sol, caminó hacia la aviejada estructura. Sin embargo, en vez de entrar en la casa, continuó más allá. Siguiendo el lecho del río, hasta una pequeña gruta donde jugaban siendo niños. Hacía años que la entrada estaba cubierta por piedras, pero aun así se agachó para entrar en el pequeño hueco.

No dudaba mientras retiraba las piedras, una a una. Sabía exactamente cuales debía retirar y cuales no. Por cada hueco que aparecía en la irregular pared, una escena se mostraba ante sí, recordando los gritos y los juegos de todos los niños en el embarcadero del lago, alrededor de la hoguera, las miradas furtivas que se escondían rápidas, vergonzosas, cuando empezaba a florecer la pubertad…

De repente dejó de retirar piedras. Lo que veía a través del hueco no era una roca, sino una forma blanquecina y lisa. Desde ese ángulo, podía ver que aun quedaba algo de cabello y medio brillaban los restos de un antiguo broche en forma de mariposa, que por entonces le prendía de una coleta. Tras comprobar durante unos minutos que tanto el cráneo como el resto del cuerpo seguían en la misma posición en la que descansaba durante los últimos años, volvió a cerrar la entrada de la cueva.

Una vez dejó la entrada de la gruta igual que la encontró, se sacudió la tierra de la ropa y se lavó en el riachuelo cercano. Volvió a su coche y maniobró hasta enfilar el camino de vuelta, con la satisfacción del deber cumplido.

Adiós, Judith. Hasta el año que viene.



19-A falta de una, dos.

Durante mis 29 veranos he disfrutado de diferentes casas de verano.
Yo me he criado en la costa, pero mis padres eran del interior de España y mis casas de verano estaban a mas de 500 Km. de mi residencia y en ella nos juntábamos o con mis abuelos paternos o con mis tíos maternos.
Consistía en dos pueblecitos de Castilla y León: Tardelcuende en Soria y Corullon en el Bierzo.
Nada tienen que ver el uno con el otro. Tardelcuende es mas seco, eso si, con una gran plaza del pueblo, el mejor polideportivo de la provincia y rodeados de bosques de pinos.
Corullon es “una gran calle” y nosotros estábamos en la otra punta del pueblo.
Me encanta decir que huele a boñiga de vaca, con grandes paisajes verdes y olores característicos como el de la higuera que teníamos al comenzar de la entrada a casa.
Las ortigas no se a que huelen, pero allí las hay a cantidad, cuantos potes de nivea habré gastado por atravesar por donde no debía. Circulan diferentes leyendas de que si pasas sin respira no te pican, estaba tan harto de ellas que no llegué a probarlo. Y para no estar harto si un día lavando el coche resbalé y fui a caer a un matojo de ortigas aun pego botes al recordarlo.
Estar en Corullon era estar entre animales: caballos, burros, vacas, gallinas, conejos, etc.
Aun conservo un buen amigo, del que guardo gran recuerdo, con mis aventuras montados los dos en su caballo, cruzando ríos y caminos para llevarlo al campo donde lo tenían.
Al vivir en la costa, en verano ya nos venia bien sitios mas fresquitos donde hace falta una chaquetita porque refresca, también recuerdo una agua helada, tanto en la piscina del polideportivo como en el rio donde nos íbamos a bañar en Corullón, donde te vas metiendo poco hasta la parte delicada, esa por debajo justo de la cintura y una vez ya rebosada te dejas caer para levantarte pegando saltitos.
De las casas en si, no podría decir mucho, las dos tenían su bodega o cuadra, donde cuando entrabas aun se podía respirar olor a vino y se estaba muy fresquito.
En cambio de lo que mas recuerdo es de coger la bicicleta desde casa para ir a todos los lados, era lo único que podía hacerme distraer, ya que los cuadernos de verano no daban para mucho. No faltaban las típicas caídas con sus arañazos y alguna que otra herida importante.
He tenido 3 bicicletas en toda mi vida y la que llevaba al pueblo era mi “motoreta 2” de gac.
No recuerdo quien eligió el modelo, era bastante peculiar sobre todo el sillín, aunque la relación piñón plato era muy dura y en las cuestas me quedaba atrás.
En Tardelcuende me juntaba con primos segundos o primos lejanos, con el mismo apellido, para ir en bici a los pueblos de al lado o a casas abandonadas y sobre todo al polideportivo. También hacíamos unas cucañas donde tenías que pasar por un circuito y llegar a un cable que cruzaba la calle y donde colgaban diferentes cintas con aros. Tenias que arrancar las cintas metiendo un palo por los aros. Pero claro, estaba en total desventaja, ya que el resto de circuito donde había la subida de detrás me perjudicaba.
Donde era un fenómeno era en las carreras de sacos, recuerdo mi abuelo trayéndome el saco para atármelo a la cintura y pegar saltos por un circuito. Gané el primer puesto los dos años consecutivos que participé y si a eso le juntas el quedar campeón junto a mi primo segundo en lanzamientos de huevos entre parejas, aquel verano, sin rascar ni una en las cintas de las bicis, me llevé la genial cantidad de 800 pesetas, siendo la envidia de todo el pueblo, que tiempos aquellos en que te lo gastabas en helados y que, al cambio, 5 euros te parecían un dineral.
Hoy en día debido a mi trabajo, que se concentra en verano, no puedo pegarme esas escapadas ya que para aprovechar tienes que marcharte una semana, ya que pierdes dos días en el viaje.
La casa de Tardelcuende la vendimos al fallecer mis abuelos, pero ahora disfruto de otra en Binefar, heredada por mis suegros, donde espero disfrutar de futuras anécdotas ya sea en primera persona o explicar en futuros concursos curiosidades con mis hijos.



20-Sola

Hacía tiempo que no experimentaba esa tranquilidad. Tirada encima de una colchoneta, en medio del agua de una pequeña cala sin nadie alrededor y escudada en mi factor cuarenta para que ni siquiera el sol osara importunarme.

Allí hasta el agua era tranquila, sin apenas vaivenes; su agua turquesa apenas se movía, protegida por una pequeña barrera natural de rocas un poquito más adelante.
Sin embargo, todo hemos tenido esa sensación, la sensación de que las cosas están tan tranquilas, que algo tiene que suceder. Levante un poquito la cabeza, y no vi más que la quietud de ese manto azul. Un extraño silencio rodeaba toda la cala.

De pronto, algo emergió detrás de mí; tan sólo oí el sonido del agua rompiéndose ante su irrupción y luego sentí cómo me agarraba. Apenas pude tomar aire cuando me sumergió con fuerza. Traté de zafarme y comprobé con estupor que aquello eran unos brazos. Alguien estaba intentando ahogarme.

Es la peor sensación del mundo; tratar de respirar para vivir y notar que hagas lo que hagas no puedes. Sientes cómo todo tu cuerpo se colapsa.

Logré escabullirme y salir unos segundos a la superficie.

- ¡Mamá, mamá! - oí gritar desde la orilla -.

Y de nuevo me sumergí. Abrí los ojos; la sal marina parecía querer abrasarlos. Enfrente mío vi una mujer, pálida. Sus largos cabellos oscuros ondulaban de cualquier manera entre las aguas. Su cara destilaba furia. Noté cómo me apretaba los brazos, y después me soltó violentamente.

Desperté. La cama estaba empapada en sudor, me incorporé respirando profundamente, con una presión que me atenazaba el pecho.

- Diego... - pensé inmediatamente -.

Y salí corriendo de mi cama.

Me paré a mitad del pasillo. El caserón estaba oscuro, y el pasillo estaba frío, tanto como para ponerme los pelos de punta en una cálida noche de agosto. Pensé que estaba volviéndome loca, y volví a mi cuarto.

Mentiría si dijese que no me tapé hasta los ojos, pese al calor, como si las sábanas tuviesen un poder mágico que hiciese que el miedo desapareciese. No era la primera vez que lo sentía en esa casa.

Había llegado el día anterior, y ya me pareció extraña, distinta a lo que vi en las fotos. Parecía la casa rural perfecta para pasar unas vacaciones. Alejada, tranquila, en medio de la nada y sin embargo cerquita del mar, ese mar que yo necesito para sentirme en paz conmigo misma.

Sin embargo, por dentro la casa era solitaria, fría, extraña... se oían ruidos que no sabía de dónde venían. Al principio pensé que eran los típicos ruidos que se tienen que oir cuando estás lejos de la ciudad. La acústica es diferente en todos los lugares, pero oía chirriar de algunas puertas e incluso alguna vez pensé haber visto una sombra que cruzaba de habitación a habitación.

No hice caso a nada de eso. Había estado sometida a mucho estrés durante los últimos meses.

Cuando el sol devolvió las luces a la casa, decidí armarme de valor y levantarme. Me dirigí a la cocina y ahí vi un papelito doblado. Encima, pintado con letra de niño un título rezaba: LA CASA DE VERANO.

Desdoble cuidadosamente la hoja y leí. No pude evitar mirar a izquierda y derecha. Un frío inusual recorría mi cuerpo.

"La casa de verano me gusta mucho, es grande, pero es bonita. Me gusta jugar y esconderme por ella aunque mamá no me deja entrar a esa habitación, dice que hay algo malo ahí adentro. Por fuera hay muchos árboles y muchas flores y me gusta la playa, el agua es tan azul que a veces no sé si es el cielo, aunque mamá me dice que no existe el cielo. Le he dicho que me deje en paz, que tú me gustas, que ojalá fueses tú mi mamá. Pero ella a veces no escucha... tú no le gustas. Ella hace daño a las personas que no le gustan. A mí no me hizo daño, pero no me dejó respirar. Me voy a jugar. Si no me ves es porque estaré escondido por algún lugar. Mi mamá me ha ayudado a escribir esta carta y ahora quiere decirte algo..."

La carta terminaba con unos trazos distintos; con una letra grande y violenta que ponía: VETE.

Sentí cómo se erizaban los pelos de mis brazos y cómo un aliento frío se alzaba por mi espalda... "vete"... creí oir en un susurro...

No recuerdo las cosas que dejé en esa casa; cogí las llaves de mi coche y salí corriendo por los pasillos, con la horrible sensación de que alguien me perseguía, como cuando abres el armario con espejo del baño y al cerrarlo crees que alguien se va a ver reflejado detrás, como cuando piensas que alguien te va a salir de cualquier esquina y se te ponen los pelos de punta solo de pensarlo.

Cuando cerré la puerta de entrada, un pequeño vaho se hizo a través de la mirilla. Salí corriendo, tuve que intentar al menos tres veces atinar con las llaves de mi coche, y al arrancar dejé una tremenda polvareda como último presente para aquella casa.

Miré por el retrovisor, asustada, y vi con alivio cómo todo aquello quedaba atrás. No tengo hijos, no conozco a ningún Diego, y nunca sabré quien era aquella señora que me miraba con furia debajo del agua en mis sueños. Pensé de nuevo que quizás estaba volviéndome loca.

Hay quien dice que los lugares por los que pasas te marcan de por vida. Yo llegué cargada de problemas que no significaban nada.

Mi coche vuela a través del camino arbolado que me lleva de vuelta a la civilización. A mi lado, un papel con un corazón dibujado. Hacía dos minutos, no estaba ahí.



21-Nessarose.

La cabeza me vibra contra el cristal. El ronroneo del motor me mantiene atrapado en una sudorosa e incomoda duermevela. Pongámosle banda sonora a este viaje. El Capitán Beefheart comienza con “When Big Joan sets up” a trescientos veinte kilobytes por segundo mientras repaso mentalmente los mil y un motivos por los que mi vida se ha transformado, de la noche a la mañana, en una rotunda y gargantuesca mierda.
Sofía me ha dicho que necesita “pensar” sobre lo nuestro -y todos sabemos lo que eso significa-; mi gato se ha tirado por lo ventana del patio interior -desde un quinto piso-; el bastardo de mi jefe planeaba dejarme sin vacaciones cuando me vi obligado a mearme en su café -por lo que ahora encuentro las mañanas algo desocupadas-; mis vecinos me han denunciado a la protectora de animales -por lo del gato, quiero creer-… Ahhh, y se me olvidaba, un tío-abuelo nosémuybienporpartedequién ha tenido la maldita ocurrencia de morirse, dejándome en herencia su gran caserón indiano, viejo que te cagas.

Me bajé del autobús poco antes del anochecer, somnoliento, y arrastré mis pies por las aceras hasta llegar al puerto. Luarca, este pequeño pueblo pesquero, con sus barcos de pesca, sus pescadores, su pescado, sus movidas de pesca… siempre sacaba de mi cierto espíritu lovecraftiano, y nada tiene que ver con ello aquella vez que me ligué a una chica con cara de sardina en las fiestas de San Timoteo. Seguramente sea debido a que mi adolescencia puede resumirse en tres sencillos puntos, a saber:
1º la masturbación, 2º los porros, y 3º “Los Mitos de Cthulhu”.
Ni la brisa del mar me soplaba a la cara. Negros nubarrones de verano se apiñaban sobre el pueblo y los pelos de la nuca se me pusieron como escarpias. Olía a tormenta
Enfilé una estrecha calleja y comencé a ascender por un serpenteante camino. Las casas se apilaban por la ladera de manera caprichosa, casi escheriana. Las ventanas llenas de geranios, las fachadas pintadas de blanco, las puertas cerradas a mi paso. El puerto cada vez se encogía más y más, hasta volverse motas de luz bajo un crepúsculo de auténtico mal rollo.
Cuando coroné el último repecho, mis pulmones abiertos vibraban como la vejiga de una gaita, así que me encendí un cigarro para mitigar la excitación. Según las instrucciones del abogado, había llegado. Con calma, fui rodeando el cochambroso muro hasta encontrar el portón de entrada. El letrero, todo desvencijado, rezaba: “Villa Dorotea”.
Empujé el gran portón de hierro forjado, primero con el pié y luego con el hombro. Chirriando, me dejó pasar y así me encontré en medio de un auténtico vergel abandonado. La hierba que en altura alcanzaba mi cintura, parecía haberse tragado cualquier tipo de sendero. Las ramas de viejos árboles frutales, retorcidas y secas, proyectaban caprichosas sombras que habrían hecho las delicias de Tim Burton. Avanzaba acompañado del canto de los grillos. Algo me helaba la sangre. En medio de aquella hectárea de terreno, se encontraban las ruinas del caserón familiar. Madera centenaria y piedra más oscura que la muerte, sí, sé que suena ominoso y tal, pero intuía que aquello no era lo más aterrador que iba a encontrarme, no a menos que me apellidara Usher, que no es el caso.
Como si el ojo de un huracán veleidoso hubiese venido a posarse sobre mí, un claro de luna irrumpió en tan particular escenario, iluminando de forma que se me antojaba calculada, algo que hasta el momento se me había escapado. A mi derecha, como a cien metros de mi posición, se encontraba otra estructura, una construcción a todas luces fuera de lugar.
Se trataba de una casita de madera, muy bien conservada, como recién pintada de un límpido blanco, dañino. Parecía sacada directamente del midwest americano. Las sienes me palpitaban, la sangre se agolpaba en mi rostro y el sudor perlaba mi frente. Algo extremadamente familiar acechaba. Presa de un terror atávico y desproporcionado me llevé otro cigarrillo a los labios, pero jamás lo llegué a encender. Sin apenas ser consciente, movido como en stop motion, estaba ante la puerta de aquella casa. Esta peli yo ya me la había visto.
Con pasos cortos e intermitentes, me aproximé a una esquina de la fachada e incliné la cabeza para ajustar el ángulo de visión. Primero vi aquellos zapatos de rojo carmesí, desafiantes como la sangre, con las punteras retando al cielo. Los seguían unas medias de franjas blanquinegras que parecían querer burlarse de los ojos que en ellas se posasen. Piernas inequívocamente femeninas que por momentos menguaban o estiraban en longitud, pero nunca más allá de la madera que aprisionaba el resto del cuerpo aplastado que allí imaginé.
Pude oírme ahogando un grito. Giré sobre mis talones y corrí. Me movía como el viento. Salí de la finca dejando a mi espalda el portón abierto como la boca de un lobo. En vez de volver por dónde había llegado, me arrastré incluso sobre mis manos, descendiendo por un talud lleno de artos y ortigas. Temía que si detenía mi huida, aún tan sólo un segundo, terroríficos monos voladores cayeran sobre mí. No podía detenerme. No debía.

Y así llegué de nuevo al puerto, manteniendo una alocada carrera que me llevó al borde justo, justo al final del espigón. Me habría precipitado al agua del Cantábrico de no ser por una fresca mano aferrándose in extremis a mi muñeca. Estaba conteniendo la respiración. Reconocía aquel tacto. Un alubión de recuerdos chocó contra mí. Verano. Playa. Amigos. Juventud. Un cine de barrio. Un beso. Terrores nocturnos.
-¡Hey! Pirata, estás hecho un asco –dijo Laura con su hermosa sonrisa bajo la luz de las farolas.
Una amiga de la infancia, quizá el primer amor, de todas, un rostro conocido. No, una versión mejorada. Sus ojos eran de otro mundo, de un futuro que se hacía presente. Aún sujetándome, me devolvió la cordura. Apunto estuve de echarme a llorar.
-¿Todavía tienes miedo de las brujas? –me preguntó.
-Sólo de las malvadas –atiné a contestar y nos quedamos en silencio, apenas un minuto. De pronto, sentí la necesidad de sentir su aliento cerca de mí. Deseé detener el tiempo, esperar así para siempre al amanecer. Estaba de vuelta en casa.
La abracé con energía y oliendo el reconfortante aroma de su piel, susurré a su oído: -Toto, realmente no hay lugar como el hogar.



22-Recuerdos salinos

El cuchicheo de las notas que traía el aire desde el horizonte bicolor transmitía versos que sonaban a tristeza.

Millones de granitos chocaban contra las rocas mustias, trasladando poco a poco las dunas de una arena que ya no lucía los adornos de las pisadas alegres y revoltosas; apagada, descolorida y triste, como las notas del viento y los sentimientos que se escondían tras la mirada melancólica de Alfonso, sentado en esas mismas rocas, inmerso en infinidad de recuerdos vividos justo donde ahora dirigía su vista, frente a él, desde esa improvisada butaca, como si pudiese volver a ver fotogramas de su infancia.

Todo había cambiado. Es la ley de la vida, esa que nadie nos explica pero comprendemos porque el paso del tiempo nos lo va mostrando.

Las tonalidades del mar cambiaban con el movimiento de las corrientes, bajo la luz de un sol esquivo y tímido que se asomaba sin ganas por entre el gris de un cielo a punto de llorar.
Detrás de Alfonso se abría ahora un vacío, el mismo que colmaba su interior; un vacío ocupado antaño por todo lo que fue su vida. Y a su alrededor, un paraje aceitunado parecía agradecerle tantas cosas que hasta se escuchaba murmurar mil gracias al contacto con la brisa.

Nunca había pensado que el lugar en el que nacieron tantos recuerdos pudiese hacer algún daño, pero otros habían decidido por él, y aquella decisión fue tajante y demoledora; como las máquinas que pusieron fin a décadas de añorada alegría, destruyendo piedra a piedra la viva imagen de sus preciados recuerdos.

Duele la nostalgia robada; aplastada bajo los escombros de las leyes humanas.
Alfonso oía reverberar las risas de muchos años atrás, entre castillos de arena y estrellas de mar, mezclados con los atronadores zumbidos de la excavadora que, lentamente iba desmontando el puzzle que formaba la parte principal de una estampa colorida y feliz; y mientras una lágrima resbalaba por su mejilla, cerró los ojos, respiró hondo para llenarse los pulmones de un embriagador aroma a paz pensando que la felicidad vivida es camino andado, y respondió al murmullo del viento susurrando que su casita se encontraría siempre en su interior, donde nadie podría llegar jamás para destruirla.
Y sonrió.



23-Recuerdos de un olvido

Esos días solía despertarme con el leve sonido del piano. Sabía que me encantaba y que oírlo me relajaba. Ella vivía lejos de nosotros; siempre que podía pasaba temporadas en su casa para hacerle compañía pero ante todo porque me apetecía. Era su tiempo, era nuestro tiempo. Sólo suyo y mío.

Recuerdo la sensación de tener sus manos sobre las mías intentando acompasarlas a las teclas para enseñarme a tocar alguna canción. Esas de película en blanco y negro que tanto le gustaban, pero que por más que lo intentaba, de mis dedos sonaban tan mal. Hoy las vuelvo a escuchar y no puedo evitar emocionarme.

Los veranos se hacían especial a su lado. Mis hermanos, ya mayores, no querían volver al pueblo. Yo simplemente era feliz allí, a su lado. Recetas, lecturas, palabras de ánimo, risas, llantos, películas, cine... Todo a su lado se hacía especial. Aún siento las cosquillas que tenía que hacerme para que me quedase dormida. Me pegaba a su lado y con infinita paciencia me acariciaba la cara hasta que me tenía que llevar a su cama. Cada noche.

Adoraba la cocina. Los olores se agolpaban en mi nariz, acentuados por el calor del verano. Ese pequeño cuadrado se convirtió en nuestro espacio; las confidencias, mis primeras veces, el colegio, el instituto, mi infancia, el amor, la adolescencia, la incomprensión, su vida, la nuestra. Todo pasó delante de esos fogones. Todo quedó entre esas cuatro paredes y dos personas.

Y es que, a pesar de su edad, no permitía que parase un segundo. Siempre atenta, cuidando cada detalle. Nunca la escuché quejarse ni tener una mala palabra. Que poco aprendí entonces y cuando lo valoro ahora.

Los recuerdos se me amontonan en el corazón y las lágrimas en los ojos. Como ley de vida también se tuvo que marchar y dejarnos sin su compañía. Pero me legó la mejor herencia; su tiempo, su dedicación y su sabiduría. 



Abuela, son éstos los recuerdos que robaron de mi vida y los que jamás podré tener de ti porque no tuve la suerte de conocerte... estés donde estés, gracias por cuidarme y estar siempre conmigo. Espero que puedas estar orgullosa de mí.


24-De miradas que aún no existen

Debí de imaginarme a Ingrid, por primera vez, como una joven, ya no tan joven. Se encontraba en esa época en que los restos del desparpajo que había ido gastando durante casi veinte años comenzaban a fundirse lentamente al prender la llama, todavía azul, de la experiencia. Poco me importaba el color o la forma de su pelo. En realidad, lo poco que reconocía en su aspecto eran sus enormes ojos, negros como la piel teñida del deshollinador. No podía confiar todos mis recuerdos a una mirada huidiza, por eso Ingrid tenía que saber mirar y al hacerlo, conseguir que tú la miraras a ella, aún cuando parecía que nada de cuanto hablaba tenía sentido. No sé por qué quise un día imaginármela con sombrero marrón y un traje color crudo que se ceñía a su cintura y esa imagen, me inspiró para seguir imaginándola. Imaginé, ya puestos, la casa que tenía. Lo hice porque era consciente de lo peligroso que era entonces para mí el simple hecho de recordar. “Si no te agrada lo tuyo”, pensé, “no conviene evocar lo que ya no es tuyo”.


Así fue como llegué una día hasta su puerta y llamé al timbre. Es cierto que llegué a pensar que habría en ella algo más que una voz y una mirada imaginaria, después de quitarse el sombrero para recibirme, como si la recién llegada hubiese sido ella y no yo. Curiosamente, yo pretendía que tuviera una belleza de un solo color, reservada a la talla en marfil de los camafeos. Pero ella quiso ser una musa del cine en escala de grises, la actriz protagonista, ni más ni menos. Comprendí entonces que le había dado cada pieza de mi memoria como parte de su guión.

De la última vez que estuve en casa de Ingrid no guardo ninguna de las tres fotografías que ella me tendió, para romper una vez más su silencio. Seguía fingiendo que no le importaba nada el paisaje, ni la gente, ni tan siquiera aquellos tiempos de los que me hablaría a continuación. No hace mucho que descubrí por qué al final, esas fotografías siempre acababan desapareciendo del estuche de hojalata donde yo las guardaba.

Pero Ingrid siempre tenía nuevas fotos para mí, y antes o después de que desaparecieran las que me había dado la última vez que había ido a verla, Ingrid había preparado ya el té y dejado su sombrero en cualquier esquina imaginable del salón. Nunca perdía de vista su enorme cofre tallado, encadenado de cerraduras como de perlas el cuello de una vieja vedette. Nadie sino ella conocía, por entonces, las historias que anidaban sobre el terciopelo verde del interior. Evidentemente, yo también las conocía, pero hacía lo posible por fingir que no las recordaba, que nadie sino ella guardaba las llaves del cofre y decidía el momento y la manera de compartirlas conmigo. Eran todas recuerdos, ¿Qué otra cosa si no? La clase de historias que todo el mundo tiene, historias de un blanco y negro corrosivo, enredadas unas con otras por medio de nudos y claroscuros, retorcidas sobre ellas mismas e inscritas en papel de foto. Sonrisas forzadas, plazas de noche, cafés sin humo que hablarían de nosotros mañana o en cuestión de siglos. Disponía sobre su regazo el cofre encadenado, yo escuchaba girar una llave tras otra y finalmente Ingrid entregaba su mirada imaginaria y su voz a cada una de aquellas historias.

Yo disponía de todo el tiempo que quisiera para escucharla, mientras la garganta de su sofá se resistía a tragarme del todo. Sin embargo, así como la nieve, cuando se derrite en silencio bajo un sol prematuro que no quita la fiebre, nunca supe cómo decirle adiós.

La casa de Ingrid era como uno de aquellos primeros barcos de vapor. Parecía que estuviera construida sobre un terreno incierto, esperando el desembarco en otro puerto más seguro. La propia Ingrid hablaba como si fuéramos a cruzar el Atlántico, flotando desde la primera hasta la última de sus palabras. Las paredes del salón parecían sufrir el acoso de cuatro cañones de diapositivas. Una foto tras otra, a cada lado, cubría los misterios del gris hormigón de los muros desnudos. Las caras, la ropa y el lugar eran distintos cada cinco segundos. El tiempo, sin embargo, era en este caso el mismo para cada una de ellas. Sobre la repisa, una hilera objetos roncaban, en puertas de que nadie fuera a acordarse de sus nombres: en su mayor parte se trataba de figuras decorativas, a excepción de un gramófono que arrastraba su aguja en torno a una canción sin final ni principio. Cristal, porcelana, vinilo, infinidad de espejos que enfocaban hacia todas las direcciones, objetos que seguramente habrían llegado a su salón dentro de cajas con la etiqueta de “frágil”. De haber habido un reloj en su casa, estoy segura de que hubiese sido un reloj de péndulo y de que su aguja conocería la esfera en ambos sentidos. Más de una vez he creído que había algo hipnótico en los ojos de Ingrid, algo como dos minas de plata vieja oscilando para arrancarte cada secreto sin esperar tu beneplácito. Más de una vez he creído que en su casa el tiempo retrocedía poco antes de avanzar.

De la última vez que estuve en casa de Ingrid no guardo ninguna de las tres fotografías que ella me tendió, para romper una vez más su silencio. Pero recuerdo cada detalle de todas ellas. Correspondían a los tres últimos veranos, en Barcelona, Berlín y Cannes, por ese orden. Inmediatamente reconocí el pequeño escenario que se trasponía en cada una: una estrecha calle de libreros que todavía ocultaba los demonios de sus mejores épocas, un parque poblado de ardillas que huían del turista más despreocupado y el escaparate de una confitería típicamente francesa, de camino a la playa. En ninguna parecía ser consciente de que me fueran a retratar en cuestión de segundos. Recordaba haber estado en cada uno de esos lugares pero estaba casi segura de que jamás había visto ninguna de aquellas imágenes. Levanté la vista de las fotografías y creí notar entonces, en la mirada imaginaria de Ingrid, un círculo de luz que se consumía. Imaginé que me miraba con la inquietud de quien empieza a contar hacia atrás, como si me obligara a pensar rápido, a descubrir la respuesta a un acertijo antes de que la luz se apagara y sus ojos comenzaran a enfriarse.

Debieron de pasar un par de minutos antes de que ella dijera algo. Algo que ahora no recuerdo, pero sé que, fuera lo que fuera, me llevó a pensar en las primeras fotografías que Ingrid me tendió, para romper una vez más su silencio. Me vi otra vez guardando en el fondo del estuche de hojalata cuatro fotografías en las que no parecía posar. No parecía recordar tampoco haberme fotografiado en ninguno de aquellos cuatro instantes. Conocía, sin embargo, el cuándo y el dónde, e incluso el con quién que acompañaba a cada imagen. En las siguientes idas y venidas a casa de Ingrid llegué a acostumbrarme a la fragilidad del mobiliario, que no hacía sino ocultar la evidencia de cada falso instante y de cada recuerdo auténtico. Llegué a acostumbrarme también a su voz pausada y clara y al influjo nocturno de su mirada imaginaria. Creía, además, que todas las fotografías que ella sacaba del interior del cofre eran reales, que existían de verdad. Terminé aceptando también el hecho de que todas ellas desaparecieran del estuche de hojalata, antes o después de que Ingrid preparara el té para el que sería nuestro próximo encuentro en su casa. Su casa, que acabó siendo, con razón o habiéndola perdido por completo, mi nueva casa de verano.

Habían pasado prácticamente quince minutos desde que Ingrid dijo aquello por lo que empecé a recordar nuestra historia desde el principio. Quince minutos en los que había perdido de vista a la Ingrid que me había abierto la puerta de su casa esa misma tarde, así como a las cinco y media. La imaginé con un vestido igual al que había visto a Marilyn Monroe en una de sus primeras fotografías: corto, de un azul atardecer, con pequeños lunares blancos que casi no se veían y dos finos tirantes. Me desconcertó encontrármela, de repente, sentada a mi lado en el sofá. Dibujaba círculos con la mirada, como si hubiese prestado sus ojos a la lente de un calidoscopio manchado de tinta. No recordaba haberla imaginado muchas veces tal como ahora la estaba viendo, sin siquiera el enorme cofre tallado sobre su regazo.

“Efectivamente, no son reales”, empezó a decir, “Ni estas últimas ni ninguna de las fotografías que has creído guardar. No hay aquí nada más real que tus recuerdos”, siguió, y me extrañó lo mucho que le había costado confesarlo. “¿Sabes? Recordar no es tan peligroso como crees, lo peligroso es no dejar de hacerlo”.

Vuelvo a recordar estas palabras siempre que llego a casa después de revelar las fotos de las últimas vacaciones. Recuerdo también que aquella tarde, una vez más, me marché sin saber cómo decirle adiós. Me quedé un momento muy quieta en el porche hasta que la puerta se cerró. Creo que para entonces ya sabía que aquella tarde había pasado a formar parte del catálogo de “últimas veces”.

Ahora, una habitación de hotel con vistas al corazón de una ciudad fotogénica se ha convertido en mi nueva casa de verano. Vuelvo a recordar a Ingrid tal como me la imaginé de tarde en tarde, siempre que vuelvo a casa después de revelar las fotos de las últimas vacaciones. Después, me siento en el estudio y busco su belleza de actriz protagonista en escala de grises, entre la de tantos perfiles desconocidos atrapados en papel de foto.



25- Tan solo mis recuerdos

Nunca he sabido lo que es pasar los veranos en un sitio que nos sea mi casa, la de todo el año, la de mi pueblo. Normalmente, la economía no nos daba para hacer viajes, así que me tenía que conformar con pasarlos donde siempre, pero de una manera diferente, eso sí. Y la verdad es que al final, no era tan malo.


Vivía en una de las zonas más frías de España. Allí, en invierno, apenas salíamos de casa, solo lo justo, para ir al instituto, a trabajar, a la compra o a tomar un chisme al bar de abajo. Por eso los veranos eran especiales, el tiempo siempre acompañaba y ya no éramos solo cuatro gatos, las calles se llenaban de forasteros. Forasteros que sí tenían un lugar distinto al que ir en vacaciones, todo hay que decirlo.

Como nunca me quedaba nada para septiembre, tenía dos meses enteritos por delante para disfrutar. Mi verano comenzaba con la noche de San Juan, recuerdo que la celebrábamos con todos los vecinos de manera especial, adornábamos la calle con las típicas banderitas para fiestas y hacíamos una hoguera, no muy grande, pero suficiente, donde aprovechábamos para deshacernos de todo lo negativo. Solíamos escribir un papel con nuestros deseos, yo siempre pedía lo típico: salud, dinero y amor, aunque debo reconocer que alguna vez tenía el atrevimiento de ir más allá y pedía que mi equipo ganara la Copa de Europa.

Me gustaba madrugar, sentir el fresquito de las primeras horas de la mañana, y desayunar con el canto de los pájaros de fondo. Todo un lujo. Después, solía ir a la piscina, donde me encontraba con mis amigas. Había veces, que pasábamos tanto tiempo en el agua, que se nos arrugaban todos los dedos, no nos importaba.
Me gustaba mucho ponerme morena, lo malo es que me salían pecas y más de un gracioso me decía que me parecía a Pipi Calzaslargas. Me daba igual.

Las tardes las pasaba viendo el Tour de Francia con mi hermano, éramos muy aficionados al ciclismo, nos sabíamos todo sobre los corredores, los puertos de montaña, las cronos...y hacíamos apuestas sobre quién ganaría. Cuando el Tour terminaba, llamaba corriendo a mi abuela para ver juntas la telenovela, ¡cuántas habremos visto! Esto es algo que nos gustaba mucho, aun recuerdo lo mucho que me asustaba que se pusiera tan nerviosa cuando salían las malas, ¡me daba un miedo horrible que le pasara algo!

Las noches eran especiales, al ser un pueblo, los niños estábamos acostumbrados a salir a jugar a la calle hasta muy tarde desde una edad muy temprana, antes no pasaba nada. A medida que nos íbamos haciendo mayores, los juegos inocentes pasaban a ser charlas de “casi adultos”, en las que todos compartíamos nuestros sueños, miedos e inquietudes.
Cuando ya parecía que el verano se terminaba, venía el plato fuerte: las fiestas del pueblo. Recuerdo con mucho cariño la ilusión del primer día, el olor de la ropa blanca recién planchada, con su pañuelo y su fajín, siempre impecable. El pregón se nos hacía siempre eterno, ya que queríamos que llegara cuanto antes el pasacalles, que venía justo después, esto era un desfile que hacíamos todas las peñas, en el que cantando y bailando paseábamos por las calles principales. Al final, acabábamos siempre empapados porque durante el recorrido, pedíamos cubos de agua a la gente que nos veía desde los balcones.

Una de las cosas que más me gustaba hacer en fiestas era ir a bailar a la Plaza Mayor, allí nos reuníamos todo el pueblo a bailar un baile típico que tenemos, “la ruleta”.
En cuanto a las orquestas, no solían ser demasiado buenas pero las ganas de pasarlo bien podían por todo. En el descanso, solíamos darnos una vuelta por las atracciones de feria, a mi no me gustaba mucho ir porque como me daban miedo las alturas, solo me montaba en los coches de choque, así que la mayoría de las veces las tenía que esperar sentada en el bordillo de una acera comiéndome un cucurucho de churros.

¡Que grandes momentos!

Todos estos recuerdos siempre viajarán conmigo, y al igual que ahora, irán acompañados de esta pequeña gran sonrisa que ahora se dibuja en mi cara.



26-Relato corto: La casa de verano

Aún le quedaba una media hora para llegar a su destino, una casita en la playa que había comprado su padre a finales de los ochenta, pero ya le llegaba el olor del mar, así que bajó la ventanilla del coche, subió el volumen de la radio y se dejó llevar por los recuerdos que inundaban su mente: el día que sus padres le dijeron que no se quedarían en Madrid en verano, el largo viaje en el viejo seat de su padre y el olor a tabaco que llenaba el vehículo, las insidiosas preguntas de su hermano y sus ¿falta mucho? (...). Una llamada de teléfono lo devolvió a la realidad:

- Miguel, ya estoy llegando
- Te llamo para decirte que me queda un rato, he pillado algo de tráfico y calculo que me quedan un par de horas.
- No te preocupes, te espero en casa.

No le extrañaba que su hermano llegara tarde, de hecho siempre hacía lo mismo y a lo largo de los años había desarrollado el don de inventarse excusas convincentes sobre la marcha.

Cuando finalmente llegó a su casa, no pudo evitar que un sentimiento de nostalgia le embargara. Desde que su madre falleciera siete años atrás nadie había vuelto a aquél lugar y al pisar de nuevo la entrada del apartamento volvió a sufrir otro momento de reminiscencia que le llenó del sentimiento de felicidad melancólica que sólo los buenos recuerdos son capaces de producir. Como hacía un día muy bueno decidió bajar a la playa a estirar las piernas, que después del largo viaje las tenía agarrotadas.

El paisaje que recordaba y que fue uno de los motivos que llevaron a la compra de la casa, ahora lucía bien diferente y había pasado de una playita tranquila con pocas personas y cuatro casas mal contadas, a una playa rebosante de gente, en la que allí donde se mirara sólo se veían complejos hoteleros, casas aglomeradas y largos bloques de pisos que se extendían a lo largo de toda la cala. “Mi pequeño Valhalla”, lo había llamado su padre, haciendo alusión al paraíso de los guerreros nórdicos, se había convertido en un clon de “la Playa del Inglés” de Gran Canaria. Aunque a él la realidad no le chocó tanto, ya que el motivo del viaje era para discutir con su hermano la venta del inmueble y es que con una vista envidiable, la casita de verano de su familia y el amplio terreno que ésta tenía era una golosina para los promotores e inversores de la zona, que desde que había empezado el “boom” inmobiliario cuatro años atrás, le habían estado atosigando tanto a él como a Miguel para que les vendieran la parcela informándoles de los continuos cambios que estaba sufriendo la zona y lo mucho que podrían beneficiarse con un buen trato. Durante todo ese tiempo, ni siquiera se llegaron a plantear vender la casita, ya que ninguno tenía problemas financieros y la finca tenía un gran valor sentimental; pero una serie de negocios e inversiones infructuosas de su hermano que le habían dejado prácticamente en la ruina, hizo que se replantearan la situación.

Cansado de pasear y para hacer tiempo, se paró en uno de los chiringuitos cercanos y se pidió una cerveza bien fresquita y unas gambas para picar. Un grupo de niños que jugaban a hacer piedrillas le recordaban a su infancia y a sus propios hijos le arrancó una sonrisa y, aunque desde el fondo de su alma quería decirle a su hermano que no vendieran la casa, la imposibilidad de comprarle su parte por el mismo precio que le ofrecía el promotor y sabiendo que éste necesitaba el dinero, le devolvió a la realidad al tiempo que volvía a sonar su teléfono: Miguel había llegado y con él el momento de decirle adiós a su vieja casa de verano.