martes, 24 de agosto de 2010

JUGUETES ROTOS

Hola!!
Como va ese verano?? Espero que bien, y que hayáis encontrado la forma para no pasar mucho calor, porque... ¡vaya días de caló!

Bueno, tercer tema. ¿Éste ha sido mas complicado eh? O ha sido el calor que no deja pensar??

Lo digo porque ésta semana contamos con mas bajas, y, la verdad es que me ha dado mucha pena, pero aquí no obligamos a nadie, así que, solo decir a los que nos han dejado, que sentimos pena por ello, y a los que continuáis... bueno, daros las gracias por seguir.

Las nuevas bajas son: Perfecto Idiota, Malahe, Urei, Picomike, Belle en Rouge, Jachochi y La niña del sur .
A todos ellos, gracias por haber participado.

Y ahora, vamos a lo que vamos.

Aquí os dejo los textos de ésta semana. Siento mucho si la letra no es la misma en todos, pero es que, entre que tengo poquísimo tiempo para sentarme delante del ordenador, y que cuando me pongo, no tengo forma de que todos se queden igual...
De todas formas, no hay mucha diferencia.. jiji.

Besos a todos y de La Rizosa también , eh? que está de vacas y bien merecidas.

Ále, ya sabéis que contáis con una semana para votar, ok?




1. EL ESCALOFRÍO


A los siete minutos de haber nacido, escuchó el que sería el primero de todos los
disparos que vendrían después.
Intentó levantarse, pero sus inseguros músculos de potrillo —aún por estrenar—
lo devolvieron al suelo en un revoltijo de patas con poco de dignidad y mucho de
gag cómico. La ubre le pareció entonces un objetivo fresco y libre de pólvora, y
una vez agarró la tetilla sació su sed de leche e intriga a partes iguales.
A lo lejos seguían los disparos, seguidos de unos ruidos que hacían pensar al
pequeño purasangre en fardos desplomándose. Pero cualquier potro con la tripa
llena ignoraría más o menos rápidamente aquel extraño escalofrío en el lomo y
se abandonaría a la lengua rugosa —y sin embargo confortable— de su madre.
Y así fueron muchos de los días de Zar. Disparos. La blancura cremosa de la
leche dejó paso al verde fibroso de la hierba. Disparos. Carne y tendones tejían
su arquitectura en torno a su esqueleto desmañado. Disparos. Las primeras
herraduras. Disparos. Poco a poco, su sangre de carreras borraba, en artística
inundación, las líneas torpes del potro, descubriendo a su paso la elegante
silueta del adulto. Disparos.
Y, por supuesto, el escalofrío.
Un día, a Zar lo llevaron al establo más grande que había visto jamás. Los
caballos y sus diminutos dueños se engalanaban con brillantes colores. Zar,
inquieto, se dejó conducir a unos extraños cajones con un estrafalario personaje
—extraño también— sobre su grupa.
Entonces sonó un disparo.
Se abrieron las portezuelas. Una estampida de cascos y velocidad enfiló el vacío,
desprendidos ya de toda conciencia, puro músculo e instinto; y Zar hizo otro
tanto, contagiado por la locura de sus congéneres.
Minutos más tarde, mientras todo el mundo quería felicitar y hacerse una foto
junto al jockey vencedor, su confusa montura recordaba un disparo; sí, una
carrera desenfrenada, sí, una victoria, también; pero, ¿y el escalofrío?
No volvió a sentirlo jamás en sus muchos años de rey del hipódromo e infinitos
disparos de salida, hasta que una mala caída inutilizó una de sus patas traseras.
Cuando se fue el veterinario, su dueño avanzó hasta él amartillando una
escopeta.
Y entonces, un recuerdo con sabor a leche trajo consigo el último escalofrío



2. FUE SIN QUERER

Me despierto lentamente, envuelto en la niebla que produce mi aturdimiento. No sé ni dónde estoy, ni por qué he llegado aquí. Intento levantar un brazo… no puedo ¿estoy atado?

Hagamos memoria. Estaba en la tienda donde trabajo. Había entrado un segundo en el almacén cuando me pareció escuchar la puerta. Salí, pero no había nadie. Me disponía a entrar de nuevo en el almacén cuando escuché un ruido, sentí un dolor sordo y después… la nada.
¿Qué está pasando? No entiendo nada. Creo que nunca he hecho nada malo, nada que haya podido crearme enemigos. Y soy un simple trabajador sin ahorros, así que malamente pueden sacar un rescate por mi persona…
Se abre la puerta. Entra una figura femenina.
--Vaya, por fin te despiertas. Creía que no te había dado tan fuerte
--¿Qui… quién eres? –balbuceo.
--¿Ya no te acuerdas de mí?
--Si me conocieras, sabrías que soy muy malo para reconocer rostros. Es difícil que te reconozca si hace mucho que no nos vemos.
--Bueeeeno, vale, tienes razón. Soy Vanessa.
La miro con más atención. Por mi vida han pasado media docena de Vanesas o Vanessas, que cada una se escribía de un modo distinto. En principio no reconozco cuál de ellas es, pero al menos sólo tengo que recordar y analizar media docena de rostros.
No puede ser. ¿Es…?
--¿Nane?
Asiente con la cabeza. Y sonríe… una sonrisa que asusta
Retrocedo mentalmente en el tiempo. Nane era mi gran amiga de la infancia. Bueno, más que eso, Nane era mi novia, o aquello que llamaba novia con ocho años de edad.
--En otras circunstancias me habría alegrado verte –le espeté.
--Yo me alegro de todos modos.
--Pero… ¿por qué todo esto? ¿Por qué me atas?
--¿De verdad no te acuerdas?
--¿De qué? –Intentaba recordar cada uno de los momentos de hacia cinco lustros que habíamos compartido, pero no era capaz de recordar nada que pudiera desembocar en… esto.
--Del día que te marchaste.
Eran finales de marzo. Nos mudábamos porque a mi padre lo habían trasladado a la otra punta del país. Ya habíamos vendido la casa, ya teníamos alquilada una en Lugo y la mitad de nuestros trastos estaban de viaje. Nosotros salíamos al día siguiente.
--Pasé toda la tarde en tu casa –dije--. Jugando mucho y hablando poco. No quería despedirme de ti… era muy duro.
--Para mí también lo era. No quería que te fueras.
--A las ocho vino mi madre para decirme que ya era hora. Tenía que bañarme, cenar y acostarme pronto, porque teníamos que madrugar bastante. Me entraron ganas de llorar. Como no quería que me vieras llorando como una niña, dije adiós, te di un beso y salí corriendo.
--Y tropezaste
--Si… casi me mato. Me levanté lo más rápidamente posible, y salí corriendo de la habitación.
--¿No viste con qué habías tropezado?
--No.
Se acerca mucho, tanto que su cara estaba a pocos centímetros de la mía. Podía oler su aliento mientras me contestaba:
--Sólo tenía dos cosas importantes en este mundo. Tú y mi Barbie. Cuando saliste corriendo aquella tarde, le pisaste la cabeza. Quedó completamente destrozada. Ese día perdí todo lo que era importante para mí. Tú me lo quitaste todo en un solo día. Desde entonces no tengo nada. Y juré que me vengaría. Han pasado veinticinco años, pero por fin ha llegado el momento.
--Pero… pero… ¡fue un accidente! ¡Fue sin querer! Yo jamás te habría hecho daño si hubiera podido evitarlo.
Nane se levanta, fue hasta una estantería y cogió de allí un frasco.
--Tranquilo, no sufrirás. Es cloroformo. A fin de cuentas… siempre te he querido y no podría soportar verte sufrir. Me ha alegrado mucho verte.
Mis gritos y mis súplicas no sirven para nada. Vanessa, Nane, mi gran amor de la infancia, moja un pañuelo en el cloroformo y me lo coloca en la nariz, y mis protestas se convierten en balbuceos mientras el sopor me invade, y ya todo deja de tener importancia para mí.




3. LA TIENDA DE JUGUETES ROTOS DEL SEÑOR DORBY

El Señor Dorby tuvo la genial idea de abrir la Tienda de los Juguetes Rotos. Sus familiares se rieron de él pensando que eso no tendría salida, pero él no quiso escuchar a nadie. Lo tenía claro.


Había heredado de su padre un local de 50 metros cuadrados en pleno centro de la ciudad y allí iba a abrir su sueño. Sería genial, y además muy fácil lo de conseguir juguetes rotos. Tienen la ventaja de que ya no se romperán otra vez; que nadie reclamará nada por defectuoso; que son divertidos; que los cuidas más que si fueran nuevos… Y lo más importante: El precio, que era puesto libremente por el Señor Dorby según sus apetencias:


- Muñeca sin media cara con ojo azul encontrada en un contenedor: 20 €
- Balón deshinchado y rozado encontrado en la calle: 4 €
- Peluche sucio, rasgado y atropellado: 3 €
- Cajita de música con bailarina rusa sin una pierna: 8 €


Por alguna extraña razón la gente empezó a comprarle todo eso. Los niños sólo querían juguetes rotos. Abandonaban todo lo demás y sólo querían eso.


El Señor Dorby estaba tan desbordado ante tantas masivas ventas y sobre todo ante la falta de más materiales reciclados por los contenedores de basura que tuvo que ir a un Gran Almacén de Juguetes, comprarlos y luego romperlos. Los vendía a unos 5 ó 6 euros más caros que si fueran nuevos.


Tenía tanto trabajo que tuvo que contratar a un ayudante. Luego compró otro local más grande y contrató a otro ayudante…


Tres años después, el Señor Dorby tiene cuarenta y cuatro tiendas en todo el país y está meditando abrir en el extranjero.


Las Grandes Compañías de Juguetes, ante la falta de ventas han decidido fabricar juguetes rotos para ver si las ventas se recuperan. Pero la gente no es tonta, no. Prefieren lo auténtico. Solamente quieren los Juguetes Rotos de la Tienda del Señor Dorby.



4. ALMAS ROTAS

Siempre hemos sido juguetes rotos en vuestras manos. Me pregunto por qué tuvisteis hijos si claramente no ibais a quererlos. No es una sospecha, lo hemos escuchado de vuestra propia boca repetidas veces. No sé si podéis minimamente imaginar lo que cuesta digerir que te digan con esa frialdad, mientras a una le pesa el alma, traga saliva y piensa “¿qué tengo yo de malo?” mientras busca bajo qué tierra meterse: “bastante carga tuve con ocuparme de vosotros cuando ni siquiera había querido teneros”. Así que no, no me convencen quienes me dicen que igual no habéis sabido; no, sé bien que no habéis querido. Es así de sencillo. Porque nunca os hemos importado mas allá de lo que os podíamos servir para seguir jugando vuestro oscuro y macabro juego. Me ha costado mucho entenderlo, mucho tiempo, mucho esfuerzo. Confieso que aún hoy en día me pregunto cómo se puede ser tan mezquino y despreciable para usar a otras personas en vuestro propio beneficio, para esconder vuestras carencias y vuestros miedos, vuestra cobardía a enfrentaros al hecho de que no podíais soportaros, de que erais infelices y no había nada que os uniera… salvo nosotros, ofrecidos como sacrificio esteril. Goya os retrató magistralmente –no obstante era un gran genio- en su cuadro “Saturno devorando a sus hijos”. Y aunque sé que ni siquiera os importa, os digo (creo que me lo digo a mi misma) que me ha costado mucho entenderlo, pero ahora sé que somos juguetes perfectos con los que juegan manos perversas y equivocadas.




5. BROKEN TOY STORY

Los padres se asomaron a la habitación del niño primero, y de la niña después. Dormían como dos angelitos. Suspiraron satisfechos y se dirigieron a su dormitorio. Entonces, cuando la última bombilla que alumbraba en aquella casa se apagó, en el desván, como cada noche, cobraron vida los juguetes rotos que habían ido almacenando y de los que ya nadie se acordaba.
- Pssst… ¡Gusiluz! –apeló el clic capitán manco del barco pirata de Playmóbil, cuyas velas hacía años que estaban desaparecidas.- ¡Gusiluz!
- ¿Qué pasa? –contestó soñoliento- Jo, que estaba durmiendo…
- Que te enciendas, hombre, que no vemos un pimiento –respondió la Nancy calva.
- Pues decídselo de vez en cuando a Simón, ¡que también tiene luces!
- Es que no me va la tecla amarilla, que es la que más alumbra –contestó el aludido.- Y las otras ya las uso para los guateques de los sábados por la noche.
Iluminado, el desván se convertía en una pequeña ciudad. El scalextric, tiempo atrás un circuito cerrado, unía el barco pirata sin velas del clic capitán manco con la cuna ocupada por las barriguitas discapacitadas y la granja de Pin y Pon, que como no tenía ni techo ni puerta, aireaba sus discusiones matrimoniales:
- ¿Quieres ir a dar de comer a los patos? –gritaba Pin desde el macetero de margaritas.
- ¡Que ya voy!... Qué pesada, por dios…
- ¡Tú dime pesada! ¡Tengo que estar en todo, pero dime pesada!
- ¡Qué manía tienes con dejar todas tus pelucas en el baño! –Pon había tropezado con la de color rosa.
- ¡Déjate de monsergas y ven a dar de comer a los patos!
Hacia el final del scalextric, antes de topar directamente con la pared, un garaje con la rampa renqueante, alojaba varios Micromachines cojos de ruedas. Varios de ellos salieron a pasear para encontrarse con el resto de la juguetería.
- No hay ningún juguete nuevo que se nos haya unido… -dijo Gusiluz echando un vistazo.
- ¿Cuánto tiempo llevan discutiendo esos dos? –preguntó el Micromachine verde al clic capitán manco.
- ¡Que ya le he dado de comer a los patos! –gruñía Pon.
- Pues llena el abrevadero de agua, ¡que se está quedando seco! –respondió Pin.
- Ya sabes, desde que Gusiluz se enciende hasta que se vuelve a apagar por la mañana –contestó el clic al cochecito.
- ¡No hay quien te aguante! ¡Voy a pedir el divorcio! –se enfurecía por momentos Pon.
- Como pidas el divorcio ahí te quedas con la granja, que me voy con las barriguitas a vivir tumbada a la bartola –contestó Pin de nuevo.
- Oye, oye, de eso nada –dijo la barriguita negrita.
- ¡Pin y Pon! Como no os calléis ¡me voy a poner intermitente! –gritó Gusiluz.
- ¿Y por qué no? –preguntó Pin a la barriguita negrita.
- Pues porque aquí reina la calma y la tranquilidad y si vienes tú, seguro que nos pones histéricas –respondió la barriguita pelirroja.
- Así estáis de barrigudas, todo el día aquí me las traigan… -dijo la Nancy calva.
- Oye, Sinnead O’Connor, que no nos hemos metido contigo –la barriguita rubia entró en acción.
De repente se hizo la oscuridad.
- ¡Gusiluz! –gritaron todos.
- Ups, se me ha debido fundir la bombilla…
- ¡Simón! –volvieron a gritar.
Una luz roja iluminó a los juguetes.
- Simón, cielo, con la luz roja vas a poner en órbita los juguetes sexuales del matrimonio de la casa –alertó la Nancy calva.
- Yo soy demasiado inocente para esas cosas –gimió Gusiluz.
- ¿Os va bien la verde, pijoteros? –preguntó Simón.
- Hombre, es que acuérdate la que liaron el anillo vibrador y las esposas con plumas aquella noche… -continuó la Nancy calva.
- Al loro, Pin, eso es lo que le hace falta a nuestro matrimonio, un anillo vibrador…
- A vosotros lo que os hace falta es practicar mucho para tener Pinitas y Ponitos –dijo la barriguita negrita.
Todos rieron con la ocurrencia. De repente la luz verde se apagó y cambió a azul.
- Creo que se me ha activado el modo Demo. –dijo Simón- Son ya muchos años de juego, y claro…
- Al menos contigo jugaron, a mí me dejaron calva –contestó la Nancy.
- No te vamos a contar nosotras, que a la que no le falta una pierna, le falta un brazo –dijo la barriguita rubia- Bueno, menos a Sinca, que le arrancaron la cabeza.
- A veces pienso que la niña es peor que el niño. O por lo menos, más sádica –afirmó la Nancy.
La luz azul se apagó y volvió a ser roja.
- Sí, es el modo Demo –insistió Simón.
- Chicos –alzó la voz el clic capitán manco del barco pirata sin velas- Creo que es mejor que esta noche descansemos todos. Son tantos años y tantos palos, que tenemos las pilas fundidas.
Estuvieron de acuerdo y, poco a poco, cada juguete fue cayendo en el silencio. Simón apagó sus luces, pero de repente, otra alumbró en el desván.
- ¡Gusiluz! –protestaron todos.
- Perdón, debe ser que no hacía contacto la bombilla… Buenas noches.



6. JUGUETES ROTOS.

Las noticias hablaban de él a todas horas después de años desaparecidos de la primera plana de todas las revistas. Había sido la estrella infantil mas rutilantes de todos los tiempos hasta que la pubertad y los cambios naturales de su cuerpo le arrebataron aquella seductora carita de niño y le agravaron su dulce voz. Entonces aquella burbuja de mundo de fantasías en la que había vivido se rompió y lo expulso a la vida real. Era un adolescente más y tendría que buscarse otro camino hasta que superada la fase imberbe pudiera aspirar a joven galán. Le aconsejaron que se dedicara a estudiar y llevar una vida normal, pero él no pudo superar el trauma de no ser el centro de atención, no supo adaptarse a su nueva situación, sus padres no sabían que hacer y se perdió en el mundo de las drogas, donde podía volver a vivir en aquél mundo de fantasía que había sido su vida desde los cuatro años.
Lo internaron en centros de desintoxicación, pero meses después de salir volvía a recaer. De ser un precioso muñequito pasó a apenas un cuerpo esquelético, todo rastro de belleza había desaparecido. Hasta que una sobredosis acabó con su agonía.
Ingreso en las listas de los muñecos rotos creados por la televisión, a quienes no les importaba explotar a sus maravillosos juguetes que les producía grandes beneficios y que en cuando dejaban de ser sus lindos pequeñines no dudaban en abandonar y reemplazar por otro nuevo.
Las televisiones pronto se cansaron de la noticia de la muerte de la antigua estrella infantil, y llenaron las noticias con la nueva y preciosa carita de una muñequita que sabia bailar y cantar como los ángeles.
¿Cuanto tiempo pasaría hasta ser el nuevo juguete roto mediático?



7. DEFECTUOSO

Estaba paseando cuando lo encontró. En términos relativos aun no había llegado a la pubertad, así que a esa edad le fascinaban esta serie de cosas, como es lógico. Se agachó a recogerlo y lo sostuvo en sus manos. Una especie de nave espacial, cilíndrica, muy bien trabajada, de unos dos palmos de longitud. ¿Quién habría perdido algo tan fabuloso como esto?

Lo escudriñó de cerca… a través de los ventanales, veía unas pequeñas figuras dentro, como si fuera la tripulación. No parecía que estuvieran fijadas a la estructura, con lo que imaginaba que se podría acceder a la interior de la nave de alguna forma, para poder jugar también con los muñecos. Sin embargo, no encontraba cierre alguno. La sacudió brevemente pero con fuerza, sin resultado.

La miró fijamente, buscando la línea de cierre, pero lo único que detectó era que el exterior estaba en bastante mal estado. De lejos parecía reluciente, pero al acercarse la pintura presentaba desconchones, la superficie tenía abolladuras y la parte inferior de la misma parecía… ¿quemada?... Miró la parte de atrás; las toberas estaban bastante ennegrecidas y sucias, y la verdad, olía un poco raro… y ahora que se fijaba… ¿estaba un poco caliente, tal vez?… ¡cortocircuito!... ¡¡¡maldita sea!!! No se habían olvidado la nave, no… ¡la habían tirado por defectuosa! Ya se lo comentó su padre una vez… si el juguete está caliente, es que tiene un cortocircuito en la batería y no se debe jugar con él, que es peligroso… Lo arrojó lejos de sí y reemprendió la marcha, lamentando su suerte. Para una vez que encuentra algo…

Mientras se alejaba, la tripulación lo observaba por las escotillas de proa.
- ¡¡Wilkinson!! – gritó el capitán - ¿qué diablos era eso?
- ¡Lo desconozco, jefe! – contestó el primer oficial – ¡¡pero yo ya advertí que era una estupidez mandar solo una nave de reconocimiento a este nuevo planeta!!



8. VERSÍCULOS GALÁCTICOS

Vengo de oscuros mundos//de una lucha de poder//
de un imperio tan vasto//que jamás vio el anochecer.

Quizás fue por ser noble//o quizás fue mera suerte//pero conseguí un buen curro de piloto//en la estrella de la muerte.
Viren a nor noreste//pasamos a dos con seis//salto al hiperespacio//alerta no os paseis

que la ultima vez aparecimos//delante de unas rocas//y rallaron la pintura.//Mandamos naves a pintar//y no veas la factura//que no es igual pintar al ras//que a dos mil metros de altura.

Yo era un sith y lo tenía todo//¡Hasta un loro!//donde ponía música cañera;//los Gypsy Kings, David Bisbal//y Maria Dolores Pradera

Y cuando sonaba 'Bulería'//Darth Vader aparecía//y me decía el resalao//'Esta es mi prefería'

Ser un sith te da ventajas//como el dominio de la fuerza//recuerdo haberme traido el colacao//y olvidado las galletas

Así que fruncí el ceño//y apreté las cejas;//vino volando el alimento,//un operario y cuatro viejas//que venían de visita//
Me dejaron tres bizcochos//de Santa Teresita.

¡Qué recuerdos!

Otra de las ventajas//es que te dan una espada molona//yo tenía una con el escudo//del Joventut de Badalona

Hacía un ruido chungo//y sacaba un brillo morado.//Con ella me hice fotos//desde arriba, de frente y de costado.//Luego las colgué en una red social//para que las vieran mis contactos.

Y he aquí que vino, el principio de mi fin.

Es lo que tiene ser un sith,//que con ropa chula, cara de malo y una capa buena//acabas por llevarte//a la mas oscura de las nenas.

Se llamaba Mahrla Kad//y la traje a mi cabina;//cara de diabla, pechos turgentes,//boca fina...

Le di un morreo//y le levanté la camiseta.//Me quedé absorto con la vista//de sus tres preciosas tetas.//Y yo que soy hombre de pares//me eché hacia atrás con la boca abierta//y por causa de un mal giro//apreté un botón y volé un planeta.

Mahrla cogió su sujetador de tres copas//y me dejó tirado como un perro.//Mi castigo fue duro://destierro.

Y así fue como de ser un sith//terminé de poli en Madrid//dirigiendo el tráfico en plena Castellana.

Antes tenía una espada láser//y ahora tengo un pito.//Antes veía a Boba Fett//y hoy he visto a los Chunguitos.

También creí ver a Jabba//atiborrao de colorete.//Pero al pedirle el DNI//se resultó llamar Falete.

Soy un paria, un juguete del destino//antes destruía X-Wings//
y ahora multo a las vespinos.

Todavía pego un respingo cuando alguien dice://
"ponme un café solo"//- ¿Solo?... ¡Solo!

Siempre echo mano//para coger mi espada láser;//el otro día apunté al camarero//con las llaves del garaje.

Mi vida ha cambiado mucho.//Tengo una novia,//un piso de cuarenta metros//y un chucho.

Lo he llamado Yoda//porque es pequeño y feo,//que se joda.

Sé que nunca volveré a tener//aquello que tuve antaño.//
- Cariño, ¿tú sabes lo que es la fuerza?//- Lo que usas pa ir al baño.

Seguir viviendo del pasado es una tontería,//
así que pensé en vender mi biografía.

Y creo que hice un buen negocio//porque por ella me dieron unos Levi's y mil cucas.//Me la compró un guiri con barbas,//
se dijo llamar George Lucas.

¡Un momento!,//mensaje multimedia desde la estrella de la muerte,//alguna tontería...//Os dejo,// es otra vez Darth Vader//cantando "Bulería".




9. TODO SOBRE EVA

BREVES

La popular Eva Tomelloso fallece en su casa de Madrid en extrañas circunstancias

Agencias. 24 de agosto.- Eva Tomelloso, ex esposa del actor Enrique Arbejo, ha sido encontrada muerta en su casa de Alcorcón esta madrugada. La policía ha declarado que Tomelloso, que había regresado recientemente a la televisión como colaboradora en un programa del corazón, estaba tendida semidesnuda en su cama, rodeada de estupefacientes y botellas de alcohol de alta gradación. El estado del cadáver indica que el fallecimiento debió producirse hace unas dos semanas.

Fuentes de la investigación apuntan la sobredosis como posible causa de la muerte, debido al estado de profunda depresión que sufría la popular Tomelloso y su reconocida politoxicomanía. El ex marido de la fallecida, consternado por la noticia, desconoce cuándo y dónde se celebrará el oficio fúnebre y ha declinado hacer declaraciones a la prensa, ya que se encuentra preparando su próxima película “Todo por amor”.

-----

Enrique leyó la noticia casi al mismo tiempo que empezaba a zumbar su teléfono. En seguida se dio cuenta de que todas esas llamadas y mensajes tenían que ver con la muerte de Eva. Eva.

Se conocieron hace cinco años en la mercería de los padres de ella. Él entró a resguardarse de la lluvia y ella le invitó a tomar café y secarse en la trastienda. Bromearon un rato sobre las inclemencias del tiempo. Miraron la calle mojada en silencio. Hicieron el amor sobre toallas y mantelerías de algodón.

Seis meses después se casaron. Su boda y su viaje de novios fueron portada de varias revistas del corazón. Él nunca se quejó: esa publicidad le vino muy bien. Empezaron a llegarle guiones e invitaciones para estrenos y fiestas.

Eva se llevaba muy bien con los flashes, los periodistas y las cámaras. Se convirtió en su portavoz. Eran tan felices…

Un día el periódico le informó de que había maltratado a su mujer y había sido detenido y puesto en libertad. Leyó cómo había golpeado a su mujer hasta dejarla inconsciente y se había resistido a la policía en su detención. Estuvo tentado de llamar a Eva para preguntarle qué camisa llevaba, no fuera a ser que le requisaran su querida Paul Smith.

A partir de aquel momento sólo vio a Eva por la tele. Recorrió todos los platós de televisión contando cómo él le había pegado, que había perdido al hijo que ambos esperaban por su culpa, que le había iniciado en el consumo de drogas… Él nunca hizo nada. Desoyó los consejos de agente y abogados y nunca hizo nada.

Enrique se convirtió en un hombre ejemplar, resignado a sufrir el acoso imparable de su ex mujer. Siguió trabajando, ajeno al drama que le perseguía, impermeable a las acusaciones y montajes.

Y Eva se convirtió en una reina de corazones maldita. Un día aparecía en la portada de una revista con la cara magullada. Él le había pegado y había huido al extranjero. Enrique leía la revista desde su casa del centro de Madrid y esperó su detención. Al parecer, se la merecía: la paliza había sido brutal. Pero no pasó nada.

Otro día Eva aparecía en un programa de televisión, amenazada de muerte por su ex marido, pero mostrando su valentía al mundo “No podrá conmigo”, rezaba el cartel bajo sus lágrimas desafiantes. Enrique se vistió y esperó pacientemente en su despacho. Pero no pasó nada.

Eva se convirtió en colaboradora de un programa de televisión, escenario perfecto para airear sus miserias e inventarse las de los demás. Se operó los pechos, se estiró las arrugas que no tenía. Se aficionó al alcohol más de lo socialmente permitido y se rindió al ridículo. Poco a poco, su personaje se tornó grotesco y dejó de divertir al público. “Juguete roto”, le llamaron en algunas crónicas. Y desapareció.

Enrique no supo nada de ella hasta hace dos semanas. Notó en su voz que había bebido, pero fue a verla a su casa, un cuchitril que compartía con dos mujeres más. Bueno, en realidad eran dos mujeres que habían sido hombres y que le sonaban muchísimo a una película amateur que había visto hacía poco…

Entre sollozos y mocos ebrios Eva reclamó su parte del botín. Reivindicó su papel en esta historia: todo lo había hecho por él, por los dos, por conseguir una fama que les iba a venir muy bien para sus carreras. Ahora que ambos eran famosos, le dijo, le tocaba a él. Ella se había convertido en lo que era para que él avanzara en su carrera, ahora él le debía reconocimiento y ayuda.

Enrique sonrió. Besó sus lágrimas y consoló su cuerpo. Brindó con ella y por su reconciliación. Y esperó pacientemente a que las drogas y el alcohol le convirtieran en un hombre libre.

-----

ULTIMAS NOTICIAS

El actor madrileño Enrique Arbejo, nominado al Goya por su papel del remake de “La maté porque era mía”

Arbejo, que recibe a diario propuestas de Hollywood, disfruta de su popularidad en compañía de su nueva acompañante, Sabrina Almodóvar, hija del famoso director de cine y ganador de varios Oscar.




10. LA VIDA ES COMO UNA MONEDA. PUEDES GASTARLA EN LO QUE QUIERAS, PERO SOLO PUEDES GASTARLA UNA VEZ... (EL TÍTULO NO ES ORIGINAL DEL AUTOR)


La primera vez que empuñe una pistola solo tenia 7 años. También fue la primera vez que dispare. Recuerdo que el gatillo era extrañamente ligero y me eche a reír, porque aquel ser despreciable que decía que era mi padre, con un solo disparo dejo de hablar. Ese recuerdo me persigue y desde aquel día estoy maldito. Quizás mañana mi vida cambie, pero, todo suele acabar siempre mal. Es como si hubiese caído en un mar de arenas movedizas y me estuviera hundiendo, sin poder evitarlo.

No hay que considerar a los hombres iguales. Yo recogí huertanos, me dedique a hacer el bien y todo cuanto hacia eran buenas obras para el prójimo. Son pequeñas cosas que quizás dan la felicidad, y cuando lo pienso, me parece que este planeta es el infierno. Es el planeta del infierno, árido, sin apenas agua y con demasiados cazarrecompensas. Ahora soy predicador, pero ningún alma viene a mi en busca de la redención. Temen que les de caza, pero en un lugar como este hay que conseguir dinero de todas las formas posibles, y lo se, no va con eso de ser predicador, pero... que se yo... no se me da bien tomar decisiones, Hay veces que me pregunto: ¿Cual es la mejor decisión? ¿cual es? ¿es esto justo? ¿lo es? Esto es lo que debo hacer... Bueno, no soy mas que un hombre y puedo equivocarme, la próxima vez lo haré mejor... pero no puedo resignarme tan facilmente... si lo hago... sufriré...

Fui cazarrecompensas y ahora predicador, y a pesar de ser predicador, jamas me he confesado, esta es la primera vez. Yo siempre pensé que en una época como esta debía proteger a los niños y que velar por ellos era lo mas justo, no hay nada mas que hacer, me decía, y he truncado la vida de muchas personas protegiéndolos. Esos crímenes pesan demasiado, es un peso imposible de eliminar, pero, hoy creo que podre hacerlo, al menos lo intentare. Si no hay que matar a nadie, al menos uno debe pensar que hay que perdonar a mucha gente.... porque no lo habré comprendido antes.... Ahora esta bala incrustada no me va a dejar y lo siento tanto amor mio... tengo 33, la edad de Jesucristo cuando murió, aunque a mi me gusta recordar que es la de James Dean cuando estrello su coche dejando un bonito cadáver...

¿Y por que escribo todo esto? No son mis tristes memorias, ni siquiera pido perdón por todo lo que he hecho. Es una fabula, una fabula con moraleja, para todos aquellos que quieran aprender de mis errores, porque al fin y al cabo, solo hay una vida, única e irrepetible y nunca es tarde, nunca es tarde para decidir en que queremos gastarla. Ahora todo queda claro en mi cabeza: La vida es como una incesante serie de peticiones, todas complicadas, todas inhumanas y además, el tiempo es limitado. Lo peor es esperar una vida de ensueño sin decidir nada, y luego escoger lo que parezca mejor sobre la marcha...

Me enciendo un cigarro y de rodillas pienso que si tuviera que volver a nacer, preferiría un lugar mas habitable. Un lugar donde se sucedan los días tranquilos, un lugar donde no se robe ni se mate, un paraíso, y allí yo ¡yo! contigo, con ellos... No! No quiero morir! Hay tantas cosas que todavía quiero hacer, quiero estar con vosotros... ¿Es demasiado pedirte que me perdones Dios mio? ¿No quieres hacerme este favor?



11. IMILCE

Cástulo, alto Tharsis, primavera, año 223 a.c.
Imilce juega tranquila junto al cauce del río, entretenida observando como un alimoche hostiga a una lagartija que, como puede, se esconde bajo las ramas de los tomillos, es tarde, pero Imilce no entiende de peligros. Imilce es traviesa, le gusta el campo, corretear entre los matorrales persiguiendo mariposas que, majestuosas, despliegan sus alas de un intenso azul turquesa revoloteando entre las violetas y los alfilerillos.
Mientras en la ciudad todos buscan a Imilce, la pequeña princesa íbera, que una vez más se ha vuelto a escapar. Su padre, el poderoso rey Mucro, ruge palabras que hablan de castigo y muerte a los soldados encargados de su custodia, pero eso será más tarde, primero hay que encontrar a su única hija, bella, como lo fue su madre, si no más, esbelta, morena, muy morena, con el pelo negro como el carbón y los ojos almendrados de color azabache. Dentro de poco será su mejor arma, la casará buscando una alianza, tal vez con los mismos cartagineses, la idea rompe su corazón de padre pero sabe que es su obligación como rey, quizá sea la única forma de salvar a su pueblo.
Es tarde y los soldados púnicos están cerca, en el horizonte pueden verse las columnas de humo de su campamento y de los cultivos arrasados a su paso, no deben estar a más de dos días de camino, el rey se estremece, teme el momento de enfrentarse a unos soldados mercenarios que no entienden de compasión. Por eso, una vez que caiga el sol la puerta de la ciudad se cerrará, hayan encontrado a Imilce o no, fuera de los muros no habrá piedad para nadie. Mucro maldice a los feroces africanos, desde que cruzaron las columnas de Hércules no ha vuelto a haber paz en las tierras bañadas por el Tharsis, nadie les ha podido parar y aunque Cástulo es fuerte y rica no se ve capaz de superar un largo asedio. Habrá que negociar, no queda otra salida.
Linares, a orillas del Guadalimar, junio de 1973
El sudor rueda por las sienes de Adolfo Estepa mientras vuelve a maldecirse, ¿a quién se le pudo ocurrir construir una ciudad en medio de esta campiña?, ¿no pudieron acercarse más a la sierra?, se pregunta observando las cimas recortadas de la Sierras de Segura y las Villas, mientras, con mimo, limpia con paleta y la brocha los restos del enterramiento. Hoy ha tenido suerte, parece haber encontrado los restos de lo que parece ser una niña, ¡qué extraño!, ¿quién sería esta pequeña para merecer el honor de ser enterrada rodeada de guerreros? Observa su urna funeraria, es pequeña, rectangular, austera, en una de sus caras una niña juega con una muñeca observada por un corzo. Una pieza única, digna de una princesa.
Varias figuras de arcilla yacen junto a la urna, forman parte de su ajuar funerario, pequeñas compañeras de juegos en su viaje hacia el más allá, Adolfo sonríe con una mueca, piensa en su propia hija y en el dolor que le produciría su pérdida. Mientras trata de alejar ese pensamiento repara en una diminuta figura de madera hecha pedazos, cuidadosamente la desentierra y la limpia de la tierra que la ha cubierto durante más de dos mil años. Al principio no adivina de qué se trata, pero al juntar los trozos esparcidos por sus manos una sensación extraña comienza a invadirle, de repente el paisaje a su alrededor cambia, la campiña se vuelve bosque, y los olivos son remplazados por encinas, quejigos y robles melojos, una alucinación fruto del calor, piensa Adolfo, pero al volver a mirar sus manos ve que ahora contienen una muñeca que le sostiene la mirada y comienza a hablarle...
La patrulla de reconocimiento cartaginesa avanza a través del bosque, los hombres murmuran y se hacen señas en voz baja para no delatarse, la tarde es fresca y han podido descansar y dar de beber a los caballos. Afortunadamente no se han cruzado con ninguna patrulla enemiga que de un certero flechazo les enviase a rendir cuentas a la diosa Tanit y al dios Baal. Llevan ya varios años guerreando con ese pueblo al que llaman íbero sin llegar a someterlos del todo, nunca habían conocido nada igual, son rudos y tercos como mulas, con lo fácil que sería que aceptaran su dominación y terminar de una vez con esta maldita guerra.
Mientras Imilce juega bajo una encina, rodeada por los matorrales, al escuchar el sonido lejano de los caballos corre a refugiarse detrás de unas retamas y unos espinos, presa del miedo mira hacia atrás y se da cuenta de que ha olvidado su muñeca, todavía está a tiempo de ir a buscarla. Vuelve rauda sobre sus pasos pero tropieza y cae al suelo. Uno de los jinetes cree escuchar algo a sus espaldas y sin hacer ruido desenvaina su espada lanzándose al galope en esa dirección. Entonces la ve, con alivio, en la mitad del claro, es solo una niña, no debe tener más de doce años, seguramente sea virgen, parece que la patrulla no va a ser tan rutinaria como parecía.
Imilce queda paralizada delante del jinete, éste avanza despacio sonriendo con malicia y los ojos llenos de lascivia, son ya demasiados meses arrastrándose por esa campiña sin yacer con ninguna mujer, eso hoy va a cambiar. Imilce huye en dirección a la ciudad, pero ya es demasiado tarde para ella, el jinete la persigue y una de las patas del caballo rompe la muñeca que ha vuelto a caer de las manos de Imilce, no sería la única muñeca rota que no verá al sol amanecer en un nuevo día.
Durante la noche la luna derramó dulces lágrimas de rocío para limpiar el cuerpo de Imilce, tan abundante fue su llanto que al mezclarse con la sangre de la princesa tiñó de rojo el río que algún día bautizarían como wad al-ihmar (el río colorado). Por la mañana encontraron el cuerpo de Imilce, desmadejado, al verlo el rey Mucro lloró de rabia y de impotencia, haría pagar con su vida al culpable de aquello, aunque para él la vida ya no tuviera sentido la guerra no había terminado.



12. ROSEBUD & MATRIOSKA

En la televisión, Orson Welles agonizaba, mientras en el sofá, la mujer del comisario emitía leves ronquidos. El teléfono sonó, y antes incluso de levantar el auricular, se imaginó los fuegos artificiales.
Media hora después, ante una morbosa y expectante multitud, el comisario Bustos atravesaba el cordón policial que cercaba la Casa Consistorial.
–¿Qué tenemos Jiménez? –preguntó a un oficial de uniforme, cercano ya a la jubilación y con cara de cansancio.
–Amenaza de bomba, señor comisario. No sabemos con cuantos activistas estamos tratando, pero sí que tienen diez rehenes dentro del edificio. Como en las otras ocasiones, aún no han hecho demandas de ninguna clase.
–Maldición –masculló el comisario–, ¿tenemos noticias del CNI?
–Sí. Nos han comunicado que mandan un equipo especializo –contestó el oficial Jiménez, sin estar muy seguro de lo que aquello significaba.
–Lo que me faltaba –rezongó el comisario–, un puñado de capullos engominados tratando de enseñarme a estas alturas como he de limpiarme el culo.
–Errrr… Hay algo más –anunció Jiménez con titubeo.
–No puede ser –adivinó Bustos con cara de disgusto.
–Me temo que sí, señor. Ha entrado hará cosa de diez minutos.
–Qué Dios no asista Jiménez, estamos más perdidos que un bastardo en el día del padre –sentenció el comisario.

Mientras tanto, dentro de la Casa Consistorial…

–В рот нассать, чтоб морем пахло?1 –fue lo último que dijo al walki-talkie aquel rubiales del kalashnikov. Después, sus sesos pasaron a formar parte del mobiliario en aquel vetusto corredor.
Cristo encendió el cigarrillo con tan solo ponerlo en contacto con el humeante cañón de la M92F y pulsó el botón del ascensor.
Este había sido el cuarto terrorista, y según sus cálculos, aún quedaba otro más. Seguro que se trataba de otro tarado romanov, imberbe y con los pantalones meados. Es más, debía ser así, de otro modo, el edificio ya habría volado por los aires.

¡Ding!
Empezaba la fiesta. La puerta de doble hoja se abrió de una fuerte patada.
La sala de juntas estaba tenuemente iluminada. De un primer vistazo, Cristo localizó al personal del edificio, maniatados y amordazados, unos diez, en una esquina de la pieza. Al parecer no habían sufrido daño… aún.
Cristo detuvo su avance. Algo había crujido bajo su pie. Tardó en enfocar su visión. No daba crédito.
Se trataba de una cabeza de muñeca, con las cuencas de los ojos abrasadas y el pelo a jirones. Por el hueco de plástico del cuello asomaba una pieza de algo que Cristo reconoció fácilmente. Una pastilla de 250g de SEMTEX 100% checoslovaco.
–¡Ouh Mama! –exclamo Cristo, pues el suelo entero de la sala aparecía regado de cabezas como aquella. Suficiente explosivo como para arrasar la manzana entera de edificios.
–Suelta el arrrma vaquerrro –dijo una voz femenina en la penumbra.
–Déjame adivinar –dijo Cristo mientras dejaba caer su pistola al suelo –eres Stlevana Volkov, la perra más peligrosa del este.
Frente al ventanal se recortó la figura de una auténtica vixen como las de Russ Meyers. Enfundada en cuero, con anchas caderas, generosos pechos y una impresionante melena rubia. Aquellos ojos grises parecían atravesar la oscuridad. Cristo, pronto se fijó en su mano derecha que asía con nervio soviético el detonador de todo aquel explosivo.
–¿Crrrees conocerrrme, señorrr inspectorrr de policia –preguntó Stlevana con curiosidad.
–Puede y te diré algo: el mero hecho de que tu hermano Alexei jugara a destrozar tus muñecas ante ti cuando solo eras una niña, no te convierte en una maldita psicópata. Así que dime, ¿quién está detrás de todo esto? –sentenció Cristo, consciente de lo que se avecinaba.
De repente, el marco de la ventana fue arrancado de la pared con una fuerza tremenda y una luz inundó la sala. Afuera, un gran helicóptero negro se anunciaba como la vía de escape en el plan de los terroristas.
–Tiene rrrazón, querrrido. Hago lo que hago porrrque pagan bien. Es horrra de despedirrrse –chilló Stlevana entre el ruido de las hélices, antes de girarse para huir.
Entonces, Cristo sacó otra beretta escondida de su espalda, de justo bajo el cuello, idéntica a la que había dejado caer. Con precisión, disparó a la mano de Stlevana. La bala cercenó varios dedos de su mano y arrojó el detonador bien lejos de la ventana. Entre maldiciones Stlevana desapareció con el helicóptero y la penumbra volvió a reinar en la sala.
Cristo maldijo su suerte. Había salvado a los rehenes, pero seguía sin saber nada sobre qué diablos perseguían los malos. Estaba de nuevo en la casilla de salida.
Pasaron los segundos como pesadas piedras egipcias.
Uno de los rehenes que había conseguido quitarse la mordaza le espetó: –¡A acaso no piensa desatarnos nunca!
Pero Cristo, el agente especial Cristo Dos Pistolas, estaba en otra parte, muy lejos, sumido en profundas reflexiones.

El comisario entró en la sala de juntas, acompañado de una docena de policías. Estaba dispuesto, como siempre, a gritarle cuatro cosas al cabronazo de Cristo, pero al encontrárselo con la mirada perdida, dudó por un instante y cuando estuvo a su altura, le oyó decir, con apenas un susurro:
–No eran las muñecas, Stlevana. El juguete roto eres tú y yo te detendré.

______________________________________________________________________

.
1 en ruso: [v rot nassat’, chtob moryem pajlo]: Forma vulgar de preguntar si se ha comprendido todo. Textualmente: ¿Te tengo que mear en tu boca para que entiendas lo que es el agua de mar?.


13. NI UN DÍA MAS

Todo empezó como una broma, pero ya me advirtieron que la cosa engancha, aunque yo siempre negaba que eso pudiese pasar.
Te convertiste en mi mejor amigo, en mi confidente.
Había días en los que no sabía pensar en otra cosa que no fuese en ti. En volver a casa y estar a sola contigo.
Te he cuidado, mimado e incluso te he gritado, pero nunca pensé que éste día llegaría.
Después de 3 años, casi, que llevamos juntos hoy has decidido rendirte ante la evidencia de que soy demasiado mujer para ti, ¿o no?
Fui a comprar pilas nuevas, pero no han servido para reanimarte, así que, definitivamente, mi juguete preferido se ha roto para siempre.
Ahora tendré que buscar otro consolador. Buff!!


14. MIEDO ESCÉNICO

Resulta curioso cómo en determinados momentos puntuales de tu vida toda tu existencia pasa por delante de tus ojos. Momentos que te hacen recordar lo que has sido, y cómo has llegado a donde estás. Y, en medio de esta tormenta de emociones, no puedo dejar de pensar en cómo se rompió ese juguete y cómo yo, Antonio Pepinazo Ramos, he sido el único culpable de ello. Y siento un miedo como no he sentido en la vida que ahora pasa por delante de mis ojos. “Juguete roto”, joder, no se me va de la cabeza.

Recuerdo cómo comencé en esto del boxeo. Ví Rocky III un día por la tele y decidí que si Clubber Lang, un tío de la calle, podía llegar a darle una paliza de escándalo al campeón mundial únicamente con su pasión, su trabajo duro y su tesón, yo también podría hacerlo. Para los que os lo preguntéis os diré que nunca he sido fan del propio Rocky Balboa como tantos otros de mi generación, lo mío han sido más los antihéroes como Pepe Legrá, Naseem Ahmed o el Macho Camacho: tíos sin lujo alrededor pero que de sólo mirarles a la cara ya notas que tienen hambre de triunfos, que están deseando comerse la vida y que, de alguna manera u otra, lo van a conseguir.

Y eso hice yo, comenzar desde lo más bajo en el gimnasio de mi barrio con humildad pero también ambición. Me pusieron de apodo Pepinazo porque decían que daba buenos pepinazos, pero nunca me gustó ese mote, no me pareció demasiado apropiado para un posible futuro merchandising. Como iba diciendo, comencé boxeando en pequeños gimnasios como amateur hasta que llegó mi gran oportunidad: un combate de verdad, con televisión, apuestas e incluso algún famoso entre el público. Vale que no venían a verme a mí, que solamente éramos el opener de la velada, pero eso fue motivación suficiente como para no hacer caso de lo que me dijo el organizador, ese gordo hijo de puta con pinta de no haberse duchado en una semana. No me fui al suelo en el tercer asalto como me “sugirió”, el Pepinazo no hace esas cosas. Recuerdo que me dijo de todo e incluso me amenazó, lo que hizo que me motivara aún más para mi combate: Eustaquio Trinitolueno Mérida se fue a la lona de un derechazo en el primer asalto. K.O. técnico. La gente del recinto no se lo podía creer, y se habló más de mí al final de la velada que del combate principal. Podría haberme acobardado por las amenazas del organizador, y de hecho estuve varios días sin salir a la calle por si acaso (era nuevo en esto, no sabía hasta qué punto el gordo iba en serio), pero finalmente no pasó nada, probablemente porque aquel combate consiguió darme renombre en el círculo pugilístico y habría cantado demasiado si me hubiera pasado algo. Me armé de valor y me salió bien la jugada, salí victorioso. No tuve miedo como lo tengo ahora.

Siguen viniendo los recuerdos. No podía creerme lo rápido que había ido todo, la ascensión tan meteórica. Supongo que los medios de comunicación necesitaban una figura que relanzase el boxeo en nuestro país y yo tuve la suerte de que se fijaran en mí. El Rocky Español, decían, sin saber que yo era más de Mr. T. El caso es que casi sin darme cuenta me había plantado en un combate contra el campeón del mundo de los pesados, Calvin Bukkake Johnson, y en Las Vegas, nada menos (el porqué de su mote nunca llegué a comprender). Toda la presión del país estaba sobre mis hombros, incluso salí en una esquina en la portada del Marca de ese día debajo de la alusión diaria al Real Madrid. La opinión casi unánime era que, pese a parecer un tipo majo y desenvolverme bien sobre el ring, el neoyorquino iba a comerme con patatas. Que no tenía nada que hacer, vaya. Fue justo la motivación que necesitaba para quitarme de encima el miedo escénico y la presión, que no era poca. Salté al cuadrilátero y no dejé lugar al miedo ni a la duda: K.O. técnico en el décimo asalto. Don King se tiraba de los pelos, en mi pueblo hacían fiesta en las calles y en el Marca volvieron a dedicarme una esquinita ese día en su portada, eso sí, algo más grande que el día anterior. Fue otro momento clave de mi vida en donde todo el mundo apostaba por mi derrota y yo me sobrepuse a la adversidad, renunciando a la tentación de rendirme sin luchar. No es esa la imagen de mi persona que yo quiero dejar al mundo. Aunque, sin embargo, ahora ya no sé que pensarán de mí. No después de esto, de lo que he hecho. Tengo miedo y, por primera vez, me siento incapaz de superarlo.

También dijeron que mi película fracasaría, que había sido un gran error dejar mi carrera como boxeador en lo más alto y probar suerte en el mundo del cine. Que estaba loco, decían. Que pondría en peligro mi situación financiera financiando una película sobre mi vida cuyo único propósito era servir a mi ego. Y, una vez más, sus predicciones fallaron. No tuve miedo, no me rendí a la presión y supe rodearme de los mejores para sacar adelante una película que fue un éxito absoluto de taquilla, pese a que en Los Goya se llevara más premios una comedia musical con animales parlantes de Fernando León cuyo título ahora no recuerdo. No le tuve miedo a la mafia, no le tuve miedo al campeón del mundo y desde luego no iba a tenerle miedo a los críticos de cine y a las habladurías de los que no me conocen. No saben cómo se las gasta el Pepinazo.

O cómo se las gastaba, porque ahora, por primera vez en mi vida, he de enfrentarme a una situación que no sé cómo encarar. Podría decirse que tengo miedo, sí, y la expresión “juguete roto” no deja de repetirse en mi cabeza, martilleándome sin piedad. ¡Joder, yo no soy así! ¡Soy el Pepinazo! ¡Yo tumbé al Bukkake, coño! ¡Yo gané siete Goyas! ¡Yo fui el orgullo y la envidia de mi país! Y ahora voy, llego a casa con dos vinillos dulces de más, y piso sin querer el Buzz Lightyear de mi hijo rompiéndole el puto casco. Y encima hoy, que es domingo y no puedo comprar pegamento en ningún sitio. Me va a matar, joder, me va a matar.


.

jueves, 12 de agosto de 2010

Capítulo 3: Roturas

Buenas tardes, queridos.
Con este sol abrasador y este terral que azota la costa malagueña, Mae y yo llegamos raudas a traeros el nuevo tema y el ranking de esta semana.
¿Cómo has visto los textos, Mae?
-Uff, de muy buena calidad... Yo he disfrutado con todo y cada uno de ellos...
-Pues sí, la verdad es que se lo están currando a base de bien, yo habría tenido serios problemas para votar...
Por cierto, con respecto al tema que tanta polémica ha creado, dejadme que os recuerde que a pesar de no expulsaros si no votáis, hay que hacerlo. Entendemos que todos estamos en una época mala cargada de responsabilidades, y no vamos a castigar a alguien que una semana por lo que sea no pueda votar... pero por favor hacedlo siempre que podáis, ¿ok?

-Opino lo mismo que La Rizos, así que, un huequito para los votos, que son cada dos semanas... si?? (Gracias)

-Bueno, sin más dilación vamos a lo que importa: el tema. Esta vez se me ha ocurrido algo para hacer contrapeso con el tema anterior, tan romántico y melancólico... así que vengo con una idea oscurilla y chunga, mwahahah
-Ayy madre, que te veo venir... jijiji.

-Pues... el tema será JUGUETES ROTOS. A ver qué os parece; yo creo que puede dar mucho juego y además así sacamos otra faceta de nuestros concursantes...
-Lo veo bien, y creo que, al igual que con el tema anterior, a éste se le puede estrujar mucho.

-Os recordamos que tenéis hasta el día 25 por la noche para enviarnos vuestros textos, como siempre. Y ahora vamos al esperadísimo ranking de los más votados en el tema anterior, Lo que pudo ser y no fue:


-1) Sil con 33  puntos
-2) Segolene con 30 puntos
-3) Juanjo_ml con 24 puntos
-4) Vatna con 22 puntos
-5) Eingel con 21 puntos


Los puntos (como ya sabréis) se irán acumulando hasta el recuento final, así que si la semana pasada estabais arriba y esta semana no os han votado demasiado, no os preocupéis que seguiréis teniendo muchos puntos de todas formas.


-Pues nada más, tan sólo daros las gracias por seguir con nosotras y que esperamos que los esteis pasando bien. A los que estáis de vacaciones, no olvidéis echaros cremita y tomar mucha agua, ¿ehn?

-Eso, que después venís a la farmacia a quejaros de las quemaduras de sol, y yo ya no puedo masssss, jiji.


-¡Un besazo!

-MUACKKS


P.D: Me voy de vacas hasta primeros de septiembre, así que a partir de ahora os dejo con Mae hasta entonces. Tratádmela bien, que está convalenciente, ¿ok?



TERCER TEMA: JUGUETES ROTOS

jueves, 5 de agosto de 2010

LO QUE PUDO SER Y NO FUE


Buenos y calurosos días a todos.
Como cada quincena, aquí volvemos raudas a publicar los relatos recibidos a tiempo.Debo decir que esta vez me habéis sorprendido: ¡menuda calidad! Con algunos os prometo que me quedé con la boca abierta... sois geniales. Sí, sí, que algunos de los textos son sorprendentes... pero he de confesar que ésta vez me quedan aún algunos por leer... Lo siento, pero me pongo al día pronto.

Por cierto, algo importante: ni Fle, ni Turrón, ni Tanais ni Óscar ni Maltut (cuanta gente, joooo... una lástima) nos han enviado su texto esta vez, así que quedan fuera de concurso. Eso sí, les invitamos a que nos sigan leyendo y dejando sus opiniones en los comentarios :)
Y bueno... como no somos nosotras las encargadas de votar, aquí os dejamos con las obras para que deis el visto bueno a vuestras favoritas. Recordad que tenéis hasta el día 11 de agosto a las doce de la noche para enviarnos vuestras votaciones, siempre al correo del concurso. 


Esperamos que disfrutéis de la lectura.
Un abrazo; id por la sombra.
Besos a todos!! 




 1- El destino es un niño repelente
Repelente y caprichoso, de los que siempre quieren salirse con la suya, de los que encierran moscas en un tarro y luego observan divertidos cómo mueren asfixiadas. Así es el destino. ¿Que no?
Observemos a Fran. Hombre, treinta años, metro noventa, atractivo, deportista, profesor de educación física en un instituto. Duerme profundamente mientras amanece el sábado. Un momento, ¿qué es eso? Ha debido caerse el vaso de agua, que dejó anoche en el borde de la mesita, y se ha roto. ¿Y no se ha despertado? Claro, se acostó pasadas las cinco de la madrugada después de haber estado jugando al billar, bebiendo cerveza y hablando de la chica pelirroja con su amigo Dani. Y ahora duerme profundamente. Es sábado, pero ya ha llegado el momento. Son las siete, suena el despertador, lo apaga de mala manera y entonces, sin más, sucede. Con varios trocitos de cristal clavados en la planta del pie, cojea lanzando improperios al viento (“¡Me cago en su puta madre!”) camino del baño. En el plato de la ducha se dibujan unos hilillos de sangre. Con la toalla alrededor de la cintura, se sienta sobre la tapa del váter, pone el pie herido sobre la rodilla de la otra pierna y procede a la cura. Veinte minutos después, Fran sale por la puerta a las ocho menos cinco, plenamente consciente de que llega tarde. Con las prisas, se ha dejado las llaves de la moto. Decide no perder más tiempo y coge un taxi.
En ese momento, en otro punto de la ciudad, nos encontramos con Laura. Mujer, treinta años, guapa, inteligente, divertida, traumatóloga de urgencias en un hospital. Su última guardia ha finalizado, ya son las ocho, comienzan sus vacaciones. Pero acaba de llegar un atropellado. Mira el reloj y maldice por dentro (¡”Mierda!”) el hecho de no poder salir a su hora. La culpa del atropello la ha tenido un utilitario pequeño conducido, no a mucha velocidad (“Menos mal, oiga”), por un jubilado. El jubilado ha alegado que unos destellos de luz procedentes de otro sitio (“Debió ser el reflejo del sol sobre algo”) le han cegado impidiéndole ver el disco rojo del semáforo y al peatón. Los destellos provenían de un cristal que transportaban dos hombres (“¡Joder, cómo pesa el puto ventanal!”) hasta una tienda nueva cuyos escaparates están terminando de montar. Los trabajadores de la empresa cristalera habían tenido problemas para llegar puntualmente a la tienda (“¿Qué coño hace aquí tanto coche parado?”), por culpa de una pequeña retención. El tapón lo ha provocado un camión mal aparcado en una calle de un solo carril que, en teoría, servía de atajo para los cristaleros (“Te dije que fueras por la ronda”). El camionero había estacionado mal porque la plaza de aparcamiento era demasiado pequeña (“¿Pero qué hace ese trasto ahí?”). Justo delante del camión había una Bonneville mal puesta y ocupando demasiado espacio.
Es la moto de Fran, que la dejó así la noche anterior justificándose interiormente (“Bah, paso”) con que eran más de las cinco de la madrugada y tenía sueño. Fran había estado, como hemos dicho anteriormente, con su amigo Dani en una cervecería de la que son asiduos, jugando al billar. La cervecería está junto a un hospital cuyos médicos residentes acostumbran a tomarse dosis de cafeína varias en su recreo particular. A eso de las dos, Laura entró por la puerta con su colega, la de digestivos. Mientras hablaban del congreso de medicina de urgencias que se celebrará el próximo mes, Laura descubría a Fran mirándole desde la mesa de billar. A los diez minutos, Fran vio cómo la chica que le había gustado le decía algo al camarero y luego salía por la puerta con su amiga. El camarero le hizo un gesto para que se acercase (“Es muy maja, vienen siempre por aquí, trabaja en el hospital, me ha pedido que te diga que sale a las ocho”). Ya en el hospital, Laura se recogía la melena rojiza para continuar con la guardia. A su vez, Fran quiso marcharse a casa para dormir algo antes de la cita. Pero la Bonneville no arrancaba. Dani tardó lo suyo en deducir que el contador del depósito estaba roto y Fran tuvo que ir arrastrando la motocicleta hasta la primera gasolinera que encontró.
Y hete aquí el quid de tal montón de acontecimientos: si el contador del depósito no se hubiese roto, Fran habría puesto carburante antes de que se agotara, la motocicleta habría arrancado a la primera y llegado a su casa a una hora no demasiado tardía; seguro que no habría sido tan descuidado de dejar el vaso de agua extremadamente cerca del borde de la mesita, por lo que es probable que no terminara en el suelo; siendo así, no habría pisado ningún cristal ni tenido que gastar tiempo en curarse ninguna herida y, por tanto, habría salido de casa con tiempo de sobra. Seguramente habría cogido la moto, dado que sin tantas prisas, olvidarse las llaves habría sido más difícil, por lo que el camión habría encontrado sitio de sobra para no dejar su culo en medio de la calzada, evitando la formación de tráfico, lo que habría afectado positivamente a la furgoneta de la empresa cristalera, cuyos empleados habrían llegado antes a la tienda; así que el momento del traslado del cristal hasta la tienda no habría coincidido con el paso del jubilado en su coche por el semáforo, que a su vez no vería afectada su conducción por ningún destello de luz y, por tanto, habría visto perfectamente al peatón cruzando; peatón que no habría llegado a la sala de traumas de Laura con una pierna rota, provocando que ésta saliese tarde.
Pero, volvemos repetir, el destino es un niño repelente y caprichoso, de los que lloriquean lágrimas de cocodrilo, estiran el brazo, te apuntan con el dedo y gritan con todas sus fuerzas: “¡Ha sido él!”.
Fran llega a la puerta del hospital a las ocho y veinte. No ve a la chica pelirroja (“¡Mierda!”) y piensa, con toda seguridad, que ya se ha ido a su casa a descansar. Divisa en la misma acera, unos metros más al norte, una boca de metro y emprende la marcha hacia allí.
Justo cuando Fran baja las escaleras de la estación, Laura sale del hospital. Hace un barrido visual intentando localizar al chico del billar, pero no está (“¡Joder!”). Supone, convencida, que se ha ido a dormir a su casa. Cruza la calle y se dirige hacia la parada de autobús en dirección al sur.





2-Gracias a Dios
Su nombre impreso.
Su nombre en grandes letras de tinta, en la primera edición de la mañana, recién escupido por las rotativas con fauces de dragón.
Su nombre por todas partes, tatuado en los quioscos del país entero.
Incluso los lectores más impacientes llevarían en sus manos la huella fresca de su titular, como una suerte de publicidad viral y anónima.
Y debajo un gran artículo a número infinito de columnas. Cientos de miles de letras dedicadas a él, sólo a él; protagonista de la historia más grande de la humanidad. El gremio periodístico a sus pies.
Su nombre en Google.
Su nombre como primera sugerencia de búsqueda, coronando el Everest del top ten de los más buscados por su cara norte.
Su nombre salpicando todas las webs, enlazado en cada página.
Incluso invadiría Youtube, convirtiéndose en paciente crónico de la sección vídeos que se están viendo ahora.
Y sería la excusa perfecta para actualizar de miles de bloggers sin inspiración. Habría tantos tweets sobre él que los verdaderos pájaros enmudecerían. La telaraña virtual a sus pies.
Su nombre en televisión.
Su nombre abriendo los telediarios nacionales, con música de noticia de vital importancia y cuidada realización.
Su nombre articulado por los labios del presentador de turno.
Incluso llegaría a cada televisor del planeta, disfrazado de idioma, de canal extranjero y aún de subtítulo apresuradamente redactado.
Y las pantallas del mundo civilizado serían el escenario audiovisual de su gloria. Tal vez diera el salto a los 24 fotogramas por segundo y un actor de Hollywood diera a conocer el milagro de su obra. Un taquillazo histórico.
Pero Abundio Verdugo de Dios no era nombre mediático.
Menos aún para el nuevo Papa.
Quién fuera un Benedicto, un Pío o un Urbano. Con esos números romanos tan sofisticados detrás cualquiera lucía la mitra, pensaba Abundio camino del cónclave.
Pidió por favor no salir elegido. Por favor.
Y no salió. Uf. Gracias a Dios.






3- El anillo Ysi
Que si, que ya lo sé. Soy el típico friki. Bajito, feucho, con gafas de pasta y muy fantasioso. Adoro los juegos de rol, las películas de ciencia ficción y los comics de superhéroes. Y, naturalmente, tan tímido que nunca le he hablado a una chica sin tartamudear ni llenarla de saliva con mis escupitajos. Y mucho menos pedirle una cita. Lo habitual al ver a alguien que me gusta es eludir su mirada, marcharme lo antes posible y encerrarme en mi cueva imaginando lo que habría pasado si no fuera tan jodidamente tímido.
Así que cuando vi en el número del mes de Super Trunk el anuncio de un anillo que me mostraría qué habría pasado en caso de haber elegido otros caminos en mi vida, decidí comprarlo, aunque sabía que sería un engañabobos como todo lo que había comprado anteriormente.
Seis semanas después recibí el “Anillo Ysi”. Se supone que sólo tenía que ponérmelo y funcionaría automáticamente. Me lo puse. Nada. No hacía nada. Aunque era de imaginar… estaba un poco decepcionado. Me levanté y me asomé a la ventana. Enfrente estaba Anaira. Era tan hermosa… Ojalá no fuera tan tímido ¿Y si me atreviese a decirle algo?
(…)
Camino cabizbajo hacia el río. En mi mente sólo hay una cosa. Acabar con todo de una puñetera vez. Anaira me ha roto el corazón. Claro, era de esperar, ella es tan guapa y yo tan feucho… Además, me ha demostrado ser superficial, ya que ni se ha dignado en buscar mi belleza interior, quedándose sólo con la ausencia de la exterior. Que le parta un rayo… pero a mí me ha destrozado. Por eso quiero acabar con todo.
Me subo a la barandilla, cierro los ojos, y cuando voy a dar el salto escucho unos gritos. Abro los ojos. Abajo, a lo lejos, en la orilla hay una mujer gritando y llorando. Un par de metros río adentro, una niña grita pidiendo auxilio. Se está ahogando. Si tuviera superpoderes, podría ayudarla. No los tengo, obviamente, pero… ¿y si los tuviera?
(…)
Vuelo muy alto, Vigilando la ciudad. El día es tranquilo… los maleantes saben que no tienen posibilidades conmigo, así que rara vez intentan algo. La gente de la ciudad me considera un héroe, al alcalde le tiemblan las piernas en mi presencia. Todo eso está muy bien, pero me siento solo. No sé… me gustaría ser más normal. ¿Y si no tuviera poderes, pero fuera guapo y atlético?
(…)
Tengo éxito en lo que me propongo. Todos quieren estar cerca. Las mujeres se rinden a mis pies. Es cierto que me valoran sólo por mi aspecto, que no saben quién soy en realidad. Pero eso es difícil de cambiar en este mundo tan superficial y aparente. ¿Y si la gente mirara menos el exterior y más el interior?
(…)
Soy feliz. He encontrado a la mujer de mis sueños, que me ama por lo que soy y no por lo que aparento. Tengo dos hijos maravillosos que saben cómo encontrar lo importante. Tengo gente a la que puedo llamar amigos sin miedo a equivocarme. Es una buena vida la que me ha tocado vivir.
Sólo me arrepiento de una cosa en este mundo. Este anillo de plástico que compré de la publicidad que vi en un comic hace mucho tiempo. Obviamente, es un engañabobos y no sirve de nada. Además es muy feo. La verdad es que no sé por qué lo compré, si no necesitaba lo que me prometían. ¿Y si jamás lo hubiera comprado?
(…)
Que si, que ya lo sé. Soy el típico friki. Bajito, feucho, con gafas de pasta y muy fantasioso. Adoro los juegos de rol, las películas de ciencia ficción y los comics de superhéroes…





4- Menos mal
Necesito espacio, así que decido tirar cosas que no sirven. Y revisando cajas con cosas encuentro uno de tus regalos. Vaya, pensé que me había deshecho de todo, pero se ve que aun me quedó un ápice de melancolía en la última gran limpieza. Ya no la tengo, y ni siquiera me cuesta esfuerzo tirarlo a la basura mientras me sonrío pensando que menos mal que no fue, que fue una suerte que no me escogieras, que tuve la fortuna de no ser la elegida y tan herida y muerta en vida ni siquiera luché por retenerte. Definitivamente me sonrío cuando pienso que la vida a veces te rescata cuando estás a punto de internarte a ciegas en un agujero negro. Sino, ahora seria menos joven, menos libre, menos segura, menos fuerte, menos yo.






5- En los brazos de la ninfa

(Continuación de El extraño caso de la casa de verano)


La noche cayó como una persiana que ocultara las últimas luces del día. El bocadillo de calamares había asentado el estómago maltrecho de Poyatos y el sueño empezaba a hacerle picar los ojos. Había sido un día intenso; contactar con el cliente, la calurosa entrevista, cobrar la provisión de fondos que le permitió comer con dignidad comedida, recibir aquellas primeras pistas para enfrascarse en la investigación del caso, el calor asfixiante del verano que golpeaba sin piedad incluso de noche. Lo mejor era dormir y esperar el nuevo día, la jornada en la que caminaría hasta la casa de veraneo de la pareja y observaría con detenimiento los detalles que le permitieran iniciar las pesquisas sobre las desapariciones misteriosas y diarias de la esposa de Marcel. Decidió echarse en la cama y volver a observar la colección de fotos que le fue entregada como introducción al caso. Conectó el ventilador del techo y se entregó a los plácidos brazos de Morfeo.
El camino hacia la casa era largo, pero la ilusión de la primera investigación hizo que, con paso diligente, lo hiciese en menos tiempo del que pensó en principio. Al acercarse a la casa con sigilo se tropezó con lo que se asemejaba a una máscara de carnaval dieciochesco. La apartó con un leve toque del pie que hizo sonar los cascabeles que la adornaban, y se aproximó a la ventana que parecía de la cocina. Efectivamente lo era, una olla a presión emanaba rítmicamente los vapores de un potaje de lentejas con chorizo que hicieron que a Eutropio se le escapase un suspiro y una lágrima al pensar en el hambre que hasta ahora había pasado. Pero enjugó pronto el llanto al saborear un pequeño trozo de calamar que encontró entre sus muelas, vestigios inolvidables del bocadillo de la noche anterior. A base de pasar hambre, había aprendido a apreciar esos tesoros que, por sorpresa, encontraba su lengua en el viaje infatigable con el que recorría cada uno de los huecos entre sus dientes.
Lo que vio al dejar la ventana de la cocina y aproximarse a la del salón lo hipnotizó de inmediato. Entre los visillos ondulantes por la corriente de aire, una señora bailaba desnuda al son de una música celestial que recordaba un bolero de Machín. El ritmo sudamericano hacía bambolear las redondeces turgentes de la fémina allá y acá, allá y acá, con un efecto turbador que hizo disminuir el riego a su cabeza. La boca ahora estaba seca y la respiración de Eutropio se entrecortaba de vez en cuando. Extasiado como un auténtico gilipollas fue descubierto por la dama en un rápido giro de su coreografía. Sin alarmarse por el intruso y con gesto seductor y ojos inolvidables indicó a Poyatos que entrara en la estancia. Cual gacela en celo se encaramó al alféizar de la ventana y echó, no sin dificultad, la pierna derecha por delante para acabar impulsándose con los brazos. Cayó sobre un mullido sofá de cabeza, para ir a rodar hasta el suelo donde ya lo esperaba en postura sugerente aquella musa de ojos verdes. Intentando recomponerse tras la accidentada puesta en escena, fue literalmente aplastado contra el suelo bajo el peso de la danzarina. Estaba claro que los visillos ejercían un efecto adelgazante, porque el grácil cuerpecillo que pareció ver entre giros y cabriolas era ágil, pero con no menos de ochenta kilos. Viéndose en semejante trance, el detective se olvidó por un momento del motivo de su visita a la casa y se entregó a los brazos de la ninfa. Con movimientos estudiados fruto de la experiencia, la mujer adoptó postura de amazona y se dispuso a palpar debajo de su cuerpo en busca de la carne prieta. Descubierto el instrumento y dispuesto para la faena, lo abrazó con sus entrañas con tal virulencia que Poyatos no tuvo por menos que ahogar un grito de dolor. El voluminoso busto golpeaba su cara acompasadamente, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho… en un ritmo embriagador bruscamente interrumpido por las manos de la amante que, colapsado su cuerpo por el fuego de artificio, tomó el rostro de Eutropio alojándolo con riesgo de asfixia entre su mamaria anatomía.
¡Pipipí, pipipí, pipipí! Sonó el despertador a la hora de siempre para que Eutropio se desperezara entre las sábanas. 
– Maldita sea de nuevo, ¡maldita sea!, – pensó en sus adentros el investigador - otra vez mi gozo hecho sueño. Lo que pudo ser y no fue, lo que no fue nunca y debería ser, lo que nunca será fuera del subconsciente.
Las fotografías esparcidas por la cama, los restos de mayonesa del bocadillo en la mejilla de la rubia moza cuarentona, el calor, la euforia por haber comido, los años pasados sin catar humedades… La necesidad y el deseo hicieron que Poyatos, otra vez, se entregara al placer en sueños.
Aparcada la frustración sexual del detective, y sin perder un minuto, saltó de la cama a la ducha, y tras un baño refrescante y un desayuno modesto, se lanzó a la calle para dirigirse a la casa de verano de su cliente francés y su enigmática esposa.
La casa estaba cercada por una valla de madera también blanca de poca altura, no más de metro y medio. Traspasó una puerta de acceso entreabierta y con paso rápido se acercó al porche exterior que daba acceso a la entrada principal. A la izquierda de la puerta había una cesta de playa con una toalla mal doblada echada encima. A la derecha una fotografía de la Virgen del Rocío descolorida por el sol. Un par de vasos de copas encima de una mesa en 
compañía de una botella de ginebra Larios, dos latas de tónica abiertas y rodajas de limón ya reseco. Giró en la esquina de la fachada principal y vio varias ventanas cerradas. Se acercó a la primera. Miró disimuladamente el interior y no vio más que una biblioteca atestada de libros, un sillón de orejas, una lámpara y una mesita redonda. La siguiente ventana tenía la persiana echada. Y la última permitía ver una sala desnuda de muebles donde entró acompañada una dama rubia de unos cuarenta años de edad. La seguía un hombre alto y moreno, de extraño caminar sobre las punteras de los pies. La mujer iba ataviada con una especie de túnica de algodón blanco y llevaba en la mano izquierda lo que parecía ser una máscara veneciana de carnaval dieciochesco. Él iba vestido con pantalón y camisa negros, zapatos blancos y sombrero de ala ancha en su mano derecha. La estancia, con tarima de madera y espejos, parecía una sala de baile.
Como si estuvieran anticipándose a los pensamientos de Poyatos, la pareja inició un baile muy extraño. Antes, ella había colocado un vinilo en un tocadiscos y puesto con pericia la aguja sobre el mismo. Así que los extraños compañeros de danza bailaban al ritmo de una música que no escuchaba.
Miró su reloj de cuarzo, eran las doce de la mañana. Si hoy también se cumplía lo indicado por su cliente, o sea, que su mujer desaparecía entre las once de la mañana y las dos de la tarde, aquella persona que veía danzar tras la ventana no podía ser la señora Proust.
No podría afirmar con rotundidad que la mujer que ahora bailaba fuese la mujer fotografiada; no obstante, el parecido era importante. Y si no era la mujer de Marcel la mujer que danzaba en su casa, pero sí la de las fotos, ¿qué tienen que ver con la esposa del francés las fotografías que le había suministrado? 
La cosa no empezaba clara, nada iba a ser fácil. Tendría que concentrarse mucho en el caso para llegar a buen puerto. Giró sobre los talones para abandonar la casa y se encontró frente a frente con un perro caniche que gruñía y lo miraba de mal modo. Odiaba los perros y ahora tendría que esquivar el fiero ataque del can si pretendía salir del jardín.

Continuará.






6- Olenska
Nunca había visto su cara pero lo sabía con certeza, era la mujer de su vida. Estaba loco por ella, sí, loco, porque solo un loco podría enamorarse de un ideal hasta el delirio, hasta caer enfermo de amor, desesperación y deseo, solo un loco podía negar la realidad y rebelarse contra el destino, ella no podía ser simplemente una ilusión, tenía que existir en algún lugar de este mundo o del otro. Juró que la encontraría aunque tuviera que desafiar al espacio y al tiempo, juró hacerla suya, poseerla hasta quedar ambos agotados y bañados por ese sudor que, justo ahora, le cubría la frente y las sienes, el mismo sudor que empapaba las sábanas y le provocaba escalofríos que, como pequeñas descargas eléctricas, recorrían su espina dorsal.
La fiebre le hizo volar, la ira blasfemar, lloró lágrimas secas de impotencia y preguntó a la muerte si llevado por su mano llegaría a encontrarla, pero no obtuvo respuesta, solo creyó ver una sonrisa burlona donde no había rostro. Desesperado, gritó hasta desgarrarse el alma, gritó hasta que dejó de escuchar su propia voz, gritó hasta que su carne se hizo tinta, sus dientes puntos y sus huesos letras. Gritó hasta que se fundió en el papel, como la nieve se funde en primavera, gota a gota, lentamente, sin dolor, sintiendo como su mente y sus pensamientos se transformaban en palabras y frases encadenadas que hablaban de él, de su historia, de la de ella.
Perdió la noción de su propia existencia, alzó las manos para asegurarse de que seguían perteneciéndole, pero no las vio, ¿cómo iba a ver nada si en su búsqueda había cruzado la frontera que separa el ser del no ser? Ahora solo era un fluido que poco a poco marcaba trazos sobre el papel, ¿o era algo más?, sí, era potencialmente lo que quisiera ser, por fin era libre. Se dejó llevar disfrutando del hormigueo que le producía ir retorciéndose en cada una de las letras, como si cabalgara en una montaña rusa que a su paso iba dejando una estela de palabras secas.
Y, de repente, el carrusel dejó de girar y todo se volvió claro. Allí estaba Olenska, la reconoció al instante y sin dudarlo, ¿cómo podría confundirla si ahora los dos estaban compuestos por la misma materia? Era tal cual la había imaginado, de apariencia frágil, vulnerable, pero a la vez orgullosa y altiva, estaba seguro de que tras su gélida mirada, tras sus ojos grises que amenazaban tormenta, existía una gran pasión reprimida, una necesidad vital de amar y de ser amada. Se entretuvo jugando mentalmente con sus rizos trigueños, admiro la elegancia de su cuello, anuncio de unos hombros anchos y esbeltos, dibujó en el aire la forma de sus pechos y se recreó ante la imagen de sus labios, traviesos guardianes del manantial que abastecía el pozo de los deseos.
Cuando por fin la miró fijamente no supo que decirle, le asaltaron el miedo y las dudas, no sabía si ella era consciente de su presencia, de si le reconocería o si por el contrario le tomaría por un extraño, ni siquiera sabía si hablaría su mismo idioma. Pero no le dio tiempo a pensar más, una frase rompió el silencio aunque no fue un sonido lo que escuchó, una voz grave y con marcado acento balcánico directamente se proyectaba en su cerebro. “¿Qué haces aquí?, ¿a qué has venido?, ya no te esperaba”. Era una voz firme y decidida que trataba de disimular cierto temblor producto de la sorpresa y del miedo. Él podía entender la sorpresa, pero no llegaba a comprender los motivos del miedo, los escalofríos volvieron y de repente él también tuvo miedo, “ya no te esperaba”, ¿qué significaba eso?
Pero se armó de valor, no había abandonado todo para amedrentarse al primer contratiempo. Contestó despacio, con ternura, le contó su viaje y su renuncia, mientras que ella le miraba víctima de la incredulidad con la cara desencajada, le contó como la había descubierto, sin querer, en la página veintitrés de un libro antiguo y lleno de polvo que un día encontró olvidado en un rincón del desván, un libro que hacía casi un siglo que nadie había abierto. Ella comenzó a llorar y él aprovechó para declararle todo su amor con rabia, con la fuerza del deseo acumulado y reprimido, con la pasión salvaje que había alimentado la desesperanza.
Ella comenzó a correr sin volver la vista atrás como si escapara de su propio destino, como si escapara de su propio pasado, él la persiguió hasta alcanzarla, la sujetó de un brazo y la lanzó contra su regazo, tratando de calmarla, tratando de consolarla. No pudo calcular el tiempo que así pasaron, él aturdido, ella descargando en su pecho, una vez tras otra, todo su dolor y su desconsuelo, hasta que sus puños no tuvieron fuerza para continuar golpeando, hasta que sus ojos se vaciaron de lágrimas y no pudo más que susurrar “¿Por qué has vuelto? Ya es tarde, llevas muerto demasiado tiempo”
Entonces, al ver su vestido enlutado del que nunca fue consciente, al descubrir las arrugas en su rostro, fruto del sufrimiento, en las que reparaba por primera vez, lo recordó todo. Recordó que eran amantes en una época en la que eso solo se pagaba con la muerte, recordó cómo los descubrieron, recordó los golpes por todo el cuerpo y los gritos de ella. Pero sobre todo recordó que mientras descendía a las profundidades, atado de pies y manos, con el agua inundando sus pulmones, juró volver, no para vengarse, solo para volver a verla. Y se volvió loco, maldiciendo el capricho del escritor que los separó, de ese ser despiadado que, después de darle todo, todo se lo había arrebatado. Volvió a gritar, como un animal herido, agonizando, hasta que de repente ya no pensó en nada más.
Por la mañana lo encontraron, frío y sin pulso, con los ojos abiertos y un libro entre las manos abierto por la última página, esa última página que nunca había querido leer para no perder del todo a Olenska, una página que ahora, misteriosamente, estaba en blanco.





7- Silencio
¡Plip!
¡Plip!
¡Plip!
Abro los ojos.
Silencio.
Ahora me doy cuenta. Estoy cabeza abajo. Y de nuevo inconsciente.
¡Plip!
¡plip!
¡plip!
Abro los ojos.
Oigo voces a mi alrededor. Me duelen las piernas indescriptiblemente. El pecho también.
¡Dios! ¡Estoy sangrando! Ahora veo la sangre gotear sobre un charquito en el techo del coche.
De pronto, un ruido ensordecedor y un extraño olor a soldadura, a hierro cortado. Los bomberos están abriendo mi coche como si fuera un abrelatas. ¡Por Dios! ¡Sacadme de aquí cuanto antes, me estoy desangrando!. No quiero morirme. No aquí. No ahora. Hay tantas cosas que quería hacer antes... No por favor. ¡Dios, Susana, en casa esperándome, ajena a todo!. ¿La habrán llamado? ¡El niño! Intento moverme. ¡¡¡Ahhhhhhhhhh!!! grito. Un dolor agudo me atraviesa de pecho a espalda.
Tranquilo, no se mueva, oigo una voz decir fuera. Enseguida lo sacamos de ahí. Esté tranquilo. Dígame. ¿Cómo se llama?
Fernando, respondo. Tranquilo Fernando. No se mueva. Pronto saldrá de ahí. Le espera una ambulancia.
Creo que me están pretendiendo decir que no me voy a morir, pero yo no estoy muy seguro de ello. De repente me siento completamente estúpido. ¡Joder! Me he dormido. Me he dormido conduciendo. ¿Por qué no paré en aquella maldita gasolinera a echar una cabezada? ¡¡Estúpido, estúpido, estúpido!!
Cierro los ojos.
Silencio.
...
¡bip!
¡bip!
¡bip!
Abro los ojos
Silencio, excepto por ese pitido.
Todo es de color blanco. Estoy en un hospital.
Cierro los ojos.
Silencio.
...
¡bip!
¡bip!
¡bip!
Buenos días, Fernando, ¿cómo se encuentra?
No sé si he sido yo el que ha emitido esa especie de graznido al abrir la boca, que pretendía ser un "bien" aunque fuese mentira.
Tiene visita.
Ante mí está la cara más bonita, la sonrisa más preciosa que he visto en mi vida. Con unas ojeras que delatan la falta de descanso. Ahora recuerdo por qué me enamoré tan perdidamente de ti. Trato de articular una palabra. Susana. Ella me abraza y rompe a llorar. Yo, ahogado en mis lágrimas no acierto a repetir más que perdóname, perdóname. Mi voz suena como si fuera otra persona. Llevaba días entubado. Es normal. Susana me acaricia, me consuela, tranquilo, mi amor, ya ha pasado todo.
Tranquilo. Estamos aquí, juntos. Estás aquí. Cuánto me alegro, Fer.
Cierro los ojos.
Silencio.





8- ¿Vino? No, gracias
Había estado muy cerca de Luis en otras ocasiones, pero tanto cómo ésta vez, no lo recordaba.
Mi escote estaba justo como debía de estar, y las braguitas nuevas que compré para él, estaban esperando la ocasión.
Luis era impresionantemente guapo, Alucinantemente atractivo, y lo mejor es que, que… que tenía un polvazo de miedo.
Por allí rondaba Bertha, que no dejaba de revolotear por donde Luis estaba, mirándome con cara de pocos amigos. También estaban Lola y Pedro, que eran la típica pareja de novios de toda la vida y Raúl. El desastroso, listillo, feúcho y aburrido Raúl.
Eran más de los mencionados y mencionadas, pero no los recordaba o no me interesaba recordarlos.
Dos meses antes, cuando decidí mirar en facebook si había gente de mi antiguo instituto, jamás pensé que hubiesen cambiado tanto.
Y allí estaba yo, sentada al lado de Luis, y contando para mí la de ocasiones en las que le dejé escapar y no logré llevarlo a mi cama, pretendiendo por todos los medios que ésta no fuese una más de esas
Mi copa de vino no estuvo vacía ni un solo segundo, y Luis, no dejó de coquetear conmigo como nunca lo lo había hecho.
Estaba feliz en esa comida de antiguos “amigos”, pero todo se lo debía a él.
Se me hacía agua la boca (por no decir otra cosa) con solo pensar en tenerlo solo para mi…
Y una copa de vino mas…
Yo no había bebido tanto vino en mi vida, pero es que la sed que me provocaba la tensión del momento la apagaba muy bien ese vinito que eligió Raúl, que era lo único que había hecho en toda la noche, aparte de mirarnos a Bertha y a mí con la boca abierta y los ojos desencajados… Aghs!
Y mientras llegaba el postre, seguíamos bebiendo vino…
NO recuerdo bien como acabó todo, porque mis risas ya eran más de las que debían…
Pero recuerdo la escalera, larga y complicada…
Recuerdo sus manos, recuerdo sus besos.
Recuerdo como me lo hacía primero lento, después rápido, y después a ritmo perdido.
Ahora desperté, pero él duerme, bien tapadito aún.
Creo que estoy en un hotel, o un hostal... aún no he encontrado nada que me indique nombre del lugar…
Voy a despertarlo para ducharnos juntos…
¡¡¡¡DIOSS!!!! ¡¡ Es…!! ¡¡Raúl!! ¡¡¡Me he acostado con Raúl!!!
NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!
Juro que no bebo mas vino ¡¡ JAMÁS !!





9- El instante
Las yemas de sus dedos se tocaron por última vez al tiempo que Ella fue consciente de que Él no le había sido infiel. Ella le miró a los ojos en aquel momento eterno durante el cual su mano, entrecruzada fuertemente poco antes, perdía todo contacto. Unos ojos que comenzaban a ahogarse en lágrimas que brotaban por un terrible futuro inmediato e inevitable. Las fuerzas de su mano, de su brazo, su cuerpo y su alma, se evaporaban irremisiblemente. Ella se iba para siempre, pero ahora la tenía ahí. No quedaba tiempo, pero ahí estaba, en esa fracción de segundo que precedía al desastre.
Así, sin más, cuando Ella más deseaba aferrarse a la vida, fue imposible agarrar su mano. Ni tan siquiera pudo decir adiós. Ahora sólo mantenían contacto entre ellos a través de sus dedos índice. Él intentaba articular una palabra, sin embargo tampoco fue capaz. Por fin, tras aquella breve eternidad, sus cuerpos perdieron toda conexión. Ella se precipitó al vacío mientras en el universo se hacía el silencio. Cerró los ojos, aceptó su destino y se dejó llevar. Aún así, quiso conservar una última imagen de Él. A escasos metros del suelo, vio algo que le heló la sangre: Él también caía.





10- La sala de espera
Roberto y Manuela nunca se han visto. Hace más de tres años, Roberto –que es muy tímido- contestó a un anuncio de un suplemento dominical que decía “Encuentra a tu media naranja”. Desde el primer momento se fijó en el anuncio de Manuela: “Hola, soy alta, rubia, de pelo corto y me gustaría ser tu amiga”. Roberto mandó un mensaje y Manuela le contestó. Fue un frío y simple intercambio de e-mails.
A pesar de su timidez, Roberto se expresaba muy bien por escrito; y poco a poco la cosa fue tomando forma. Se escribían, a veces cada día, o cada dos días como mucho. Manuela se encontraba muy a gusto, todo muy bien; y Roberto tenía en su mesilla una foto de ella. Bueno, realmente no era ella, era una foto que él recortó de una revista de una chica rubia, alta, de pelo corto… tal y como siempre imaginó que sería Manuela. Hablaba con la foto todas las noches, contándole abiertamente todos sus sentimientos; todo lo que no se atrevía a decir en los correos. Estaba muy confiado cuando escribía, pero jamás le habló de amor, de sentimientos, de sexo... como cuando lo hacía con el recorte; que por cierto lo tenía enmarcado.
Pasaban felices los días y los meses, y seguían con sus escritos sobre animales, plantas, cine, política, gastronomía, otras cosas sin importancia. Sólo una vez, cuando ya llevaban más de dos años, Manuela tomó la iniciativa de plantear una cita. Una cita. A Roberto le dio tanto miedo que tardó cinco días en contestar. Eso sí, la respuesta fue un rutinario comentario sobre el apareamiento de los guepardos.
Manuela se lo tomó con calma… No obstante, al final, los sentimientos estaban ya tan desbordados que todo tenía que desembocar en una cita.
Les separaban más de novecientos kilómetros y decidieron verse en una ciudad intermedia para los dos. Ambos tomarían un tren para encontrarse. Manuela le puso en su último correo como harían para reconocerse; y Roberto le dijo en un breve envío que no se preocupara, que él la reconocería.
Llegaron ambos, pero no estaban acostumbrados a una Estación tan grande, con cuarenta y siete andenes y catorce salas de espera. Roberto se llevó la foto del recorte y se sentó a esperar en la primera sala que vio. Disimuladamente miraba la foto cada vez que entraba una mujer (aunque fuera morena o de pelo largo). No hubiera hecho falta mirar tanto la foto, ya que tenía esa imagen grabada en su cerebro; pero lo hacía por si acaso.
Habían pasado ya más de cinco horas…. Mientras Manuela no hacía más que caminar de andén en andén y entrar en todas las salas de espera. Incluso entró varias veces y pasó por delante de donde estaba Roberto. Y por supuesto, él miró la foto para comprobar que no era ella…
Manuela volvió a su casa, llorando… Y Roberto volvió desesperado y frustrado. Nunca se contaron nada de lo ocurrido. Es más, jamás han vuelto a escribirse. Así que acabó de esta manera algo que pudo ser y no fue.





11- El libro
Arthur Schopenhauer dijo: "la vida y los sueños son paginas de un mismo libro, leerlo en orden es vivir, ojearlo, es soñar" . En el libro de mi vida hay miles de esquinas dobladas que señalan que en esa pagina hubo algo que pudo ser, pero que al final no fue. Que extraño... tantas veces he querido darme de bofetadas... y sin embargo, todavía cometo los mismos errores. Las paginas del libro de mi vida no están numeradas, bueno, si lo están, pero no por el numero de pagina, sino por la fecha, tantas fechas, tantas experiencias, tantas emociones a flor de piel. La primera pagina data del 25 de Mayo de 1977, que es la fecha de mi nacimiento. Dicen que nadie puede recordar nada de su mas tierna infancia, pero a mi me acosan olores e imagenes de aquella época lejana.
Es curioso, pero donde menos esquinas hay dobladas es en esa época. Quizá es porque en la inocencia de mi juventud todas las decisiones estaban bien tomadas y nada ni nadie podía convencerme de lo contrario, pero pasando unas pocas paginas adelante la cosa cambia. Hubo una época de mi vida en la que la mayorías de las esquinas dobladas estaban provocadas por algo que se llama amor... amor, tan cálido y suave, tan seguro pero a la vez tan frágil colgando de una fina tela de araña que se resquebraja con tan solo mirarla...
Siempre he sido una persona normal, con mis virtudes y con mis defectos, una persona sociable al fin y al cabo, que se enamoraba con, dijamoslo así, cierta facilidad. Vivía en el centro de la ciudad, en su parte antigua, y en verano aquellas estrechas callejuelas revivían al paso de turistas y de todos los que trabajaban por allí... aaahh! que bien me sentía cada mañana al despertar y sentir ese murmullo que me daba la vida.
Para ir a trabajar tenia que recorrer la calle San Miguel, que es peatonal y esta llena de comercios, hasta llegar a la plaza Mayor, donde estaba la tienda en la que trabajaba. Todos en esa calle nos conocíamos y la mayoría de veces tardaba demasiado en llegar hasta el curro, ya sabéis, la gente es muy amigable en mi ciudad y además, si te conocen ya no puedes poner excusa para que te cuenten su vida. A mi me gustaba, siempre he sabido escuchar a las personas, y esas personas, al final agradecían tener a alguien que les escuchara. Así fue como un buen día la vi a ella. Era temporada alta, y la habían contratado para trabajar los meses de verano, que era cuando toda la avalancha de turistas en bermudas, sandalias y calcetines, salían desbocados a comprar cualquier recuerdo para llevárselo a casa y ponerlo encima del televisor.
Desde el primer momento que la vi no me la pude quitar de la cabeza. Nunca me había pasado algo así. Aunque me enamorara con facilidad, lo que me hacia sentir me desconcertaba, siendo además como era ella. Era gótica. Su piel era del color de un cadáver, mas blanca que el blanco que puede dejar cualquier mancha de lejía en una blusa negra, pero lo que le daba vida a su rostro eran sus dos ojos grandes y azules maquillados con una gran sombra negra que le daban mas color, si es que eso era posible. Siempre vestía de negro, a veces con faldas larga de tubo y camiseta o a veces con vestidos de tirantes y unas mallas que había reciclado y ahora las usaba como guantes. Su nombre era Sandra.
Yo por aquella época "fumaba"... bueno, para que mentir, ahora mismo mientras os cuento esto me estoy fumando un porrazo de una hierba buenisima que me ha pasado mi vecino, pero no quiero desviarme del tema, y además, esa es otra historia. Como decía, en esa época fumaba, y un día después de cerrar me dirigía a mi casa cuando girando una esquina detrás de la tienda donde ella trabajaba, la vi de cuclillas, acurrucada en el portal de un callejón estrecho. Yo conocía a sus compañeras, y a ella la había saludado con algún "hola" o "adiós" furtivos, pero me di cuenta de que esa era la oportunidad perfecta. Se estaba liando una ele, y no se inmuto en absoluto ni se cohibió cuando me vio, y eso... me encanto...
Después de eso, el temor dejo de existir e incluso un día, la invite a mi casa. Ella acepto, teníamos una bonita amistad, así que ¿por que no? cada día junto a ella creaba en mi una confusión que... me desconcertaba. Lo único que quería es que se quedara. Que se quedara hasta que ya no fuera divertido, hasta que conociera cada centímetro de su piel. Quería besar sus labios, mordisquear sus pezones y mover sus caderas al ritmo frenético que marcase mi lengua en su clítoris y al final... se quedo.
Los meses pasaban, y mi vida era simple y llanamente feliz. Mis días felices estaban llenos de noches felices y el cielo bajaba al nivel del suelo en cada viaje sideral regado con el humo de un buen "cigarro", pero como todo tiene principio, también hay un final. Quizás dejo de ser divertido o que se yo. Ella volvió con su ex, y así me quede yo, como al principio.
No sintáis pena por mi. Ahora mi vida es totalmente diferente. Sigo siendo feliz, inmensamente feliz. Tengo dos hijos, Ariadna y Oscar que me han inundado de vida y una pareja que... me ama. No se como hubiera sido mi vida con ella, o que habría ocurrido después, y nunca lo sabré. Una vez leí que "de nada sirve llorar sobre leche derramada" y creedme, es totalmente cierto, aunque a veces me pregunto ¿que podría haber sido? Ya apenas hay esquinas dobladas en mi libro, aunque todavia hay muchas paginas en blanco por rellenar, y eso es muy emocionante. Por cierto, no me he presentado, mi nombre es Carmen. Encantada de conoceros!





12- Click
Se arrepintió justo después de haber colgado.
Cuando sonó el ‘click’ del auricular, de repente la duda cayó sobre él como una ducha de plomo, corroyéndole desde lo más profundo de su estómago.
Ahora era irreversible; la decisión que había tomado va a ser su presente y su futuro, y el miedo a no haber hecho lo correcto empezó a hacer mella en su ánimo.
No pudo mantenerse sereno. No conseguía despejar su cabeza de las dudas que se le agolpaban. Intentaba centrarse: es cierto, tenía un compromiso; es cierto, los compromisos pueden romperse si no se cumplen todas las responsabilidades por ambas partes… pero ¿había tomado la decisión correcta?
Una relación que empezó hace ya tanto tiempo… Una nueva oportunidad de tener una aventura a lo desconocido… Ninguna balanza del mundo en el que pusiera estas opciones se inclinaría hacia algún lado, ni le ayudaría a decidir. ¿Por qué no haber pedido tiempo para meditar? Las promesas de un futuro mejor pesaban lo mismo que los hechos de un pasado sin nada más que los típicos roces habituales en estos casos. ¡Oh, cielos! ¿Qué había hecho? ¿Por qué no…?
No conseguía olvidar la voz femenina con la que acababa de hablar. La llamada imprevista (ese tipo de llamadas siempre son imprevistas), y esa conversación que había trastocado sus creencias mas firmes.
Nunca olvidará cuando levantó el auricular y una dulce voz le dijo:
- “¡Buenos días!, le ofrecemos una mejor oferta para su ADSL…”





13- Ilusiones pasadas
Decir “lo que pudo ser y no fue”. Es para mí como decir: lo que no puede ser no pude ser y además es imposible.
No tiene sentido estar lamentándose de las cosas que no hicimos en su día, ya que pueden influir en el presente.
Es una manera de mantener una llama encendida, con riesgo a provocar un incendio o un color de luz que no se parece en nada al real.
Alguna vez he intentado rehacer cosas del pasado que no hice en su día y ha sido un completo desastre, así que mas vale aprender de los errores que intentar corregirlos, sobre todo cuando en las circunstancias son distintas puede desembocar en un auténtico desastre y convertirse el tema en un desastre al cuadrado.
Siendo soñador como soy, soy piscis y creo que no lo puedo remediar, tengo muy claro que hay que vivir el presente y pensar el futuro, pero aprendiendo del pasado.
Un día hablábamos sobre los sueños, hay gente que es feliz teniendo ilusiones y pensando en ellas, me reconocieron que solo pensando en ellas ya eran felices.
Yo en cambio necesito ir cumpliéndolas para no sentirme frustrado. Se que hay algunas que no dependen de mi en la actualidad y que van ligadas a un proyecto económico pero aun así no me obsesiono y sigo pensando en ellas.
La verdad es que este tema lo tendría que plantear en pasado, pero si te para a pensar, es lo mismo, pensar en pasado que en futuro, no dejan de ser ilusiones.
Si recuerdas algo del pasado que no pasó es porque aun tienes la esperanza de que pase en el futuro, aunque sepas que debes o que no pasará siempre queda esa fantasía, si no, no entiendo el recordad cosas que no pasaron, además seguro que, tal i como se explican, dan a entender que si hubiese pasado hubiese ido bien, nadie cuenta su batallita para no salir triunfante.
Ya para acabar decir que creo en el destino y si no fue seguro que tiene su explicación.





14- Bienville

- Mamá, ¿Cómo que no puedes venir?
- Lo siento cariño, hoy no puede ser. He quedado con tu padre.
- Mamá, papá lleva sesenta y cinco años...
- Muerto, lo sé.

Era veinte de enero de 2009. Tal día como hoy se cumplían sesenta y cinco años desde la última vez. Se puso sus mejores galas y salió a la calle desde su pequeña casita de la calle Monroe.
Sintió algo de frío; el mercurio apenas superaba los diez grados aquella mañana, pero no le importó. Se arropó un poco y cerró la verja blanca que bordeaba la casa. El frío lo podía soportar pero el paseo era largo y sus ochenta y seis años pesaban, pesaban...

Anduvo a pasito lento por las desangeladas calles de Mobile. Habían cambiado mucho en el transcurso de los años pero en general, todo lo había hecho. Pasó por la Spanish Plaza, donde unos arcos pretendían sellar lazos de amistad con la vieja España.

Recordó haber pasado hacía cinco años por delante de aquellos arcos malagueños y haber tenido la misma sensación. Algunos sentimientos no cambian y otros con el tiempo se hacen mucho más fuertes; algunos lazos perduran para siempre.
Emma no se detuvo. Continuó andando a su ritmo, pasando por calles amplias y vacías hasta llegar al centro, a Bienville Square. El lugar era precioso. Un pequeño caminito adornado con bancos victorianos culminaba en una fuente de hierro que dejaba caer el agua de manera escalonada.

A su alrededor se alzaban los viejos robles que la habían acompañado a través de los años. Emma se sentó en un banquito y suspiró, tratando de recuperar el aliento. Observó distraida el discurrir del agua en la fuente. Igual que el tiempo, el agua no se detiene; se precipita al vacío desde su principio hasta su fin.

Emma rebuscó en su abrigo y sacó del bolsillo una vieja carta, muy estropeada por los años.

" -
Monte Cassino, 20 de Enero 1944 -

Querida Emma, llevo sólo tres meses aquí y ya no sé ni quien soy.
He visto cosas que nadie debería ver, he hecho cosas que nadie debería hacer. He matado a personas que ya no podían defenderse. He visto cuerpos mutilados, quemados, destrozados...

No pienso en ello salvo cuando te escribo. Sólo entonces recuerdo que en el fondo sigo siendo una persona. Quizás algún día pueda olvidarme de todo lo que he visto aquí. Hay quienes piensan que esto es el final, que acabaremos tirados en alguna zanja, despedazados por algún mortero. Han perdido la esperanza, pero yo no, no puedo permitírmelo.

El día que regrese no quiero fiestas. No quiero celebrar nada, sólo quiero estar contigo y pasear por Bienville Square, como antes. En ese parque te besé por primera vez. Después buscaré un trabajo, quizás en los astilleros, y podremos vivir una vida de verdad. No necesito grandes cosas, tan sólo que estés a mi lado. Si supieses lo que te echo de menos...

Creo que la felicidad siempre está al alcance de quien se la merece. Cuida mucho de la niña, y cuídate tú también. Lo sois todo para mí.

Tuyo, William
."

Le dijeron que fue un héroe; pero fue uno más.

Aquella misma noche, la 36ª tuvo que cruzar un río. Aún no había llegado al bote cuando una ráfaga de ametralladora le alcanzó en el pecho, por tres veces. Durante los minutos que duró su agonía vio el destello de las armas enemigas, escuchó los gritos de compañeros y amigos. Pensó en Emma y en Emily, en que jamás las volvería a ver. Supo que se moría. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. La sangre manó de su boca y giró como pudo la cabeza para no ahogarse en ella. Poco después murió.

Emma rompió a llorar. Había trozos de aquella carta muy difíciles de asumir. Cada cinco años hacía el largo camino hasta Bienville confiada en que sería el último. Se
quedó dormida en aquel banco, con la carta suspendida de su mano con un hilillo de fuerza.

Alguien le tomó la mano y apretó suavemente. Ella asió el papel, como si alguien le quisiese arrebatar la memoria... y después levantó la cabeza.

- Señora, ¿Se encuentra bien? - le preguntó una mujer que paseaba con un chiquillo -.
- Sí, querida - contestó Emma -. Me había quedado dormida.

Poco después guardó la carta en el bolsillo de su abrigo. Por un momento pensó que podía haber sido él quien venía a buscarla, pero no fue así.

- La vida es demasiado larga, William - murmuró -; demasiado larga sin ti.




15- Sugestión unilateral para la autodestrucción.
El enorme mastín blanco de los pirineos trota por el jardín. No sé su nombre. Tras él, dos cachorros humanos, niño y niña de unos 8 y 10 años respectivamente, corretean alegremente con sus dorados cabellos agitados por la brisa. Creo que son mi prole, pero no sé sus nombres. Entre begonias, lavanda y rosales observo la escena. Un brazo femenino enrosca al mío. Reconozco su rostro. Me reconozco reflejado en sus ojos. El tiempo no me trata mal… y tomo conciencia de que todo es apenas una posibilidad, una ensoñación.
Creo que estornudé y así, volví a la realidad.
Tragué un poco más de cerveza y constaté que nuestra conversación tornaba por extraños derroteros. No sé muy bien cómo, habíamos llegado hasta el guatemalteco Augusto Monterroso y su maldito dinosaurio.
–…y un cojón! –expresó Ramón, un tanto exaltado–. Siete palabras, ¿eh?. Pues yo tengo uno mejor, atiende: El conde gritó y rompieronle el culo.
El último cacahuete del cuenco estalló entre mis dedos. Si nos detenemos un segundo en la propuesta de Ramón, nos damos cuenta de la acción contenida en sus palabras, de todo lo que esconden, de la presencia de sórdido sexo, misterio, acción y de toda una trama de asuntos pendientes.
¡Qué le jodan al dinosaurio!, pensé. Ramón habría sido un gran literato de no ser, entre otras muchas cosas, porque su misantropía, en ocasiones exacerbada hasta el paroxismo, provocaría que la bilis le hirviese en el estómago, destruyendo todo su organismo a su paso, tan sólo con pensar en dejar un legado escrito para sus contemporáneos.
Ramón toma los vasos vacíos de encima de la mesa y se larga a la barra a por más bebida. Esta noche el bar está tranquilo. Repantigándome en la silla echo una ojeada a mí alrededor. En mi cabeza las ideas danzan como revoltosas odaliscas.
Observo a un tipo de unos veintipocos años, que con disimulo se dirige al baño. Sus dos colegas, que han ido entrando también, aún están dentro. Pienso en Schrödinger y en su gato.
Veamos. Si nadie abre la puerta de ese baño, esos jóvenes sólo serán –si logran mantener sus mandíbulas a raya– unos chavales con ganas de mear y mucha verborrea. Por el contrario, si abrimos esa puerta de sopetón, tendremos a tres cocainómanos poniéndose hasta el culo sobre una billetera. Curiosa la quántica, pues mientras nadie toque esa puerta, el gato estará vivo y estará muerto, es decir, lo uno y lo otro cohabitando en el mismo espacio-tiempo.
Paradojas aparte, mis dedos tamborilean sobre el cenicero. Reconozco la melodía que está sonando y repito entre dientes: People are strange when you´re a stranger. Yo, mismamente, podría haber sido una estrella del rock´n´roll si no fuera porque canto como el culo.
De pronto, el gato, los tipos del baño y la puerta, pasan a importarme un corno a la vela. Al otro lado del local, en una mesa arrinconada, una pareja de tórtolos charlan acaramelados. Algo en dicha escena me incomoda. La música parece subir de volumen. Sin percatarme, me he puesto tenso.
Ramón pone una pinta de cerveza ante mis narices justo en el instante, en que como poseído, me levanto tirando hacia atrás la silla. Algo que había olvidado, sale de repente a flote, arañándome la consciencia.
–¿Qué hora es? –pregunto.
–Aún no son las diez y media… creo –me responde Ramón mirándose la muñeca desnuda.
–Mierda, mierda, mierda y más mierda –me repito mientras me catapulto hacia el teléfono que hay al final de la barra.
Rebusco las monedas por todos mis bolsillos y voy introduciéndolas nerviosamente por la ranura.
–Eusebio, puedes bajar la música –le medio chillo al camarero, que se lleva una mano a la oreja, fingiendo con sorna, que no me ha oído.
–¡Cagon la puta, cabrón, que bajes el volumen! –le espeto, ya totalmente fuera de mis casillas, y con ganas de hacerme un maldito monedero con su escroto. Reconozco que no fue muy educado de mi parte, pero funcionó, giró la rosca y pude oír los tonos. Piiii, dos. Piiii, tres. Piiii cuatro.
Al otro lado, con ruido analógico de fondo me contesta una voz femenina…
–¿Diga?
–… –por un momento me quedo mudo, y los segundos apuñalan el espacio que separa mi sien del maldito reloj de Heineken™ que pende de la pared.
–Oiga, voy a colgar –dice la voz con patente impaciencia.
–Espere, ejem, lo siento, ¿está…? –y soy incapaz de pronunciar su nombre.
–Olga ya ha salido para el aeropuerto, su vuelo a Buenos Aires sale en un rato. ¿Quiere dejarle algún mensaje?
Piiiiiiiiiiiii. Y cuelgo a la que una vez pudo haber sido mi suegra. De un plumazo se habían esfumado el jardín, los niños, el perro… o al menos ese jardín, esos niños, ese perro.
Arrastrando los pies, abro la puerta del bar que parece pesar mil toneladas y salgo a la calle. Más que nunca ahora, necesito aire.
¿Cuándo me convertí en acróbata? Pues en el preciso instante en que después de una concatenación de cagadas, doy una triple pirueta mortal en eso de joderla a base de bien.
En el suelo, veo una arrugada cajetilla de Lucky Strike® y le propino un ligero puntapié. Para mi sorpresa descubro que no está vacía. Con lentitud la recojo y hurgo en su interior. Dos cigarros bien torcidos y un encendedor rotulado con propaganda. A la mierda se van seis meses sin fumar.
Me siento en el bordillo de la acera, en el hueco entre dos coche que me hace las veces de cómoda madriguera, y enciendo un cigarro. La primera calada me hace sentir raro –es como eyacular hacia adentro–, pero la segunda es gloria bendita del cielo.
Me pregunto cómo se puede uno de olvidar decir “te quiero“. ¿Cómo te olvidas de decir “quédate a mi lado”?.
Me digo a mi mismo, que al menos por esta noche, aún puedo beber hasta perder el sentido.
Me digo que tal vez, por ahora no vaya a tener un perro, pero que quizá pueda comprarme un gato.





16- Y si no hubiera tirado la toalla.
Yo soy de la generación de cuando se hacia el C.O.U. antes de hacer selectividad. Y ese año cuando ya me faltaba tan poco para ir a la universidad, vivir fuera de casa en un piso de estudiantes, osea, los primeros años de libertad, y después de un expediente académico bastante bueno, voy y la cago. No se lo que me paso, pero se me fueron las ganas de hincar los codos y a mitad de curso lo dejé, con la idea de tener un año sabático y retomar los estudios después. Han pasado más de 20 años y aun no he vuelto.
Pude ver como mis amigas me contaban historias de su vida en la universidad, de fiestas sin horarios, de romances, una vida de adulto que yo no tenia, con tantas experiencias, mientras yo seguía en el pueblo con mis padres. Hasta que me eche novio y después fue todo seguido, casamiento, hijos, en fin….
Muchas veces me pregunté como sería ahora mi vida si no hubiera tirado la toalla, si hubiera ido a la universidad, como sería mi vida ahora. Quizás tendría un trabajo más interesante y mejor pagado del que tengo ahora, bueno del que tendría si no estuviera en paro, con una vida llena de experiencias excitantes y satisfactorias. A lo mejor no me habría casado y habría tenido muchos romances y amantes diferentes. Quizás mi pareja sería alguien muy interesante y habría viajado y conocido otras culturas. Cuantas cosas podrían haber sido y no fueron.
Pero entonces no tendría los hijos tan adorables que tengo, no habría conocido mi capacidad de llevar una casa y retomar mis estudios aunque no universitarios, no tendría un trabajo tan vocacional como el que tengo y no estaría en este mundo del Blogger, al que llegue al entrar en Internet para salir de mi rutinaria vida. Y quizás no habría descubierto mi faceta de escritora, que no es tan excitante como conocer otras culturas pero que me satisface muchísimo.
Así que como moraleja a esta historia nacida del “que pudo ser y no fue”, lo cambio a “lo maravillosos que si es”.





17- Espíritu Olímpico
“Loemos a los hombres famosos y los padres que los engendraron, todos ellos fueron colmados de honores durante su vida y constituyeron la gloria de su generación, hoy nos hemos reunido para conmemorar a un grupo de antiguos alumnos que consiguieron algo importante para la institución a la que representaron en su tiempo. Cerrando los ojos podemos recordar a aquellos hombres jóvenes con esperanza en sus corazones y botas en sus pies”.
Estas son las palabras que cite el día que se conmemoraron los diez años de esa gran gesta nunca antes realizada por ningún equipo hasta la fecha. Pero antes de contaros lo sucedido voy a hacer las presentaciones.
Me llamo Pedro, tengo 16 años y voy al instituto. Uno de los deportes que más me gusta es el baloncesto. Durante el tiempo que estuve en el instituto hice grandes amistades y se forjó un gran grupo humano tanto es así que formamos un equipo (Cinco de los mejor hombres del ejercito americano que formaron un comando fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en donde se encontraban recluidos. Hoy buscados todavía por el gobierno sobreviven como soldados de fortuna).No ese equipo no, el que digo es de baloncesto para participar en una liga interescolar formado por Carlos, Manolo, Luis, Alex y yo mismo. El director nos decía en que consistía la competición y las normas por las cuales se regia. El proceso era realizar varios enfrentamientos entre las distintas clases y cursos que había ese año. Nuestro equipo llego a la final y la ganó.
A los pocos días al director le llego una carta felicitando al equipo por su victoria en la liga interescolar y una propuesta que nos invitaba a participar en una liga nacional con los mejores equipos de baloncesto de ese año. El director se lo comunico en seguida al entrenador y al equipo y a partir de ahí empezamos los entrenamientos y todos venían a animarnos.
Llego el día de la competición y durante los primeros partidos todo fue bien hasta llegar a los cruces. Nos plantamos en la final.
Si os dijera que ganamos seria mentiros pero si estuvo disputado hasta el final con tiempo extra incluido. Al final nos conformamos con el subcampeonato que tampoco esta mal ya que es el único que tenemos en la sección masculina de baloncesto. También recibí a titulo personal el premio al mejor pivot del equipo. Aquí acabo mi carrera como deportista.
Después de esto como he dicho anteriormente el instituto quito la sección masculina y se decanto por la femenina ya que su palmares era mejor que el nuestro. Así que mi ilusión hubiese sido el conseguir el Oro en baloncesto cosa que no pudo ser.





18- Extraños en un tren
Entró justo cuando sonaba el último aviso. La puerta del vagón se cerró a su espalda y vi cómo la miraba, aliviado, como si fuera una guillotina que ha equivocado su camino o que le ha perdonado la vida. Me alegré por él. Iba tan cargado que quedarse en el andén con todo aquello hubiera sido tan humillante… todo el mundo se habría dado cuenta de que había perdido el tren que le llevaba a sus vacaciones y eso, señores, es muy humillante.

Retomé la lectura y cuando había vuelto a enamorarme de Homer Wells se detuvo en el pasillo, miró su billete, el número del asiento, su billete y el número de asiento otra vez y se sentó a mi lado. Y resopló, aliviado. Lo había conseguido.

En cuanto se repuso se levantó otra vez y colocó su maleta y su portátil en el estante, pero los volvió a bajar para rebuscar algo. Un libro. Sonrió, con su tesoro en la mano y se sentó otra vez. Y volvió a resoplar.

No pude evitar mirarle de vez en cuando, hacía mucho ruido, se movía mucho y no dejaba que me concentrara en la lectura. Así que cerré el libro, lo puse sobre mi regazo y esperé a que se acomodara.

-       Perdona, te estoy molestando. Pensaba que perdía el tren y estoy un poco nervioso.
-       Oh, no, no te preocupes. Tengo bastante rato para leer.
-       ¿Dónde vas?
-       A Madrid. ¿Y tú?
-       Yo también.
-       Tendremos buen viaje.
-       Seguro.

Sonreímos corteses y abrimos nuestros libros. Bueno, en realidad lo abrí yo, porque él se giró hacia mí y volvió a hablar.
-       Qué casualidades tiene la vida. Yo también estoy leyendo un libro suyo.
-       ¡Anda! ¿Sí? ¿Cuál?
-       La última noche en Twisted River, su última novela.
-       Y ¿te gusta?
-       Acabo de empezar, pero promete. Es el primer libro que leo de él y me gusta. Y tú, ¿qué lees?
-       Otra de sus novelas. Es mi escritor favorito pero la última aún no la he comprado.

Empezamos a hablar de libros, de viajes, de música, de cine y de cómics. Hablamos de todo y de nada, enfrascados en una de esas conversaciones intrascendentes que se tienen con desconocidos sobre las cosas que nos gustan y nos disgustan. Teníamos tanto en común…

Casi sin pensar, pasamos a hablar de nosotros. Le pregunté que dónde iba de vacaciones, con tanto trasto, y se puso triste. Me contó que no se iba de vacaciones sino que volvía a su ciudad porque había dejado a su pareja, después de vivir varios años juntos y que también había dejado el trabajo. No sabía qué iba a hacer después del verano, pero tenía planes para empezar de nuevo y me cautivó su historia. Teníamos tanto en común…

Bajamos la voz y poco a poco nos hicimos invisibles para el resto del mundo. Nuestras cabezas fueron acercándose hasta llegar a esa distancia en la que sólo hace falta un suspiro para degustar al otro. Yo deseaba tanto degustarle…

El anuncio de una estación nos devolvió a la realidad. Pasajeros que se van, pasajeros que vienen y, de repente:

-       Joven, oiga, está usted en mi asiento.
-       ¿Está usted segura, señora?
-       Sí, sí, mire, ya verá ¡señorita!, ¿puede venir un momento?

La azafata confirmó que se había equivocado de vagón y que debía cambiar de asiento. Él, solícito, no opuso resistencia. Nos vemos luego, me dijo con una sonrisa, pasa a verme y si hay sitio te quedas conmigo. Vale, respondí.

Me quedé deshecha, como si hubiera perdido algo que era mío por derecho, porque me lo había ganado. El azar me lo había servido en bandeja y ahora me lo quitaba. ¿Cómo podía el destino ser tan cruel?

Decidí esperar unos minutos hasta hacer la visita, para no parecer demasiado desesperada. Conté los segundos, los minutos… y me quedé dormida.

Desperté con la llegada del tren a la estación.

La señora que le había suplantado me sonrió:
-       Vaya sueñecito se ha pegado. Su amigo me ha dado esto para usted.

La última noche en Twisted River. Tenía un post it pegado en la portada:

“Estabas durmiendo tan a gusto que no he querido despertarte. Espero que te guste. Me acordaré de ti mientras la lea. Te deseo lo mejor. Un beso. David”

Recogí mis cosas tan rápido como pude pero los pasillos ya estaban llenos de pasajeros que querían salir del tren. No podía moverme, no podía avanzar.

A través de la ventana le vi caminar por el andén. Desesperada, vi cómo se alejaba, cómo hacía equilibrios con sus pertenencias camino de su nueva vida. Me sentí atrapada como nunca antes me había sentido, condenada a perderle entre la gente.

Al bajar le busqué por la estación pero se había ido. Y me sentí sola.

Podía haber sido el hombre de mi vida y sólo fue un compañero de viaje. Le perdí en una estación de tren, no creo que vuelva a encontrarle.





19- Salto a la fama


Es de noche, deben ser más de las doce. La calefacción seguramente estará rota, ya que tengo puesta la ropa y aún así estoy tiritando. O igual son los nervios, a saber. No se oye un alma en la calle. Normal, nadie en su sano juicio se pasearía por esta zona de mierda a estas horas. De hecho, yo mismo no sé qué hago aquí. Yo me merezco algo mejor. Yo debía haber tenido algo mejor. Y lo tendré. Tan sólo necesito un segundo.
No he comido nada en todo el día. No recuerdo cuándo fue la última vez que probé bocado. No lo necesito, no mientras no solucione este asunto que tengo pendiente. Mientras él siga ahí, ocupando mi puesto, llevándose las mieles de una gloria que debí haberme llevado yo. Me provoca la más absoluta repugnancia y siento ganas de apagar el televisor de este cuchitril a 10 euros la noche pero, al mismo tiempo, necesito verlo: porque su triunfo, sus risas, reflejan su gran mentira, su ansia de fama a cualquier costa en esta hipócrita sociedad que es lo que me da fuerzas para seguir viviendo. Le aplauden. Le ríen los chistes. Es una puta estrella y como tal le tratan. A nadie le importa lo que hizo, a nadie le importa qué ha tenido que hacer para llegar hasta ahí. Pero a mí sí, no pienso dejarles olvidar. Un segundo, no creo que haga falta más tiempo si soy rápido. Pum. Listo.
Porque ahí debía haber estado yo. Las entrevistas. Los anuncios. Los grupos de fans en internet. Todo eso me lo arrebató él. Porque si hay una palabra que defina mi situación es esa: injusticia. Si hubiese justicia en este mundo yo no estaría ahora mismo en un motel de mala muerte con una pistola en una mano, un whisky a medio terminar en la otra y hasta el culo de pastillas. Es más fácil de lo que pensaba conseguir un arma en el mercado negro, lo difícil es encontrar los contactos adecuados para ello. Esa gente es escoria pero ahora mismo no me considero mucho mejor que ellos. Y yo no era así. Tenía ilusión, joder. Todo el mundo me decía lo bueno que era, lo mucho que me querían. Y volverá a ser así, tan sólo necesito un puto segundo.
Repaso una y otra vez en mi cabeza aquella tarde. Todo estaba de cara: un país entregado, una canción pegadiza y diferente, una coreografía perfectamente ensayada, un chorro de voz final deslumbrante… pero allí apareció él. Burlándose de todo el mundo: de la seguridad, de mí y de un país entero en definitiva. Un país que ahora le adora. Todos se ríen con él. Todos le quieren. Y le quieren precisamente por haberme jodido a mí, qué ironía. Mira ese puto marica en la tele, cómo le abraza. No parece que sea demasiado difícil colarse en ese plató.
Pero ni siquiera es amor, es un simple pasatiempo. Es el juguete de moda, la marca del momento que hay que explotar si quieres ser considerado alguien en ese mundillo. El espectáculo es una zorra traicionera, es algo que acabé viendo con el tiempo. Pero no por ello me siento mejor, ni mucho menos. Ahí, donde está él ahora, debería estar yo. Tú diste tu gran salto a la fama arrebatándome mi momento de gloria, Jaime, o como coño te llames. Ahora alcanzaré yo la mía a costa de la tuya. Seré yo el que se cuele en tu momento de gloria y tan sólo necesitaré un segundo. No podrás volver a llevar gorro si te vuelo la cabeza. No podrás volver a joder las vidas de otros si te jodo yo a ti la tuya. Y entonces las entrevistas me las harán a mí. Así funciona esto.






20- Utopía de amor


Te quiero porque haces que mi corazón viva.
Te quiero porque sólo tú entiendes mis silencios.
Te quiero porque ante todo eres amiga.
Te quiero porque sólo tú sabes como soy.

Escucharte, mirarte a los ojos, calmar tu llanto, sacar tus sonrisas, hacerte regalos, sorprenderte, que me regales, cocinar.

Te quiero porque das sentido a mi vida.
Te quiero porque coleccionas recuerdos a mi lado.
Te quiero porque haces que las horas sean segundos.
Te quiero porque eres verdad.

Ver películas bajo una manta, ir al cine, salir de cena, nadar, correr, salir de marchar, pasear en bici, ir de la mano.

Te quiero porque sólo tus abrazos calman mi miedo.
Te quiero porque tus ojos no mienten.
Te quiero porque te preocupas por como me encuentro.
Te quiero porque tú me sabes escuchar.

Esperarte al salir del trabajo, ir a ver a la familia, veranear, viajar, que acaricies mi mano mientras conduzco, navidades junto a los nuestros, cenas con amigos en casa.

Te quiero porque con sólo una mirada nos entendemos.
Te quiero porque eres capaz de hacer especial cada día.
Te quiero porque eres esperanza.
Te quiero porque sólo tú eres capaz de hacerme mejor persona.

Llamarte, mandarte mil sms, ver las estrellas reflejadas en tus ojos, mojarnos bajo la lluvia, masajes, fotografías, postales.

Te quiero porque hablas en futuro.
Te quiero porque me haces sonreír.
Te quiero porque a tu lado me siento especial.
Te quiero porque tú también me lo demuestras cada día.

Caminar al mismo paso, excursiones, pensamientos, presente, futuro, recuerdos, cumpleaños, aniversarios.

Te quiero porque das sin esperar recibir.
Te quiero porque piensas en mí antes que en ti.
Te quiero porque tu sonrisa te delata.
Te quiero porque la mejor sensación es verme reflejada en tus ojos.

Música, un partido, colecciones, ahorrar, tu olor, tu ropa, compartir, leer mientras de duermes en mi regazo.

Te quiero porque despertarse a tu lado es mágico.
Te quiero porque haces que caminar cada día tenga sentido.
Te quiero porque me animas a luchar.
Te quiero porque tienes infinita paciencia conmigo.

Pensar el nombre de nuestros hijos, formar una familia, tus manías, las mías, una casa, un destino.

Te quiero porque jamás de dejas sola aunque estés lejos.
Te quiero porque eres mi familia.
Te quiero porque me cuidas.
Te quiero porque haces de lo insignificante algo especial.

Besarte, acariciarte, susurrarte, tocarte, abrazarte, hacer el amor...

Te amo porque sólo eres .

Cuantas noches soñando poder susurrarte los te quieros al oído, cuantas mañanas imaginando que todo eso ocurría en nuestra vida, una juntas. Porque perdí la partida antes de jugarla, cuando había señales y una esperanza de victoria; no moví ficha cuando pude, debí tocar esos labios que tanto ansiaba, besarlos, debí decirte cuanto te amaba aunque mis ojos lo gritaran. Porque sí, vivo anclada pensando en lo que pudo ser y no ocurrió. En ese momento que pudo cambiar mi vida para siempre. Ese en que te tuve delante y el miedo me paralizó. Y el tiempo te quitó de mi lado pero te lo confesé y prometí poder, futuro, olvido, pero no se olvida, no al amor verdadero. 






21- Un amante de perlas


Quisiera olvidar lo mucho que amé a aquel tipo francés del Armani granate siempre impoluto y los ojos de marinero en tierra, llevando los hilos de una sonrisa muy poco práctica. Amaba lo que más, su porte reservado, su ingenioso talante a la hora de hacerse el tierno y su infinita devoción por los detalles. El suyo era el París de las pequeñas cosas: el París donde toda luz era poca, donde era casi triste una noche sin ópera, allí donde mejor se tocaba el acordeón, se rezaba a Baudelaire, se bebía champán y se comían ostras. Porque a él le encantaban las ostras. Le gustaban casi tanto como retarme a adivinar su perfume en cada cita, enseñarme cómo se fumaba un Gauloise o enviarme paquetes de lujo a domicilio, aun viviendo en el mismo distrito.   
Llevábamos juntos tan sólo aquel mayo cuando recibí aquel fardo atentamente embalado. Rápidamente clavé una de mis llaves a la pared de cartón de la caja hasta que pude romperla del todo. Me vi entonces ante otra caja, la cual supuse la definitiva: cuadrada, ni pequeña ni grande, vistiendo la más absoluta seriedad en su blanco uniforme y sin tan siquiera un nombre revelador como el de John Galiano o Vera Wang.
Había levantado la anónima tapa antes incluso de darme cuenta. Lo primero que vi fueron las perlas. Poco después supe que se trataba de perlas auténticas, cultivadas seguramente en la orilla de algún que otro lago allá por el lejano oriente. Me resultó extraño que hubieran utilizado una caja tan grande para envolver algo tan pequeño como una joya, pero enseguida comprendí que no se trataba de un collar, ni de un brazalete de ocho vueltas.
El abrazo ficticio de las hebras de plástico brillante protegía y ocultaba al mismo tiempo el contenido, dejando ver apenas una parte del tacón de cada extraordinario zapato. Los saqué rápidamente de la caja y los sostuve durante un rato a la altura de los ojos, aprisionando la sarta de perlas del tacón. Era el tipo de calzado irresistiblemente incómodo sobre el que una crecía diez centímetros de golpe. Su piel, del color de la grana, desfilaba en un barranco infranqueable del empeine a la punta. Esta última vestía su silencio de un distinguido encaje negro y señalaba hacia un poco más arriba, donde otras dos enormes perlas de un violeta plateado adornaban el paso firme de la portadora. Fue casi un milagro que reparara en que en el reverso de la tapa de la caja, él había dejado una nota:
“No me llames todavía para darme la gracias. Sólo llévalos esta noche y búscame a eso de las nueve en la orilla del Sena, a la altura de la Quai d’Orléans, en la isla de San Luis. No tardes. Feliz último día de mayo.”
Durante todo aquel mayo, nos habíamos dejado atrapar en mitad de las plazas, en las esquinas de las calles o a la entrada de los bulevares. Elegíamos por turnos el punto encuentro de nuestra próxima cita y a mí, personalmente, jamás se me habría ocurrido ninguna de las orillas del Sena, tal vez por falta de imaginación por mi parte, o bien de paisaje, policromía y multitud, por parte del lugar. Fue algo que, sin embargo, no tuve en cuenta a la hora de escoger vestido con abundante falda en tul negro e interminable collar de perlas falsas procedente de la abuela de un anticuario en stock. Pasé el resto de la tarde caminando con los salones ya puestos de una esquina a otra de mi piso, entrenándome para no quedar enganchada al ojo de ninguna alcantarilla.
Al salir por la puerta decidí que podía hacerle esperar, así que di un par de vueltas a cada plaza por la que pasaba antes de llegar a la isla. Habían transcurrido, no obstante, apenas cinco minutos desde las nueve y fui yo, de repente, la que me encontraba esperándole a él en la orilla. Miraba cada veinte segundos a un lado y a otro porque no tenía ni idea de por cuál de los dos lados iba a verlo aparecer.
El río me miraba, esa era la sensación que tenía conforme avanzaba el tiempo. Jamás había visto tan inmenso abanico de azules como en el agua que llenaba de silencio aquella noche. Traté de evitar pensar en el hecho de que no pasaba ni un alma por la orilla. Me fui acercando al río para encontrar la luna reflejada, tal como la había visto desde mi llegada a París por debajo de cualquiera de los puentes. Allí estaba: tan llena de vaivenes y contrastes como yo de ansias de subir a su lado las escaleras de hierro que conducían a la superficie húmeda, pero mucho más iluminada de la Isla de San Luis.
Su sombra no llegó ni por la izquierda, ni por la derecha, sino por detrás y lo hizo con su mismo Armani granate y envuelto en agua.
De lo que ocurrió a continuación, recuerdo exactamente como recuerda el turista que viaja a través de la lente de su cámara, tomando la foto de turno antes de alejarse corriendo hacia la siguiente fuente emblemática de la ciudad que visita. Como una vieja película fácilmente inflamable de la que un cigarrillo mal apagado del proyeccionista deja apenas media docena de fotogramas sueltos, no consigo recordar ni tan siquiera un instante en movimiento, ni otra música que no fuera la del agua contra el cauce. Él no podía dejar de sonreír, eso sí que lo recuerdo. En cada una de las fotos que se pudieron haber tomado aquella noche, habría aparecido su sonrisa elástica y sus dientes en perfecta disposición y sin embargo delatando su fiebre. Debía de estar tramando algo como cogerme de la mano o algo así. El olor a ostras dejó de confundirse con el del río mismo cuando aparecieron flotando en la orilla una cantidad inconcebible de zapatos dolorosamente hermosos, de colores y formas que habían vuelto una y otra vez a pasarse de moda, pero en todos atravesaba el finísimo tacón una hilera de perlas cultivadas.    
Él no podía dejar de sonreír, como presa de algún fármaco que lo mantuviera de un pérfido buen humor, eso sí que lo recuerdo, como también recuerdo que no arrojé los salones al río antes de salir corriendo descalza, sino que los agarré por el tacón. No me fijé en si me seguía o no mientras subía las escaleras de hierro de dos en dos, o de tres en tres. La luz y la sombra se fundió con las bocinas de los coches al deshacer el camino, de vuelta a casa. Regresé inmediatamente del París de las pequeñas cosas y, en cosa de dos semanas, también del París de mi día a día a mi piso de siempre.
Hoy, aún estando casi segura de que aquella noche, el agua del Sena, en contacto con mi piel, me habría convertido en cuestión de segundos en una ostra y las manos artesanas de aquel francés del Armani granate en una perla, más pequeña o más grande, guardo mis salones en la misma caja en la que aquel bicho centenario me los hizo llegar. De vez en cuando me los calzo, me doy un paseo hasta la orilla del Ebro y pienso en París, en todo aquello que allí, pudo ser y no fue.